El futbol es un juego muy simple de entender, tan simple, que la mayoría empezamos a jugarlo casi sin tener conocimiento previo de su reglamento. Además, sus fundamentos son tan obvios, que, por ello, se puede jugar casi en cualquier lugar, e incluso, con casi cualquier objeto que se pueda patear.

Sin embargo, cuando en el ámbito coloquial decimos: “voy a jugar un partido de futbol”, ¿estamos hablando de jugar o de hacer deporte?, ¿o tal vez estamos haciendo referencia a los dos términos a la vez?

La diferencia, no es sólo semántica, sino que implica dos facetas de una misma actividad. Me explico: la palabra juego, proviene del latín iocus, que se interpreta como hacer algo con alegría, con el único fin de divertirse. Cuando un juego además se realiza como un ejercicio físico, trasciende el aspecto recreativo para convertirse en un deporte, que si bien, no renuncia al efecto divertido que supone realizarlo, tiene la sutil diferencia de que implica sujetarse al cumplimiento de ciertas normas, y que generalmente se hace, de manera premeditada, fuera del lugar de residencia, de ahí, la relación con la palabra deportar.

Por eso, cuando los infantes empiezan a practicar el futbol, lo que hacen, es meramente recreativo, como cualquier otro juego, porque justamente lo que se busca, es que sea una actividad que les brinde un espacio de alegría para divertirse y entretenerse, para socializar y convivir. Además, como a temprana edad, casi no hay diferencias físicas, el futbol infantil, se suele practicar en plena equidad de género, con equipos mixtos, y lo más interesante, como una actividad en la cual, se puede ganar o perder, pero que, en el contexto de la vida cotidiana, no debería tener mayor relevancia ni repercusión.

Como quiera que se le interprete, lo cierto es que el elemento lúdico, la diversión momentánea, es justamente la parte que más se pierde cuando el futbol entra al sistema organizado de clubes y campeonatos, de contratos y negocios, es decir, cuando se juega a nivel profesional.

Por su condición competitiva, los futbolistas profesionales deben aprender a reconocer sus limitaciones para poder establecer jerarquías dentro del equipo. Por eso, quienes lo practican, lo convierten no sólo en su modo de ganarse la vida, sino en la guía según la cual moldean su comportamiento y desarrollan una manera particular de actuar. Cada jugador debe ser disciplinado y seguir las instrucciones de su entrenador, para alcanzar la perfección a la que aspiran.

Sin embargo, quizás por la inmadurez que implica la juventud y porque generalmente son muy pocos los futbolistas profesionales que dedican tiempo a estudiar o al menos a leer, la gran mayoría no comprende el impacto de realizar una actividad tan mediática. Ser una figura pública, conlleva la responsabilidad de ser ético, no sólo dentro del campo de juego, sino, sobre todo, fuera de él.

Los futbolistas profesionales generalmente sólo desarrollan un espíritu competitivo que los lleva a ser mejores, y que los motiva a perfeccionar sus habilidades técnicas y sus conocimientos tácticos, pero casi nunca alcanzan a entender que, para lograr metas individuales, que conlleven a la fortaleza de su equipo y que trasciendan en su tiempo en los anales de la historia de su club, deben ser profesionales en todo momento.

Ahí radica la importancia del respeto a las reglas y a la autoridad, porque eso es lo que dignifica su profesión. Por eso, el futbolista profesional, debe entender que su desempeño es de alto impacto social, dentro y fuera de las canchas, puesto que se convierten, lo quieran o no, en guías investidos de cualidades y principios, que los hacen ser la referencia a seguir, en particular, de los más pequeños y los más jóvenes.

Y no es una exageración, cualquiera que haya asistido a un partido de niños o adolescentes, podrá verificar la manera en que imitan a sus ídolos: celebran los goles igual que ellos, se cortan el cabello o utilizan indumentaria, particularmente los zapatos, tratando de emular a sus héroes deportivos, vaya, algunos hasta llegan a tomar sus nombres o replican sus apodos.

La liga profesional de futbol mexicano, cuyo slogan promueve “el juego limpio” antes del inicio de cada partido, recientemente dio muestras de los intereses que sobrepasan a este deporte, y que son el negocio de las televisoras como las verdaderas controladoras de este espectáculo. Muestra de ello, es que el dueño de TV Azteca se atrevió a despotricar contra lo que él considera sus empleados, es decir, contra los árbitros en el citado caso de los jugadores que agredieron a un par de ellos, y que querían pasar impunes.

Si la Comisión Disciplinaria hubiera hecho lo que marca la norma, se habría mandado una señal de ser una gran liga, pero no, el caso era minimizar la acción de dos barbajanes que, por lo visto, no entienden lo que implica ser profesional del deporte de mayor impacto en el mundo.

En promedio, de cada mil futbolistas que llegan a jugar en categorías inferiores de los equipos profesionales, sólo cinco llegarán a debutar y a consolidarse en primera división, por eso, me alegra que el Club Universidad esté retomando su sello, formar integralmente personas, primero que futbolistas, aunque en el camino es probable que se pierdan partidos y no se juegue la fase final del campeonato, pero ojalá resistan la presión que ello va a implicar.

El futbol siempre debe ser recreativo, incluso cuando se convierte en una actividad profesional, porque si pierdes el gusto o ya no te divierte, es momento de dejarlo de hacer.

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