Seguramente todos hemos conocido, o al menos hemos oído hablar del crac de barrio que nunca llegó a ser profesional del futbol. Causas pueden ser muchas, pero invariablemente se escucha la frase “pero me lesioné la rodilla”.

El hecho es que no todos quienes tienen la fortuna de jugar en primera división, son acaso los mejores de su generación, pero seguramente si fueron los de mayor mentalidad y los de más carácter, o incluso, los de más dinero.

Como todo en la vida, hay siempre una multitud de factores que operan a favor o en contra de los sueños de todos quienes aspiramos a jugar en primera división.

En el caso específico del futbol, no todo es talento, pues al menos en México, se trata de un medio tan lucrativo, que por eso está muy corrompido. En el balompié nacional y como un símil de otras cosas de nuestro país, pesa más tener relaciones o la capacidad económica, que tener talento. Al final, casi siempre se reduce a tener dinero para pagarle al cazador de talentos conocido en el medio futbolero con el elegante término de “el visor”, ese señor, “el profe” que conoce a un fulano que está bien relacionado con algún club de primera, pero cuyo único interés es convertirte en estrella del balompié y al mismo tiempo en un esclavo, pues los futbolistas profesionales mexicanos, si quieren serlo, deben hipotecar su libertad y estar dispuestos a renunciar a los más elementales derechos laborales.

A veces y, como fue mi caso, no tienes que ser el mejor del equipo, sino tener la fortuna de estar en el momento preciso y en el lugar indicado, y que ese día, además, juegues el mejor partido de tu vida.

Aquí aplica el proverbio oriental que dice que “no existe la suerte, lo que existe es la disciplina y dar lo mejor de ti a cada oportunidad”, y eso fue lo que a mí me funcionó. Como alguna vez me dijo un entrenador que tuve: “aunque sepas que vas a la banca, prepárate como si fueras de titular, porque lo que hace grande a un equipo, no son los once que juegan, sino los once que los pueden reemplazar sin que se note”.

Como entrenador de equipos infantiles y escolares, el mejor jugador que yo entrené, es ahora un gran atleta que se dedica al salto con pértiga. Otro, un gran portero, simplemente dejó todo porque le ganaron las ansias y el relajo de la adolescencia. Y un par de geniales magos del balón, así como dos muy contundentes delanteros, nada más nunca lo tomaron tan en serio. Solo uno, que por cierto no era el mejor, ahora juega en primera.

Por eso insisto, a veces pasa que gente técnicamente tan limitada como yo, logra destacar y llegar al menos a la reserva profesional.

Como pueden notar, mis queridos lectores, antes de ser lo que muchos de ustedes conocen, fui futbolero. Desde siempre, aficionado de los Pumas de la UNAM, mi alma máter, del Real Madrid, porque tuve la fortuna de ver jugar al mejor delantero de todos los tiempos, el genial Hugo Sánchez al lado de la llamada “Quinta del Buitre”, y también me confieso admirador del A.C. Milán, ese histórico club que conoció su mejor versión ofensiva dirigidos por el gran estratega Arrigo Sacchi.

Un equipo que fuera de la tradición del juego aguerrido y ultra defensivo conocido como el catenaccio italiano, supo conformar un espectacular equipo de futbol, claro, gracias a la chequera del siempre controvertido y gran corrupto, Silvio Berlusconi.

Si les gusta el futbol, cuando puedan, vean videos de ese equipo, la mejor versión de la squadra rosso neri de todos los tiempos, esa que, a finales de los ochentas y principios de los noventas, llegó a ser la base de la selección italiana, incluyendo a Ancelotti, Galli, Donadoni, Colombo, Virdis, Evani y por supuesto, al gran Franco Baresi al lado del entonces novato Paolo Maldini, y completados con su tridente de holandeses, Gullit, Rijkaard y Marco Van Basten.

Más allá de los títulos obtenidos o los jugadores en nómina que coincidieron en esa fantástica versión del conjunto rossonero, recuerdo que esos futbolistas practicaban un juego revolucionario que perfeccionó la defensa por zona, la presión al equipo rival desde su primer tercio de cancha o “presing”, y que, por ello, favorecía la ocupación de los espacios en ataque. Un equipo que, en su mejor momento, pudo ridiculizar a una de las mejores versiones del Real Madrid, mismo que por eso, nunca pudo ganar lo que ahora conocemos como “La Champions”.

Ese equipo era el que todos los de mi generación tomamos como referencia de juego equilibrado, y por ello, mi Director Técnico nos ponía a ver y analizar sus partidos.

Quienes me conocen, saben que al poco tiempo de que dejé el futbol profesional, terminé mi carrera como biólogo y casi de inmediato, comencé a dar clases.

Recuerdo que estaba yo en la cafetería de la secundaria donde entonces colaboraba, y que tenía una hora ahorcada. Así, todo coincidió, estaba por empezar el segundo tiempo de un partido aplazado de la “Serie A”, primera división en Italia, entre mi equipo, el A.C. Milán, y el modesto Livorno, mismo que por eso, me dispuse a disfrutar.

Lo interesante de ese encuentro no era el juego en sí, sino que marcaba el regreso del gran Ronaldo Nazario Lima, goleador histórico que dio sus mejores años en el Club Barcelona y en el Real Madrid, y que meses atrás se había lesionado su rodilla derecha jugando para el Inter, el otro equipo de la capital de la moda masculina.

En ese partido, Ronaldo regresaba después de varias semanas de ausencia por una lesión en su último partido. Ocho años antes, vistiendo la camiseta del “Inter”, en una de sus clásicas gambetas a toda velocidad, se había roto el tendón y la rótula de su pierna derecha, y curiosamente, prácticamente sin que nadie lo tocara.

Contra todo pronóstico porque había acusado molestias durante la semana, Ronaldo fue convocado por el ahora técnico Ancelotti, quien finalmente le dio entrada apenas diez minutos después de iniciado el segundo tiempo.

Como siempre, la aparición del gran Ronaldo, supuso un problema para la defensa rival, tanto que a los tres minutos de estar sobre el césped del estadio San Ciro, en la disputa de un balón por alto dentro del área, un defensa saltó contra él y le cometió una falta que se marcó como penalti. Pero lo dramático llegó décimas de segundo después. Según se puede apreciar en cámara lenta, el central del Livorno chocó al caer con la pierna de Ronaldo y, literalmente, lo quebró.

El astro brasileño se fue al suelo a plomo, y comenzó a gritar y a llorar. Sin duda, sabía lo que le había pasado. Pocos segundos después, se lo llevaron en camilla. Empezaba el final de la carrera del goleador histórico del scratch du oro en los mundiales, mismo que ahora lloraba desconsoladamente y se maldecía por su mala suerte.

Las imágenes recordaban al otro miércoles fatídico en su carrera, el día en que se partió la rótula y los ligamentos de la pierna derecha y que estuvo a punto de retirarle del futbol profesional. Tenía entonces 23 años y militaba en las filas del Inter de Milán. Ronaldo sufrió una nueva lesión en el primer partido que disputó tras su recuperación, contra la Lazio. Se acabó perdiendo los Juegos Olímpicos de 2000 y no volvió a jugar hasta 2001.

Su caso clínico hizo que muchos médicos trataran de encontrar el origen de esa fragilidad en un atleta de alto rendimiento.

Cabe decir que la anatomía del cuerpo humano, producto refinado de millones de años de evolución de los primates, no está hecha para jugar futbol. Aun luchamos por compensar nuestra marcha bípeda, y todo aquel que haya tratado de fabricar un robot que camine o suba escalones con dos extremidades, entiende a lo que me refiero.

En los hombres, el centro de gravedad se ubica a la altura de los hombros, y eso, genera una inestabilidad mayor en la carrera a gran velocidad, lo cual es más notorio en las mujeres, quienes tienen a la cadera como su mayor rival a la hora de jugar futbol y hacer cambios de sentido, particularmente al girar bruscamente, por lo que, sin la fuerza suficiente de las piernas, es común que el esfuerzo lo resientan las rodillas.

Quienes siguieron el desafortunado caso de Ronaldo, encontraron que tenía una predisposición a lesionarse por dos causas: sus huesos son más densos que el promedio, lo que los hace más fuertes, pero menos flexibles, y sus ligamentos y tendones son por ello, más débiles. Así, paradójicamente, a mayor masa muscular o más peso, la posibilidad de reventarse las rodillas de este jugador, aumenta.

Curiosamente, el mismo defecto de fábrica que en su tiempo le detectaron al gran Ronaldo, fue lo que a mí me costó varias lesiones durante mi corta carrera como futbolista, pero en mi caso, nunca nadie me lo dijo o lo detectó. Sin embargo, el pasado viernes, y después de haber rechazado la invitación varias veces, fui a jugar con mis compañeros de trabajo. El escenario era malo, pero para quienes hemos pasado grandes momentos en las canchas, resulta complicado negar el gusto de patear un balón.

Todo iba bien, lo normal de un partido de veteranos, la mayoría sin condición y fuera de forma física, donde la ubicación y la técnica te sacan a flote, pero la velocidad y tus reflejos terminan por pasarte factura. Tu mente sabe lo que tiene que hacer, bendito cerebro que recuerda tus mejores años, pero simplemente el cuerpo, ya no te responde, al menos no a la velocidad y con la fuerza que se necesita.

Jugando como medio de recuperación, recuerdo que bajé para cubrir la lateral que mi compañero había dejado por marcar a su delantero de referencia. Era una jugada de rutina, pues al ver que mi marca era de perfil diestro, me anticipé para ganarle la espalda y dejar su pierna hábil hacia la banda, en un momento intentó driblarme, pero alcancé a cubrir el balón con mi pierna, y entonces lo llevé casi contra la lateral, cerca de la esquina, me lo quité con un quiebre y un poco de cuerpo, y después de mover la cintura, pisé el balón para adelantarlo y hacer el despeje, y entonces, súbitamente, pasó.

Ya no alcancé a tocar el balón, pues mi pierna de apoyo resbaló un poco sobre el pasto seco y la derecha se alongó demás. Sentí un dolor intenso, como un calambre, y la sensación de un tronido, como cuando rompes un tallo de bambú. Caí e instintivamente llevé mi mano a la rodilla, la sentía deforme y me dolía como nunca. Recuerdo que a mi mente vino esa imagen de Ronaldo.

Mis amigos me llevaron al hospital, donde las radiografías, el ultrasonido y la resonancia confirmaron la lesión. Al igual que ese gran delantero, me rompí el tendón rotuliano y alongado de más el ligamento cruzado. Ahora, al igual que él, tuve que someterme a una cirugía reconstructiva que al menos, me llevara estar medio año en rehabilitación.

A diferencia de Ronaldo, yo ya no quiero regresar a las canchas, sino que pretendo seguir dando lo mejor de mí en la academia.

Como dice la fábula oriental “mala suerte, buena suerte, no lo sé”, a veces un hecho así te sirve para que puedas replantear tu vida.

Es obvio que tengo una predisposición a lesionarme. Mis huesos, como los de Ronaldo, son más densos y menos flexibles, y mis ligamentos y tendones, como los de Ronaldo, son por ello, más débiles. El mismo defecto genético que en su tiempo le detectaron al gran Ronaldo, ahora se repite en mí.

Ha sido mi cuarta o quinta cirugía por el deporte, pero confieso que si volviera a nacer, aun a sabiendas de mis genes, no dudaría en jugar futbol, pues a pesar de los pesares y de este dolor que ahora padezco y que me mantiene postrado en una cama de hospital, nadie me quitará el gusto de haber pisado los grandes estadios de este país, los viajes, las concentraciones o las pretemporadas, pero sobre todo, eso que aprendí en el futbol y que ahora, aplico en mi vida profesional: que la mejor forma de hacer equipo es tener la certeza de poner a cada quien donde mejor pueda jugar, donde mejor se puedan aprovechar sus cualidades, porque en el futbol como en la vida, no todos nacimos para ser habilidosos o contundentes goleadores.

Porque, aunque el chiste del juego sea meter goles y ser tan ofensivo como ese histórico A.C. Milán, el futbol no luce ni es tan efectivo sin un medio de contención que sepa darle equilibrio al equipo, ni sin buenos defensas, y menos aún, sin el ágil reflejo del único jugador que puede meter las manos, el portero.

Del futbol aprendí el valor de la amistad, a reconocer cuando tu rival es más fuerte, más ágil o más veloz, como para tomarlo como nuevo punto de referencia a alcanzar.

Que la mejor forma de respetar, al contrario, es dando tu mayor esfuerzo, y metiéndole tantos goles como puedas.

Pero lo más importante, aprendí que los partidos no se ganan el día del juego, porque la victoria se construye comiendo y durmiendo bien, respetando las indicaciones de tu entrenador, y repitiendo una y mil veces los movimientos de cada jugada.

Que lo más importante no está en los pies, sino en tu mente, una mente que no codifica el no, y que tiene la virtud de visualizar e imaginar antes de que las cosas sucedan.

En fin, que este golpe debe servirme para replantearme y reconstruirme otra vez. Reinventarme y ser disciplinado con lo que me indiquen los médicos y cerrar mi ciclo en el futbol, ahora, sólo lo veré.

Yo tampoco alcancé a debutar en primera, lo que fue un duro golpe a mi autoestima, pero que ahora entiendo mejor, pues mi mayor logro no será en el césped, pero sí en la magia de tener el don de enseñar.

Y quizás, después de todo, mi destino si sea ser director técnico, pero no precisamente de un equipo de futbol.

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