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Los que me conocen, saben que no soy mucho de ver cine mexicano, en particular las películas filmadas entre 1936 y 1966 de la llamada “época dorada”. Si bien, es un hecho que estas producciones ayudaron a dar una gran proyección internacional a nuestro país, específicamente en la región latinoamericana, creo que su impacto negativo ha sido aún mayor en la conformación de nuestra idiosincrasia, y han sumado de manera negativa en la imagen que se tiene de México en el extranjero[1].

Uno de los aspectos que más me molestan de estas películas, es que, en la gran mayoría de ellas, subyace una idealización del papel del hombre y la mujer, que acepta un doble criterio moral para ambos géneros con respecto a muchos aspectos de la vida. En específico, es claro el mensaje con respecto al ejercicio de la sexualidad, que, en su conjunto, engloba una visión fundamentalmente conservadora y machista, con actitud favorable a las relaciones sociales jerárquicas y autoritarias del hombre sobre la mujer, alineadas a los valores tradicionales de una sociedad conservadora, normalmente referidos al Dios de la mayoría católica, donde la madre debe ser amorosa, generosa y abnegada, aunque por ello, casi siempre salga perdiendo, o renuncie a la posibilidad de desarrollarse como persona.

El cine mexicano de esa época, materializó las narrativas de identidad, unidad y moralidad, las cuales se convirtieron en una referencia obligada para comprender la estabilidad social y la mexicanidad durante el período posrevolucionario. En esas películas, se promueve la idea tradicional de la maternidad como un amor incondicional, que implica gran abnegación y sufrimiento.

Muestra inequívoca de este modelo, es la película altamente dramática titulada “El pecado de una madre”, filmada en 1962, que cuenta la historia de dos mujeres, Gabriela (interpretada por Dolores del Río) y Ana María (interpretada por Libertad Lamarque), enamoradas de Enrique (interpretado por el actor Enrique Rambal); la tragedia empieza cuando en un accidente mueren Enrique y Gabriela, dejando huérfano a Gustavo, su único hijo (interpretado por el actor Pedro Geraldo), al cual, Ana María, la amante de Enrique, recoge y cría como si fuera de ella. Años después, regresa Gabriela, que en realidad nunca murió, y se dispone a reclamar a su hijo, y ahí empieza la parte más sentimental, melodramática y chantajista del film.

Películas como esta, sirvieron de modelo para la creación de las telenovelas mexicanas, que, por mucho, han superado en idiotez y lecciones de moralidad al acartonado cine mexicano, hasta instituirse en el entretenimiento favorito de las masas, y que han servido de escenario de integración y síntesis de elementos discursivos, tanto posmodernos como anacrónicos[2].

En el contexto de las luchas y los sufrimientos que causan el desempleo, la violencia, la pobreza y la exclusión social, la ficción televisiva de las telenovelas, y más recientemente de programas como “Lo que callamos las mujeres“, “Mujer, casos de la vida real” o “La rosa de Guadalupe“, se han consolidado como uno de los pocos lugares en donde las mujeres sueñan, se miran, se refugian, se emocionan y se comparten solidariamente sus precarias y acosadas identidades[3].

Así, paradójicamente puede darse el caso, por ejemplo, de que en pleno siglo XXI una telenovela se llame “La esposa virgen”, es decir, que la virginidad siga siendo un valor cultural, lo cual es ya de por sí, algo patético, o que otra se intitule “La madrastra”, aun cuando el término mismo actualmente se haya desgastado y el tema también haya perdido vigencia y relevancia ante el cambio generalizado del modelo de la familia tradicional, mismo que ha sido derrotado por la estadística y la realidad socioeconómica del país, que ha dado origen a una multiplicidad de opciones familiares y de pareja contemporáneas.[4]

Por eso, justo hoy, que en México se conmemora el “Día de la Madre”, vale la pena hacer un paréntesis para reflexionar acerca de esta fecha y del origen oscuro detrás de esta festividad.

Se sabe que, alentado por la Revolución Mexicana, a principios del siglo XX, emergió en el estado de Yucatán, un movimiento feminista, que proponía la emancipación de la mujer y el respeto a sus derechos, en particular, el de la maternidad y el del uso de métodos anticonceptivos[5].

Como respuesta a este movimiento, en 1922, Rafael Alducín, uno de los fundadores del periódico Excélsior, en conjunto con el Arzobispado mexicano, presentaron una propuesta al papa Pío XI, para celebrar a las madres mexicanas, misma que obtuvo su apoyo, así como el del patronato de la Cruz Roja, de las Cámaras de Comercio, y del ultraderechista Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos.

Fue entonces que el autonombrado “periódico de la vida nacional”, pidió la participación de sus lectores para que propusiera un día de fiesta para las mamás y, de esta manera, copiando lo que ya se hacía en los Estados Unidos, en México quedó instaurado el 10 de mayo como la fecha para “rendir un homenaje de afecto y respeto a la madre[6].

Así, de 1922 a 1968, todos los 10 de mayo, ese periódico organizó festivales donde premiaba a las madres más prolíficas, a las más heroicas y a las más sacrificadas. En 1927, también surge de Excélsior la iniciativa de construir un “Monumento a la Madre”, idea que se materializó durante la presidencia de Miguel Alemán, quien lo inaugura en 1949, muy cerca del cruce de la avenida de los Insurgentes y el Paseo de la Reforma,  en la Ciudad de México, específicamente entre las calles de Sullivan y Villalongín, dividiendo las colonias Cuauhtémoc y San Rafael, en la Delegación Cuauhtémoc. Se trata de una explanada con un estilizado obelisco, obra del arquitecto José Villagrán García y el conjunto escultórico de Luis Ortiz Monasterio, las cuales simbolizan a un hombre de rasgos indígenas con posición de escribir; una mujer con una mazorca de maíz, símbolo de la fertilidad; y en el centro, la imagen de una madre con un niño en brazos. Cuenta además con una placa que dice: “A la que nos amó antes de conocernos”, y que en 1991 el movimiento feminista completó con otra placa que atinadamente suscribe “porque su maternidad fue voluntaria”.

¿Qué encubre hoy el torrente discursivo y comercial del 10 de mayo? Por lo pronto, Este mito recoge cuestiones reales –las madres sí suelen ser amorosas, generosas y abnegadas–, pero también encubre aspectos negativos o contradictorios del ejercicio maternal.

Como bien menciona Martha Lamas, atrás de la imagen de la “madrecita santa” encontramos a madres agotadas, hartas, golpeadoras, ambivalentes, culposas, inseguras y deprimidas. El mito del día de la madre, encubre los descuidos, aberraciones y crueldades que muchas madres –sin duda víctimas a su vez– ejercen contra sus hijos. Pero, sobre todo, la hipervaloración social de las mujeres como madres y el nivel de gratificación narcisista que alienta, dificultan que ellas mismas vean ese “trabajo de amor” como una labor que requiere ser compartida y contar con apoyos sociales[7].

Es un hecho mundialmente comprobado que, si bien se ha avanzado mucho en materia de equidad, en general, la mujer sigue estando en desventaja con respecto del hombre, pues hay que reconocer que salvo honrosas excepciones, sus derechos casi nunca son respetados. Prueba de esto, son las posiciones que ocupan mujeres y hombres en cargos directivos, o las oportunidades de acceso al poder en áreas estratégicas dentro del gobierno. Y de los salarios de ambos, mejor ni hablamos, pues el número de mujeres que ganan menos con respecto de los hombres por una actividad similar, parce la regla más que la excepción.

Nadie niega que la maternidad sea un compromiso de vida, sin embargo, deberíamos aceptar que su ejercicio puede llegar a ser muy desgastante para la mujer, pues implica un alto nivel de responsabilidad que, generalmente es muy superior al que se exige al hombre. Por eso, aun no podemos hablar de igualdad real hombre-mujer, pues aún se repiten los comportamientos anacrónicos donde el padre trabaja y la madre, aunque también trabaje, se ocupa mayoritariamente de la casa y los hijos.

La generalidad de la sociedad mexicana, aun concibe como algo bien visto si un hombre es capaz de “sacrificar su merecido descanso”, dedicando el fin de semana al cuidado y convivencia con sus hijos, y, en el mismo sentido, juzga como una “buena madre” a aquella mujer que, aunque también trabaje, tenga la capacidad de estar al pendiente de sus hijos todos los días, y si no puede, que tenga la precaución de ocuparse de ellos, o de apoyarse de alguien, que casi siempre, resulta ser su propia madre, es decir, la abuela, que termina por alargar su abnegado papel de madre.

Por todo esto, considero que una verdadera forma de celebrar a la mujer en su condición de madre, sería luchar junto con ellas porque se respeten sus derechos a la educación y al trabajo, y eso implica que como sociedad tengamos la posibilidad de garantizar las condiciones que les permitan estar con sus hijos, pero sin que ello implique descuidar su propio desarrollo personal y profesional.

La mujer que ha decidido ser madre, no debería por ello renunciar a su derecho a seguir estudiando o a trabajar con un salario bien remunerado. Por eso, creo que la hipocresía de dedicarle un día del calendario a la madre, es en sí mismo, un acto misógino y por ello perverso, que oculta el mensaje machista implícito de reconocer a la mujer sólo por su capacidad biológica de gestar y parir, que, en los hechos, las subordina socialmente, y que por ello, ha tenido consecuencias restrictivas en el ejercicio de su ciudadanía y de su participación política.

En este mismo sentido y aunque suene contradictorio, estoy en contra de festejar a una mujer joven, que queda embaraza mientras se encuentra realizando sus estudios, y en ese mismo sentido, me parecen absurdos los programas de apoyo económico que se promueven para las mujeres que estudian y que tienen hijos, pues creo que esas becas, sólo han servido para solapar la premeditada irresponsabilidad de muchas mujeres que por una actitud inmadura, tienen hijos no planeados. Y no digo que sea sólo su responsabilidad, pero no conozco becas o programas de apoyo para hombres jóvenes que estén estudiando y cuyas parejas esten embarazadas 

Si como sociedad estamos dispuestos a apoyar a la mujer, deberíamos empezar por cambiar nuestra actitud, pues en la cotidianidad, a la mayoría de los hombres mexicanos les importancia muy poco el trabajo doméstico y la crianza de sus hijos, y en general, quienes lo hacen, son vistos como débiles, poco viriles e incluso, se pone en duda su sexualidad.

Y en este sentido, como sociedad, también nos hemos olvidado de que cada vez, hay más hombres que están solos, y que se han responsabilizado de la crianza sus hijos, que gustan de cocinar y que no se avergüenzan por hacer labores domésticas, ¿acaso también debería haber un monumento para ellos?, o los seguiremos estigmatizando al decirles “mandilones“.

La responsabilidad de las mujeres por la actividad doméstica y la crianza de los hijos, históricamente ha limitado su participación pública y casi las ha borrado del escenario político. Por eso, aunque en los discursos del día de la madre siempre se ensalza su labor abnegada, amorosa y sacrificada, es evidente que, en los hechos, no se prioriza políticamente a las familias con medidas que verdaderamente concilien el ámbito laboral con el doméstico, y que faciliten la emancipación real de la mujer, que no es otra que garantizar su acceso y permanencia a la educación, que les permita la promoción a un trabajo digno y bien remunerado.

Por lo tanto, cada mujer debería tener la posibilidad de ser madre, sin contradecir su independencia o su plena participación en todos los aspectos de la vida social. Una sociedad verdaderamente civilizada, no debería seguir imponiendo roles a los géneros, sino velar por una equidad de género que no represente una desigualdad con respecto del hombre. Deberíamos intentar integrar la capacidad reproductiva, que es específica de las mujeres, con la actividad social en su conjunto.

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[1] Maricruz Castro-Ricalde. El cine mexicano de la edad de oro y su impacto internacional. La Colmena, No. 82 abril-junio de 2014 pp. 9-16. Disponible, en Red en: http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_82/docs/El_cine_mexicano_de_la_edad_de_oro.pdf

[2] Mazzioti, Nora. La industria de la telenovela: la producción de ficción en América Latina, Buenos Aires, Paidós, 1996, p. 25.

[3] Guillermo Orozco Gómez. La telenovela en México: ¿de una expresión cultural a un simple producto para la mercadotecnia? Comunicación y Sociedad. Revista del Departamento de Estudios de Comunicación Social de la Universidad de Guadalajara. Nueva época, núm. 6, julio-diciembre, 2006, pp. 11-35. Disponible, en Red en: http://www.publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/comsoc/pdf/2006_6/11-35.pdf

[4] Ver: http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposito/2017/familia2017_Nal.pdf

[5] Aurora Cortina González Quijano. Los congresos feministas de Yucatán en 1916 y su influencia en la legislación local y federal. Anuario Mexicano de Historia del Derecho 10 (1998): 159-92. Disponible, en Red en: https://revistas-colaboracion.juridicas.unam.mx/index.php/anuario-mexicano-historia-der/article/view/29571/26694

[6] Marta Acevedo publicó en la colección “Memoria y olvido: Imágenes de México” (Martin Casillas Editores /SEP ) una investigación sobre el origen del “Día de las madres”, llamada “El  diez de mayo”; en ese libro dijo que la celebración surgió como respuesta a un feminismo de principios del siglo XX; los festejos magnos que el periódico Excélsior organizó en honor a las madres en 1971, mismo año en que las feministas de la segunda ola, salieron por primera vez a protestar, en el monumento a la madre.

[7] Martha Lamas. Lo que oculta el 10 de mayo. 10 de mayo de 2010. Revista Proceso. Disponible, en Red en: http://www.proceso.com.mx/82757/82757-lo-que-oculta-el-10-de-mayo

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