De niño, recuerdo que muchas veces quise hacer cosas que me llamaban la atención pero para las cuales, nunca me dieron permiso, entre ellas, siempre quise salir a jugar futbol en la calle, pero mi madre, invariablemente dijo que no. Aunque yo hiciera lo que me mandaran, fuera bien en la escuela o me portara bien, sin más razón de por medio, mi madre siempre se negó. Durante la adolescencia, digamos entre la secundaria y la preparatoria, empezó el interés por ir a las fiestas, pero al igual que con las cascaritas callejeras, mi madre y mi padre, siempre dijeron que no, y su mayor razón de peso era tan simple como contundente: ¡Porque lo digo yo!

Hace algunos meses, se hizo viral en las redes sociales un video que satirizaba la técnica de una madre para disciplinar a sus hijas. En él, la “Dra. Jennifer Espinosa”, le pregunta a la audiencia, “¿Por qué será que los niños latinos son tan bien portados? el secreto es la cultura hispana, que enfatiza el buen comportamiento, límites y respeto a los padres”, y, a continuación, una mamá lanzaba su “chancla” a la cara de sus hijas cada vez que era necesario disciplinarlas. Más allá de lo debatible que puede ser el tema del castigo corporal a los hijos, queda claro que los “chanclazos” funcionaban, y la razón es simple, la disciplina no es otra cosa que establecer límites y respetar la autoridad, y así, ya sean gritos con contestaciones tajantes o “chanclazos”, sirven para proteger a los hijos, y de ahí, otra frase célebre de mi madre cuando llegó a darme alguna nalgada: “Me duele más a mí, pero lo hago por tu bien”.

Hace años leí el libro de Vidal Schmill sobre “Disciplina Inteligente”, y si bien coincido con todo lo que menciona este autor, en particular con el manejo de los valores como punto de soporte para establecer una relación armónica entre padres e hijos, sigo pensando que un buen “chanclazo” o un “¡Porque soy tu madre!”, nunca están de más.

Hace una semana leí una nota sobre la intervención que hizo la maestra Eva Romero ante el consejo académico de la escuela secundaria de Sevilla, España donde ella trabaja. En su discurso, la docente se dice “harta” de su trabajo, y no porque le moleste dar clases (algo que en los hechos, se nota que le apasiona y que se aprecia que lo hace de manera muy profesional), sino porque siente que cada día más, su labor es menospreciada por la sociedad, que paradójicamente le exige más a ella, pero menos a sus alumnos, que la deja sin elementos de control. En su arenga, la maestra argumenta “Yo no estoy aquí para aguantar”, y aclara que está utilizando las mismas palabras que un padre le dijo por teléfono, cuando ella lo llamó para que corrigiera la actitud de su hija.

¿Qué necesidad hay de que una maestra tenga que hablarle a un papá para pedirle que corrija a su hija? En lugar de exigirle que “aguantara” a su engendro, ese papá debió haber ofrecido una disculpa a la maestra, porque si su hija es una maleducada e irrespetuosa, lo es justamente porque sus padres se lo permiten.

Mi colega española, tiene toda la razón. Es cada vez más el trabajo administrativo que se les pide a los maestros de educación básica, en particular a quienes trabajan en las secundarias. Aquí en México, la Reforma Educativa ha sido el pretexto idóneo para exprimir más al docente, quien además de sus planes de clase o sus evaluaciones, ahora tiene que llenar fichas de desempeño de cada uno de sus estudiantes, con un formato que se parece más a un expediente de consulta psicológica que a una boleta, y así, aunque el chamaco sea un irreverente, un malcriado y a todas luces, un desobligado con sus deberes, vaya, aunque sistemáticamente sea incumplido o se ausente del colegio, al maestro más le vale no reprobarlo, porque entonces, a su larga lista de obligaciones administrativas, y a la preparación de sus clases, corrección de tareas y de exámenes, se le suma elaborar un expediente que pomposamente llaman “portafolio de evidencias”, para que justifique cada una de sus intervenciones frente a grupo, lo que incluye, por absurdo que parezca, la manera en que motiva a sus alumnos para que éstos hagan sus deberes en casa.

El pasado miércoles 18 de enero, todo el mundo se alarmó porque en un colegio particular de Monterrey, México, un trastornado niño de 15 años, baleó a su maestra y a algunos de sus compañeros de clase, para después, recargar el arma y dispararse en la barbilla para suicidarse. La pistola, una calibre 22, pertenece a su papá, un tipo aficionado a la cacería, que seguramente jamás se perdonará haber enseñado ese hobby a su hijo, quien por cierto, un día antes, avisó a sus compañeros que llevaría el arma, sin embargo, nadie lo creyó capaz.

Con este tipo de lacras tienen que lidiar los profesores de secundaria, y además, no les pueden llamar la atención, no les pueden gritar, no los pueden reprobar, no los pueden corregir. Y no, la solución no está en revisar mochilas antes de entrar a las escuelas, pues eso, se diga lo que se diga, es un acto violatorio de las garantías de los niños, es una intromisión a su derecho a la intimidad, es una acción que si acaso, deberían hacer los padres, y por supuesto, antes de salir de sus casas. Si lo vemos como algo normal, al rato nos van a querer revisar nuestras pertenencias y a nosotros mismos cada vez que entremos en un lugar público, y eso, es una forma de perder nuestra libertad.

La escuela es un espacio para brindar conocimiento y facilitar el aprendizaje. La escuela es un complemento a la educación que el hijo recibe en casa, y es ahí, en casa, donde deben ponerse límites, donde debe haber consecuencias, donde a veces, un buen “chanclazo” o una nalgada, hubieran evitado una tragedia como la que ocurrió en el colegio de Monterrey, y que esperemos, nunca se repita en ninguna escuela del mundo, porque ojalá, nunca jamás un padre enseñe a su hijo a matar animales por diversión, o le permita ser insensible a la violencia.

Hace un par de meses, en este mismo espacio publiqué un ensayo sobre la banalización de la violencia, y entonces, recibí varias críticas a mi punto de vista. A la luz de los hechos, queda claro que la educación, al menos la que determina el comportamiento, no se da en la escuela, sino que se replica de lo que se ve en casa, y que un niño violento lo es, porque vive en un entorno violento.

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