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Familia posando en el famoso ahuehuete de Popotla en 1903

Cuentan los que saben[1], que el 30 de junio de 1520, Hernán Cortés se sentó a descansar bajo un frondoso ahuehuete. Estaba cansado y abatido por la batalla perdida, y en su penar, sólo veía pasar los despojos de su ejército derrotado. Los escasos sobrevivientes iban heridos y maltrechos, con la moral por los suelos. Ante tal panorama, el duro conquistador finalmente se quebró, y no pudo evitar el llanto. Desde entonces, ese mítico árbol se convirtió en un símbolo de la resistencia indígena contra el dominio español.

Actualmente, sólo una reja descuidada, resguarda los restos carbonizados de ese ahuehuete, emblema del barrio de Popotla, colonia del norte de la Ciudad de México, asentada sobre la traza original de un pequeño pueblo prehispánico, ubicado entre los límites de la Garita de San Cosme y el histórico pueblo de Tacuba.

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El Árbol de la Noche Triste, entre el olvido y la gloria indígena.

Popotla fue mi barrio, donde yo crecí y me formé, donde pasé gran parte de mi infancia, mi adolescencia, y los primeros años de mi juventud, y aunque ahora empiezo a desconocer el sentido de sus calles, y son evidentes algunos cambios de su infraestructura urbana, en esencia, sigue siendo tal y como lo recuerdo, con sus casonas antiguas, el parque de la famosa calle de Cañitas, el deportivo del Colegio Salesiano, y la antigua sede del Colegio Militar, y por supuesto, la emblemática escuela secundaria diurna número 254, que orgullosamente lleva el nombre de Nagoya, la cuarta ciudad más grande de Japón, cuna de su exitosa industria automotriz.

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Aeropuerto Chubu Centrair  de Nagoya, Japón

Enclavada en el número 87 de la calle de Mar Rojo, a espaldas de Cañitas y a pocos pasos de la estación del metro, esta secundaria pública, inició labores en septiembre de 1980, y aunque muchos no lo saben, es homóloga de otra secundaria que se abrió al mismo tiempo en la ciudad nipona, y que lleva el nombre de “Ciudad de México”, y que es símbolo de hermandad entre ambas urbes.

El proyecto original de esta escuela, consideró la novedosa idea de incorporar parte del modelo educativo japonés en la formación de los alumnos mexicanos, lo que incluía clases de yoga, meditación, música, gimnasia e informática, sin embargo, la burocracia y la falta de voluntad política con el sindicato de maestros, dejó todo en buenas intenciones, pues el proyecto implicaba la selección específica de los docentes y de los alumnos, lo que en los hechos resultó imposible, pues las escuelas públicas mexicanas, desde entonces, están alineadas al modelo centralista de una educación estandarizada que no admite versiones alternativas. De hecho, sus primeros maestros fueron incorporados a través del magisterio oficial, y los alumnos se asignaron, en su gran mayoría, por aquellos que habían rechazado otras secundarias con mayor antigüedad y por ello, con más prestigio en la zona, como la Secundaria Anexa a la Normal de México, la Secundaria No. 15 “Albert Einstein”, o la técnica “Rafael Dondé” de la calle de Lago Alberto.

A pesar de ello, el lazo entre Japón y México se mantuvo en “La Nagoya”, pues eventualmente, las autoridades del gobierno japonés visitaban la escuela y entregaban reconocimientos o algunos obsequios a los alumnos y maestros, y en la dirección, se mantenían algunos cuadros con fotografías de lugares emblemáticos del otrora imperio del Sol naciente.

Yo fui parte de la octava generación de esta secundaria, específicamente del grupo “B” del turno matutino. Éramos como cuarenta chamacos, en su mayoría, hijos de familias de clase media jodida, y por ello, de muy limitados recursos económicos.

El uniforme que usábamos, era el mismo que desde hace mucho distingue todas las secundarias diurnas de la ciudad, y que por ello, utilizan los protagonistas de la película mexicana “Perfume de Violetas” (2001). Consiste en un suéter verde combinado con pantalón para los niños y falda a la rodilla para las niñas, de una tela, cuyo diseño fue popularizado por el Duque de Windsor cuando era Príncipe de Gales (de ahí el nombre de este casimir), que se caracteriza por un tejido que combina dos tonos de gris que se entrelazan para formar patrones de cuadros complejos, alternados con un tercer color, en esta caso en específico, un discreto hilo verde al tono del suéter, que se combinaba con una chazarilla blanca o en su defecto, con una camisa de cuello en “v”, de botones; las calcetas eran blancas y los zapatos negros. Había una variación a esta indumentaria, que era la de cambiar al “Principe de Gales” por una prenda blanca, que se hacía obligatoria para las ceremonias cívicas o para el día de la clase de educación física, donde, por cierto, los zapatos negros cedían su lugar para los tenis blancos.

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Como sigue siendo hasta el día de hoy, la única diferencia entre las secundarias diurnas de la capital, es el escudo de la escuela, mismo que en este caso, estaba integrado por Quetzalcóatl, la mítica serpiente emplumada de los aztecas, que se entrelazaba con Tatsuun, el milenario dragón oriental del Japón, ambos superpuestos en un fondo azul que simboliza el agua, elemento común al origen de ambas ciudades.

Berger y Luckman[2], afirman que la escuela es una institución social que somete a los alumnos a procesos diversos, a fin de lograr la socialización y adaptación de los sujetos al sistema, y desde ese punto de vista, la secundaria “Nagoya”, se apegaba fielmente a la descripción de estos autores. Sin embargo, su modelo educativo, al igual que el de otras secundarias en México, está mejor definido por el recientemente fallecido Michel Foucault[3], quien comparaba a este tipo de escuelas, con los manicomios o la cárcel, y con mucha razón, pues en ambos casos, su estructura física y sus reglas la hacían muy similares. En la secundaria tanto como en un penal, o en el sanatorio psiquiátrico, todo se vigila, todo se podía castigar y, además, todo se hacía “por el bien de los internos”, en este caso, nosotros, los alumnos.

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Vista actual del interior de la secundaria 254 “Nagoya”

La estructura física de la secundaria “Nagoya”, replica el modelo de muchas escuelas públicas construidas en esa época, con sus aulas de treinta metros cuadrados, distribuidas en dos edificios con planta baja y dos niveles superiores, armados con vigas de acero pintadas con esmalte blanco brilloso, y fríos muros de tabique rojo, y unas escaleras centrales de acero y cemeto, que vibran y se estremecen al paso de la juventud.

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Fachada actual de la secundaria 254 “Nagoya”

Hasta la fecha, la secundaria conserva un enorme portón blanco alineado con altas bardas pintadas con un deprimente rojo óxido, que, al abrirse, ceden la vista a un amplio pasillo de adoquín, flanqueado por jardineras de bambú y un edificio administrativo de una sola planta, que albergaba la dirección, la sala de maestros, una enfermería, la tiendita escolar y los baños.

En esa entonces, sus salones estaban equipados únicamente con enormes pizarrones verdes, y una mesa que hacía las veces de escritorio, pupitres de plástico con estructura de metal y paleta de aglomerado de madera, estrictamente alineadas en ocho filas de ocho bancas cada una, en un perfecto plano cartesiano, donde los alumnos éramos fácilmente ubicados, ya sea por nuestra estatura o por la primera letra de nuestro apellido paterno. Con luminarias fluorescentes de gaveta y ventanales de aluminio a ambos lados, con vista al pasillo o a un muro según te tocara, o privilegiadamente al campo de futbol del deportivo salesiano si estabas en el segundo piso.

Recuerdo el cubículo de la prefectura, símbolo material de la disciplina que caracteriza a este nivel educativo, pues ahí estaba el personal especializado para vigilar, someter y canalizar a las instancias correspondientes a los alumnos infractores, aquellos que se salían de la norma establecida, esa que todos, en algún momento terminábamos por burlar en las horas libres o en las escapadas al baño.

Mi secundaria también tenía un salón de música, llamado así porque en vez del escritorio, estaba un piano vertical, un par de teclados donados por los japoneses, y un anaquel con algunos otros instrumentos musicales, aunque de base, todos teníamos que aprender a tocar la flauta dulce, y eso, porque según cuenta la leyenda, en tiempos del presidente Luis Echeverría, hubo una visita de estado justamente a Japón, donde fue recibido por cientos de niños nipones que interpretaban melodías mexicanas con diversas flautas de este tipo; la misma leyenda afirma que, este concierto emocionó tanto al mandatario, que ahí mismo instruyó al entonces titular de la SEP, el ingeniero Víctor Bravo Ahuja, para que, a partir de ese momento, en todas las escuelas secundarias de México, la flauta dulce se convirtiera en el instrumento oficial para la enseñanza musical.[4]

También había una incipiente biblioteca y talleres para instrucción tecnológica en cinco especialidades, a saber, electricidad, dibujo técnico, estructuras metálicas, decoración del hogar y artes plásticas, donde según nuestras aspiraciones, nos mezclábamos con compañeros de los otros grupos. También había un par de laboratorios de ciencias, pero recuerdo que los ocupamos muy poco.

La carga académica era por áreas, por lo que, en lugar de llevar biología, química y física, llevábamos Ciencias Naturales, o en vez de historia, geografía y civismo, llevábamos Ciencias Sociales, lo cual, fue un experimento para reducir el número de maestros por escuela, y que como era obvio, nunca funcionó del todo, por lo que terminó por eliminarse con la reforma educativa de 1993.

Las clases se complementaban con una sesión diaria de español y matemáticas, esta última, asignatura que se convirtió en la causa de que muchos no terminaran a tiempo la secundaria, porque, por cierto, en esa época, los alumnos sí reprobaban, y no como ahora, que basta con matricularse para asegurar el certificado.

A la hora de la entrada y de la salida, siempre había personal vigilando y, a veces, hasta esculcando nuestras mochilas. Checaban nuestro uniforme, el corte de cabello en los varones y el peinado de las mujeres, a quienes también les prohibían el uso de maquillaje, y les verificaban el largo de sus faldas y el alto de sus calcetas, y por supuesto, que tuviéramos la credencial, esa que al principio era gratis, pero que adquiría un costo con cada reposición.

La puntualidad era un valor, y sabías que no podías llegar tarde porque te quedabas afuera, lo mismo que si no cumplías con el uniforme. Tampoco te podían traer cosas a media mañana, si lo olvidabas, te fregabas. En fin, eran otros tiempos.

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Grupo 2o “B” de la secundaria 254 “Nagoya”, ciclo 1988-1989

Yo iba en el turno matutino, ese que arranca a las siete de la mañana, justo al amanecer y no de madrugada como lo es hoy, puesto que entonces, tampoco había cambios de horario en verano o invierno. Teníamos cinco periodos consecutivos de clases de cincuenta minutos, que se completaban con otros tres periodos después de un receso (por no decirle recreo), de veinte minutos, para cerrar la jornada al filo de las dos de la tarde, cuando entraban los compañeros del turno vespertino, que por lo general, eran de mayor edad al promedio, o que tenían la mala suerte de haber sido asignados ahí, por sus antecedentes académicos o por haber sido rechazados en su primera o segunda opción, pues para entonces, y como creo que ha quedado claro, la secundaria “Nagoya”, era relativamente nueva, y  como todo nuevo proyecto, carecía de algo que sólo da el paso del tiempo, y que se construye a partir del éxito o fracaso de sus egresados: el prestigio.

Han pasado treinta años desde que ingresé a la secundaria. En este tiempo y casi sin darme cuenta, dejé de ser un escuálido y muy poco agraciado adolescente, extrovertido y parlanchín, de abundante cabellera y escasa estatura, que se convirtió en lo que soy ahora, un hombre bastante calvo, con muchas canas, y sólo un poco más alto, y un tanto más gordo, pero que al igual que el barrio de Popotla, aun conservo esa misma esencia de mis años adolescentes, que parecen inmunes al paso del tiempo, y que me hacen ser como soy.

Mi suerte me ha protegido hasta ahora, quizás no debería confiar en ella mucho más. No soy muy de la nostalgia, ni de los recuerdos. A pesar de los títulos académicos, no he dejado de ser el mismo de aquellos tiempos. En mi trayecto, yo mismo he sido docente y director de una secundaria.

A la mayoría de mis compañeros no los he vuelto a ver, y es normal, llevo casi veinte años de que me alejé de Popotla y de mi familia. Construí una nueva versión de mí mismo, que ahora me define, y que quienes me conocieron de entonces quizás podían predecir, pero que difícilmente podían asegurar, pues, aunque siempre me gustó estudiar, no siempre es fácil el camino cuando los recursos económicos son escasos.

Hace algunos años leí una investigación[5] donde se exponía la tesis de que la riqueza genera mayores oportunidades, lo cual es una obviedad, lo interesante, es que, entre ellas, decía que el dinero daba acceso a una mejor educación, lo que consecuentemente, y según ese estudio, ha derivado en que las personas más acaudaladas del mundo, sean también las más inteligentes. Sinceramente, yo no me trago esa vaina, pues para medir la capacidad cognitiva de los multimillonarios se utilizaron datos de asistencia a escuelas de prestigio, y no referentes a su verdadera capacidad intelectual, es más, ni siquiera se fijaron en su desempeño académico en dichas universidades.

En todas las escuelas siempre hay gente valiosa e inteligente, y eso no necesariamente está asociado a tener recursos económicos. Lo que en verdad existe es gente deseosa de una oportunidad para salir adelante. Y así éramos muchos en mi secundaria, chavos con sed de triunfo y reconocimiento, con todas las ganas de construir una historia diferente de nosotros mismos. Dispuestos a contradecir la propuesta del sociólogo francés Pierre Bourdieu[6], pues no estábamos ahí para reafirmar nuestra condición social, sino para mejorarla, porque origen, no siempre es destino.

La escuela fue nuestra oportunidad de educación escolarizada, pero nada más. El certificado es sólo reflejo de los estudios, pero no de las actitudes y de las aptitudes que alcanzamos a desarrollar, de los lazos que nos unen, del camino que forjamos al lado de nuestros maestros y nuestros compañeros de clase.

Inteligencia no es sabiduría, y sacar diez en la escuela no siempre es sacar diez en la vida. La escuela nunca fue suficiente para determinar el potencial de cada uno de nosotros, pues independientemente de los recursos económicos a nuestro alcance, siempre supimos que lo podíamos lograr.

Y es algo que recientemente he podido comprobar, pues afortunadamente, una de las bondades de las redes sociales es la de poder reencontrar a los amigos, de acortar las distancias y relativizar el tiempo pasado con un simple clic, en este caso, con la invitación a reunirnos, a vernos y convivir, a festejar varios cumpleaños simultáneos, pues la mayoría de mis compañeros de la secundaria, nacimos entre abril y julio, específicamente en mayo, pues desde entonces, la Secretaría de Educación Pública, ha utilizado el criterio de la fecha de nacimiento, como válido para organizar los grupos de las secundarias, y así, sellar el destino de las amistades y las historias comunes.

Confieso que ya me habían invitado antes, pero siempre se me había atravesado otro compromiso, pero ahora, en plena convalecencia de mi lesión de rodilla, y con cierta melancolía acumulada por tantos meses aislado de mi rutina habitual, decidí que era una oportunidad que no podía dejar pasar.

Así llegó la tarde del sábado pasado. No éramos ni siquiera diez personas, pero así son estas reuniones, donde muchos quieren estar, casi todos confirman, pero al final, muy pocos llegan; donde el pasado va y viene como un juego irónico; donde el presente hace nuevos caminos y tiene sus propias circunstancias, pero nunca puede deshacerse de la historia común, pues en muchos sentidos, todos los ahí reunidos, somos versiones diferentes de una misma historia, por eso somos parte de una misma generación, porque nos identificamos con modismos similares y nos gustan las mismas canciones; porque vimos las mismas caricaturas y crecimos en un espacio común.

En muchos sentidos, los ahí reunidos somos la presencia de nuestros recuerdos del pasado rebotados al presente irónico de nuestra vida como adultos, pues en los hechos, y aunque lo negamos, seguimos actuando casi igual que cuando éramos pequeños. Somos un poco como el barrio que nos vio crecer, dispuestos al cambio, pero con un pasado que permanece.

La tarde se fue rápido entre la plática, las risas y las anécdotas comunes. La secundaria fue al mismo tiempo, una etapa complicada, una de las peores épocas de nuestras vidas, pero también, parte de lo más bonito que añoramos.

“La Nagoya”, fue nuestra adolescencia, la época donde empezamos a asumir nuevas responsabilidades y a experimentar nuevas sensaciones de independencia, que más tarde nos ayudaron a definir nuestra personalidad. Los reencuentros son así, una ocasión para revivir épocas doradas y para enfrentarse con los complejos superados del pasado.

Para mí, la secundaria fue una extensión de mi niñez, simple, boba y noble, para otros, fue algo más intensa, más romántica o acaso, más experimental, pero para todos fue un buscar nuestra identidad, donde aprendimos a poner en práctica los valores aprendidos en casa, pero también a cuestionarlos. Entonces no lo notábamos, pero estábamos llenos de energía, curiosidad y de un espíritu de libertad que no se extingue fácilmente y que ahora anhelamos porque empieza a abandonarnos.

Es muy difícil describir la alegría al vernos todos juntos otra vez. Saber que, a todos, de alguna u otra manera, nos ha ido bien, que hemos logrado cumplir la mayoría de nuestros sueños, y que, aunque con altas y bajas, nuestras vidas personales también han ido por buen rumbo, pues somos personas de bien.

Yo empecé la secundaria a finales de 1987, cuando estaban de moda muchos grupos de rock españoles, entre ellos, había uno llamado Duncan Dhu, que tenía un éxito llamado “En algún lugar”, una canción con una estructura de acordes muy sencilla, que en una parte de la letra dice así; “Y en la sombra, mueren genios sin saber, de su magia, concedida sin pedirlo, mucho tiempo, antes de nacer”. Ahora entiendo mejor el sentido del verso, y de nuevo me pregunto, ¿Dónde quedaron mis amigos de la secundaria? ¿Qué será de cada uno de ellos? ¿A qué se dedicarán? ¿Qué tanto de mi adolescencia aún sigue en mí? Quizás, y como versa esta rola, seamos sólo como un jinete que se marchó con el viento, gritando que no íbamos a volver, y que sin embargo, aquí estamos.

Nagoyos

Referencias citadas en el texto:

[1] Francisco López de Gómara, “Historia general de las Indias” Disponible, en red en http://www.biblioteca.org.ar/libros/92761.pdf

[2] Berger P. y T. Luckmann (1986): La construcción social de la realidad (Cap. III). Buenos Aires: Amorrortu. 1 / 29.

[3] Foucault, M. El sujeto y el poder. Revista Mexicana de Sociología, Vol. 50, No. 3. (Jul. – Sep., 1988), pp. 3-20.

[4] Bautista Rojas, C.  Nuestra educación musical. Revista Algarabía. noviembre 7, 2014. Disponible en red en: http://algarabia.com/curiosidades/nuestra-educacion-musical

[5] Wai, J. (July/August, 2012). Of brainiacs and billionaires. Psychology Today. 78-85, 92. Disponible en Red: https://www.psychologytoday.com/articles/201207/brainiacs-and-billionaires

[6] Bourdieu, P. y Passeron, J. C. (1979). La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Laia, S.A., Barcelona: 271 pp

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