A diferencia de otros seres que habitan en este planeta, quizás somos la única especie consciente del tiempo.

Vivimos bajo la lógica de Newton, porque percibimos el tiempo como un ente que fluye y que se mueve en una sola dirección, y que, por eso, podemos medirlo con ayuda de un reloj.

Pero el tiempo no es así. Lo que en realidad ocurre, dijo Einstein, es que, en presencia de una masa, el espacio-tiempo se “deforma”, de modo que cualquier otra masa nota ese espacio deformado, y se ve obligada a seguir trayectorias diferentes a cuando estaba el espacio sin deformar. En otras palabras, lo que percibimos como la fuerza de gravedad, es en realidad una deformación del espacio-tiempo.

Sin embargo, como las fórmulas de Newton son más fáciles de resolver y de aplicar en la vida cotidiana, que las de Einstein, seguimos asumiendo al tiempo como un marco vacío en el que suceden las cosas, y en el que, el tiempo en sí, no tiene acción causal sobre las mismas.

Es esa misma percepción incompleta que tenemos del tiempo, la que nos estresa y nos confunde, porque el tiempo en realidad, siempre es relativo, y depende del observador y de su experiencia de vida. Es decir, cada quien percibe el paso del tiempo de distinta manera.

Justamente ahora que la comunicación simultánea nos permite vivir un hecho en el momento mismo en que está ocurriendo, no podemos evitar experimentar cierto tipo de confusión entre la información que recibimos y nuestra realidad, es decir que la inmediatez del tiempo, incluso del tiempo ajeno, nos termina por abrumar.

Siendo así, las bondades de las telecomunicaciones han venido a profundizar aún más, esa sensación permanente de que siempre nos falta tiempo. Sin embargo, el tiempo, por sí mismo, nunca es escaso, sólo lo es en relación con lo que tienes previsto hacer en ese tiempo.

Podríamos lograr mucho si, para cada cosa que nos proponemos, nos dejásemos el tiempo que sabemos qué hace falta para hacerlo. Es decir, que las cosas no deberían hacerse más rápido sólo porque tengamos prisa. Sería como pedirle a un agricultor que maduren más rápido sus cosechas sólo porque urge importarlas.

En el mundo de hoy, en el que se promueve la velocidad, la inmediatez y la agilización de las actividades diarias, con frecuencia, sólo se mide la eficiencia por la capacidad de alcanzar resultados rápidos, pero obviamente, eso implica que no siempre se alcanzan los mejores resultados.

El problema es que nos dejamos llevar por la vorágine del día a día, que se vuelve un estilo de vida que implica estados de ánimo permanentemente afectados, que nos hace ser impulsivos y tener menos tolerancia a la frustración, y con ello, a ser agresivos si no conseguimos las cosas que queremos, cuando lo deseamos y de la forma que lo imaginamos o planeamos.

No hace falta pensar mucho para concluir que, en la base de numerosos conflictos, está en la falta de paciencia, que, en términos de mecánica cuántica, es justamente la capacidad de entender la relatividad del tiempo. Así, la paciencia se debe entender como una cualidad, pues va más allá de actuar con tranquilidad y esperar sin enfadarse, es la habilidad para afrontar la vida que tiene que ver con la capacidad para identificar, controlar y expresar las emociones, con aceptar que no siempre tenemos el control ni podemos cambiar el devenir de las cosas, porque todas en sí, dependen de diversas circunstancias.

Ser paciente requiere, por encima de todo, no claudicar, no rendirnos. Si algo no ocurre tal y como nosotros deseamos, no debemos abandonar dicho propósito, porque la paciencia es también tener confianza y ver más allá de la inmediatez.

Decía Confucio que quien no tiene paciencia ante los pequeños problemas de la vida, cuando lleguen las grandes dificultades, se sentirá bloqueado, incapaz de reaccionar, o peor aún, corre el riesgo de sobre reaccionar.

Ahora mismo y dada mi condición de salud, he descubierto que ser paciente es un gran recurso para afrontar mi recuperación, y que estar postrado en cama, por ahora, es el mayor lujo que me puedo dar, después de todo, por ahora, soy el máximo soberano de mi propio tiempo.

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