“Robar es malo, disfrazarlo de revolución es perverso, creerlo es enfermizo, pero apoyarlo es patético”

Mañana regreso a mis actividades cotidianas. Será el quinto día de protestas contra el gasolinazo. La universidad donde trabajo está en Nicolás Romero, un Municipio del Estado de México, donde se registró el primer saqueo a un almacén, en este caso, el supermercado de autoservicio Chedraui, mismo que ocurrió el pasado martes 3 de enero alrededor de las 18:45 horas, luego de que personas aun no identificadas, convocaron en redes sociales a realizar una supuesta protesta contra las dos gasolineras aledañas a la tienda de autoservicios, con la promesa de regalar gasolina. En consecuencia, y debido a estos deleznables actos de terror, al día siguiente, casi el 90% de los negocios de esta zona se mantuvieron cerrados. Hechos como el anterior, pero sobre todo, los rumores, han inundado las redes sociales y los teléfonos celulares, generado una psicosis colectiva que por ahora, se manifiesta con cientos de mensajes de mis estudiantes que temen regresar a su escuela.

En su libro “La paradoja de la globalización. Democracia y el futuro de la economía mundial”, Dani Rodrik (2012), un economista cuya lectura francamente recomiendo, analiza el problema actual del conflicto entre un mundo económicamente cada vez más abierto e interdependiente, y una capacidad de gobernanza interna cada vez menor. En ese texto, Rodrik combina el relato histórico con astutas observaciones donde cuestiona la creencia de que el avance de la globalización sea inevitable —e inevitablemente positivo— y argumenta que la globalización, como fenómeno económico, va acompañada necesariamente de tensiones muy graves a nivel social.

Si bien, es muy probable que por factores tecnológicos (abaratamiento de las comunicaciones y de la capacidad de procesamiento de información), concatenados a la homogenización de la educación, la unificación y extensión mundial de las normas contables que permiten comparaciones entre empresas en distintas partes del mundo, el libre movimiento de capitales y la reducción de las barreras arancelarias, la globalización de la economía mundial sea ya un fenómeno imparable, eso no implica que México se deje arrastrar sin oponer resistencia según le convenga.

Con la llegada de un personaje como Donald Trump, las reglas del juego han cambiado. Trump nos escogió como su chivo expiatorio, y nos ha usado como piñata en posada para amalgamar su oferta política que se basa en la idea populista de expandir la demanda doméstica y en cerrar su economía, en particular, les ha hecho creer a sus electores que la solución empieza con la construcción de un gran muro y reforzando la vigilancia de su frontera sur, y claro está, limitando sus nexos comerciales con nuestro país.

En algún sentido, lo que está ocurriendo en nuestro país es como un adelanto de las consecuencias negativas que Dani Rodrik vaticinaba como parte del incremento del endeudamiento de las finanzas públicas de un país. Si bien, no hay un porcentaje mágico a partir del cual, pueda afirmarse que la deuda de un país se vuelve inmanejable, cualquiera puede entender que nadie puede pretender gastar más de lo que puede pagar, y en México, nuestros gobiernos han creído que pueden sobrepasar esta lógica sin consecuencias, y eso, creo yo, ha sido su mayor error.

Debido al sostenimiento de estas mentiras, la crisis económica se agudiza. De acuerdo con los datos de la Confederación de Cámaras Industriales Mexicanos (CONCAMIN), la producción industrial ha retrocedido 1.7 por ciento con respecto a 2015, mientras sus costos de producción se han incrementado 25.1 por ciento para las industrias metálicas básicas; 16.4 para la fabricación de productos derivados del petróleo y del carbón; 15.9 en equipo de computación, y así sucesivamente. Si Trump protege a los monopolios estadunidenses, ¿quién protege a la industria mexicana?

Hay que tener en claro que cuando se discute si el nivel de deuda pública es tan alto como para ser problemático, en realidad estamos hablando de la capacidad fiscal de un país para pagar su deuda contraída, estamos hablando de la capacidad de sostener niveles de presión tributaria lo suficientemente alta como para justificar el nivel de pago de esa deuda, y en México, históricamente, habían sido los ingresos petroleros nuestra mejor fuente de financiamiento, pero ahora que han perdido gran parte de su valor, estamos empezando a vivir en la zozobra de no saber de dónde tomar recursos para sobrellevar nuestras finanzas públicas, o en realidad, para seguir subsidiando los excesos de la alta burocracia que nos gobierna.

El alza a la gasolina es el corolario de la desastrosa reforma energética que permite a empresas extranjeras tener control total para la explotación en aguas profundas y de una política equivocada que desmanteló las refinerías, renunció a la petroquímica y permitió la “ordeña” de los recursos. Con el mismo sentido depredador con que Peña Nieto transforma los parques nacionales en “áreas protegidas” en las que se puede invertir comercialmente, los hidrocarburos se han sometido a los caprichos del corto plazo, y eso es sólo el inicio de un problema mayor, pues esta depredación sin escrúpulos de nuestros recursos naturales, terminará por pasar una cuantiosa factura ambiental para las nuevas generaciones.

Es evidente que la economía mexicana acentúa su desaceleración y los indicadores del último trimestre del 2016 fueron coincidentes en el sentido de un freno creciente del PBI del país. El freno de la economía mexicana revela que estamos ante el umbral de la que puede ser la peor crisis de nuestra historia reciente, consecuencia de un modelo neoliberal que rápidamente ha agotado su vigor y que, en los hechos, demuestra que es socialmente el más injusto de la historia, donde los más pobres son los primeros en perder el trabajo y los últimos en recuperarlos, porque tienen menores credenciales educativas.

Los problemas de inequidad en la distribución de las oportunidades hacen que estemos generando un problema para sostener las tasas de crecimiento natural a largo plazo, en razón de los problemas que sufren los más pobres en el acceso, la retención y la calidad del sistema educativo, por eso, si no hay un salto extraordinario de inversión, productividad y calificación de la fuerza de trabajo en un plazo históricamente breve, digamos en lo que resta de este sexenio, el estancamiento económico existente amenaza con transformarse en una “nueva normalidad”, que, al trasladarse el eje del proceso de acumulación global a los países emergentes, se convierte en sinónimo de decadencia social, pues a pesar de todo el avance de la integración de los mercados, México se construye su propia realidad a partir de su densidad nacional, de su capacidad de integrar e incluir a los diferentes sectores de su sociedad, de generar una relación dinámica entre lo público y lo privado, de consolidar sus instituciones, de asignar recursos a la educación, a la ciencia, a la tecnología, a la transformación productiva, a la integración territorial.

El problema es el corto y mediano plazo, cargado de incertidumbre. Por eso, debemos apostar al consumo en el ámbito doméstico, y ya no a ser una economía manufacturera que ha caído a su menor nivel en tres años, o acaso ¿vamos a esperar que más empresas hagan lo mismo que ayer anunció Ford?

En síntesis, más allá de lo que he planteado, no podemos seguir con un esquema tributario donde el objetivo de suficiencia sea el primordial. Nuestros gobernantes no pueden pensar que pueden gastar y después estar viendo como recaudan al costo que sea, porque ese costo es lo que hoy se ha materializado en el incremento del precio de los combustibles. Tenemos que avanzar en que en el sistema tributario donde empiecen a tener mayor preponderancia el objetivo de eficiencia y el objetivo de equidad, que también juegan, o al menos deberían jugar, un rol importante.

Sin embargo, todo esto no se puede simplemente copiar de otros países, no se puede importar, esto lo hacemos o no lo hacemos. Los únicos países exitosos son aquellos que están en el comando de su propia realidad, que tienen el deseo para desplegar su potencial profundamente integrado al sistema internacional.

Yo digo que tenemos que abandonar aquello que nos costó tanto tiempo en el pasado, de suponer que el futuro dependía de la adhesión económica a los Estados Unidos, que entendamos que más allá de lo que nos digan, somos apenas un segmento del mercado mundial, que en una época tuvimos que seguir a los españoles, y después a los norteamericanos, y eventualmente mañana a los chinos, para finalmente reconocer que la fuerza de nuestra economía está dentro de los propios factores del país: que tenemos que vivir con lo nuestro, integrados al mundo pero desplegando nuestro potencial, aprovechando las oportunidades que se nos ofrecen en el escenario latinoamericano, fortaleciendo nuestra democracia, nuestra capacidad de construir un proyecto común, inclusivo, transformador, capaz de darles bienestar a nuestra gente, a la altura del potencial del país que somos.

Donald Trump demuestra en sus discursos que el libre mercado sólo existe para los países subdesarrollados, como México; que los países desarrollados siempre han protegido sus monopolios, por eso, deberíamos empezar por reducir el gasto público porque claramente es inviable. La reforma tributaria puede ser financiable, siendo así, hagámosla en etapas de modo tal que vayamos modificando gradualmente esa estructura tributaria tan distorsiva e injusta, que condona miles de millones a los grandes empresarios, pero que asfixia a los pequeños contribuyentes.

Uno de los problemas de nuestra economía, es que el comercio exterior está basado exclusivamente en productos de bajo valor agregado y con alta volatilidad, y esa alta volatilidad se está transmitiendo al bolsillo del mexicano de a pie, que cada día ve que se reduce su poder adquisitivo. En otras palabras, México exporta maíz o petróleo, Estados Unidos nos lo regresa en forma de Corn Flakes y en litros de Gasolina.

Volviendo a Rodrik y a su análisis respecto de los países exitosos en el mundo, la referencia a los tigres asiáticos es inevitable. Esos países han podido mantener estrategias de inserción internacional a largo plazo, y sólidas, en base a un boom de productividad que se volcó en la estructura de sus productos de exportación con alto valor agregado, y el motor de todo ello, ha sido que apostaron por formar científicos e ingenieros de gran nivel, con un sistema educativo rígido y sin concesiones, donde sólo alcanza un título universitario quien demuestra haber hecho los méritos y no todo aquel que se matricula. A México le deja más un ingeniero como Mario Molina, que un millón de ingenieros chafas que no dominan ni las matemáticas más elementales, ¿me explico?

El mundo tiene sus reglas y, en definitiva, son las grandes potencias las que van a tomar decisiones de mayor trascendencia, por ahora, eso no lo vamos a poder evitar, pero si no tenemos capacidad de cambiar el mundo, al menos debemos tener la capacidad decisiva para determinar cómo estamos en él, y cómo podemos estar bien o estar mal, y en nuestra propia experiencia hemos demostrado que pudimos estar muy mal, y con hechos como los ocurridos en las últimas horas, estamos demostrando que podemos estar peor, y podemos llegar incluso a una guerra civil, en la medida en que nos sumemos a esta inercia destructiva que sólo afecta a quienes menos tienen.

La economía mexicana está en crisis, no le demos más vueltas, y es consecuencia de que tenemos una perspectiva cortoplacista en la toma de decisiones políticas. No se trata sólo de estimular la inversión en máquinas o en tecnología para las fábricas, sino también de dar oportunidad de vivienda digna y educación de calidad para impulsar la movilidad social.

En síntesis, los mexicanos estamos perdiendo nuestra capacidad de maniobra, lo que nos reduce la posibilidad de protegernos frente a la crisis y a la ingobernabilidad. En otras palabras, lo que estamos viviendo, son sólo las primeras consecuencias de las malas decisiones tecnocráticas tomadas desde las más altas cúpulas del poder político mexicano. Y no me refiero sólo a las malas decisiones en materia económica, sino también en materia de educación, pues toda esa gente que hace actos de rapiña y vandalismo, que vemos que saquea los almacenes o que roba la gasolina, lo hace porque ha crecido en un modelo educativo donde no hay consecuencias, donde puedes no hacer nada y aun así eres promovido. La escuela se ha convertido en un espacio donde se aprende y se perfecciona la impunidad, que a nadie parece importarle, claro, hasta que les afecta en sus bienes o en sus intereses.

Es gente sin principios ni valores, gente que seguramente pasó por un aula, pero que no alcanzó a desarrollar sus valores, los cuales, al parecer, tampoco le inculcaron en casa. La gente que roba y saquea no lo hace por necesidad ni por hambre, ni como forma de protesta, porque no roban comida, las imágenes son claras, la gente salía con electrodomésticos, pantallas, colchones y todo tipo de artículos y corrían por las calles. Son rateros, son malvivientes, son lo peor.

Al finales de los años setenta, México, era el cuarto productor mundial de petróleo gracias al descubrimiento de los grandes yacimientos de hidrocarburos en el Golfo de México, como Cantarell y Ku-Maloob-Zaap. El entonces presidente José López Portillo, anunció que se administraría esa abundancia. Lo que en realidad sucedió fue que las ganancias petroleras se transformaron en asquerosos actos de corrupción y rapiña de la alta burocracia y de la cúpula sindical de PEMEX, y como en 1981, los precios del petróleo cayeron drásticamente, rápidamente inició la debacle económica del país, derrumbando el sueño de López Portillo.

Parece que ni los asesores del presidente Peña Nieto, ni él mismo, se han dado cuenta del error de no saber historia. Hoy, México apenas cuenta con combustibles para abastecer la demanda de los siguientes cinco días y se repite el acto público de un primer mandatario que nos pide perdón, así igualito a como lo hizo López Portillo, quien hace más de 40 años, en su último informe de gobierno dijo: “A los desposeídos y marginados, a los que hace seis años les pedí un perdón que he venido arrastrando como responsabilidad personal”, tras de lo cual, soltó unas lágrimas -de cocodrilo diría yo- que como hoy, no remediaron nada.

Quizás la historia sea un fenómeno cíclico, pues ahora, todo apunta a que México, si aspira a resurgir de este embrollo econónico, deberá alejarse del libre mercado del modelo neoliberal y retomar el desarrollo estabilizador de mediados del siglo pasado, que se caracterizó por un veloz crecimiento económico con estabilidad de precios. Esa propuesta económica, iniciada en el sexenio del presidente López Mateos y consolidada por Díaz Ordaz, se sustentó en fomentar el establecimiento de industrias nuevas y necesarias que sustituyeran importaciones, con el propósito de alentar la inversión, crear empleos, elevar el ingreso nacional y la demanda agregada, y suscitar un efecto multiplicador. La táctica consistía en proteger a las empresas locales por medio de aranceles y de sujetar la importación a un permiso previo, así, igualito a como ahora lo propone el gobierno de Trump. El Estado construía obras de infraestructura y otorgaba estímulos fiscales, crédito preferencial, subsidios, dotación de tierras y productos básicos a precios subsidiados. Las ventas estaban aseguradas porque los clientes estaban cautivos y garantizaban alta rentabilidad, lo que estimulaba la inversión privada e impulsó el desarrollo económico por más de diez años. Con ese clima de estabilidad monetaria, gracias a que el gobierno actuaba con austeridad y disciplina presupuestaria, se pudieron hacer muchas de las grandes obras de infraestructura que aun tiene el país.

Estamos en un momento crítico de la historia reciente de México, en el cual los mexicanos debemos elegir cuál será nuestro futuro. Para seguir adelante, es necesario remarcar que las políticas más exitosas de desarrollo son aquellas armadas alrededor de metas consensuadas, por eso, debemos reconocer que, en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola nación y una sola comunidad con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz.

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