“Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”. Theodosius Dobzhansky.

La primera vez que leí el famoso libro de Darwin “Sobre el origen de las Especies”, fue durante las vacaciones de verano entre primero y segundo de secundaria, y ya entonces me cautivó la extraordinaria facilidad de este gran naturalista para describir cada una de sus ideas. Plagado de ejemplos que ilustran a detalle cada uno de los argumentos del autor, es desde entonces mi libro favorito, sin embargo, a esa edad no entendí el fundamento filosófico de la teoría de la evolución, mismo que me quedó mucho más claro unos cinco años después, cuando gracias a mis clases de geología, empecé a comprender el poder y el alcance de las ideas darwinistas.

Sin embargo, y como suele ocurrir, la mayor lección sobre el tema no la recibí en clase, sino en un evento casual. Específicamente fue a inicios de diciembre de 1994, recuerdo ese dia como si hubiera sido ayer. Estaba en el laboratorio de paleontología de la entonces llamada ENEP Iztacala; platicaba con mi maestro de Geobiología, cuando llegó una egresada para entregar un ejemplar de su tesis, mi maestro tomó el libro recién empastado, lo abrió y comenzó a leerlo, pero súbitamente lo cerró y le dijo algo más o menos así: “Mira, mejor busca que te asignen otro revisor. Tu trabajo es bueno, pero a mi juicio, no has entendido nada“. Y después de eso, le regresó su tesis y los documentos que debía firmar.

Está por demás mencionarles que fue un momento incómodo para quienes ahí estábamos; si bien mi profe, era muy alto y robusto, de cabello largo y barba, lo que le daba cierta apariencia de ser un tipo rudo, en la cotidianeidad, era una gran persona, que invariablemente terminaba por esbozabar una sonrisa, que sabía cuando contar un chiste o citar una anécdota para hacer aun más placenteras sus clases. En palabras de Raúl Rivera Velásquez*, académico de la carrera de Biología, “… fue un buen platicador y expositor carismático, entusiasta e incansable lector, amante de la naturaleza, educador por vocación y apasionado de la música“. Y coincido, su charla era excelente, y en general, siempre fue muy amable y atento, por eso, me pareció muy extraño su cambio de actitud, pues fue muy notorio que algo en esa tesis le había molestado.

Siendo como soy, no quise quedarme con la duda, así que me atreví a preguntarle cuál había sido el error de mi compañera, a lo que él, con cierto tono hilarante me respondió con voz firme, “Son sus agradecimientos; dedica su tesis a Dios, es decir, no entendió nada“.

En ese momento no alcancé a dilucidar la fuerza de esa contundente respuesta. Al paso de los semestres, comprendí que mi maestro tenía toda la razón: un cientifico y en particular un biólogo, no debería ser creyente de ningún Dios, y no porque la ciencia sea “enemiga” de la religión, sino porque ésta se basa en la fe, es decir, en creer en algo sin necesidad de pruebas, y la biologia, como el resto de las ciencias, tiene como principio fundamental al escepticismo, pues para aceptar algo, los científicos requerimos necesariamente de pruebas convincentes.

Como bien menciona mi amigo Martín Bonfil**, “La religión ha seguido el camino del misticismo, de lo mágico y lo sobrenatural. Se basa en conocimientos revelados, recibido directamente de la divinidad, por medios que no pueden expresarse a través de la razón (el creyente sabe que sabe, aunque no sepa cómo lo sabe), la ciencia produce conocimiento sobre la naturaleza, y para ello se basa en la observación, la experimentación, la discusión y el razonamiento lógico (el científico cree saber, aunque sí sabe por qué cree lo que cree). Así, aunque las religiones pueden cambiar, su naturaleza revelada les impide progresar, en el sentido en que sí lo hace la ciencia: encontrando explicaciones nuevas y mejores que continuamente sustituyen a las antiguas. Los dogmas religiosos, en cambio, son verdades eternas que no pueden ser refutadas. Por ello una educación científica, que fomenta el escepticismo, puede chocar con la formación religiosa, que valora y promueve la fe”.

En otras palabras, existen dos maneras de interpretar la realidad, y usted puede optar por cualquiera de las dos posturas, es decir, suponer que ha sido creado por Dios, o deducir que es parte de una especie animal, producto del proceso evolutivo.

Lo que no se vale, es revolver ambas posturas, puesto que son caminos opuestos entre sí. Es como querer cavar un agujero para llegar al cielo o caminar al norte queriendo llegar al sur: el pensamiento religioso no se debe mezclar con el científico, pues la ciencia y la religión, en gran medida, son incompatibles, así de simple.

Me queda claro que fui muy afortunado de formarme con maestros tan intelegentes, y que tuve mucha suerte en vivir esa anécdota que ahora les comparto, pues muchos de mis colegas biólogos, la gran mayoría, compañeros de generación, con quienes mantengo cierta relación gracias a las redes sociales, ahora atiborran sus muros de Facebook con publicaciones religiosas.

Ser biólogo es entender el fenómeno de la vida, no sólo describirlo, es ver todo a través del prisma de la evolución. Es superar a Linneo y pensar como Darwin… En fin, como bien dijo mi maestro esa vez, creo que muchos de mis compañeros no entendieron nada.

*Homenaje póstumo a Roberto Rico: Gaceta de la FES Iztacala No. 249 del 25 de Febrero de 2005. Pág. 3

**http://www.comoves.unam.mx/numeros/ojodemosca/79

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