“Todos somos ateos respecto a la mayoría de dioses en los que la Humanidad ha creído alguna vez. Algunos simplemente vamos un dios más allá”. Richard Dawkins

Crecí en la histórica colonia Popotla, un barrio popular del norponiente de la Ciudad de México, donde los recursos económicos siempre fueron muy limitados, y por ello, mi educación formal fue sólo en escuelas públicas, sin embargo, eso no me dejó exento de recibir clases formales de religión, como las que se dan en los colegios católicos más conservadores.

Sin embargo, la instrucción religiosa que tuve, no parece haber tenido mucho impacto en mi manera de pensar, pues actualmente, y como lo explico en otra nota de este mismo blog, me considero ateo.

Quienes nacimos en el contexto de una familia católica mexicana, somos bautizados sin tener conciencia de lo que eso significa, pues nuestros padres tienen la noble expectativa de que perpetuemos sus tradiciones religiosas, que por supuesto, incluyen ir completando los sacramentos de esta fe a lo largo de nuestra vida: bautismo, primera comunión, confirmación y matrimonio.

Además de ir a misa, en mi casa, como en muchos hogares católicos mexicanos, era común bendecir los alimentos antes de comer, rezarle al angelito de la guarda antes de dormir, recibir la bendición antes de salir, o santiguarse al pasar frente a una iglesia o toparse con un altar callejero.

A lo largo de la historia de México, la Iglesia católica, ha sido la religión dominante, y por ello, también ha tenido un destacado papel en la formación de una identidad mexicana propia, por eso, para los mexicanos, o al menos para quienes se asumen como católicos, todo, o casi todo, se atribuye a Dios, pues todo es “gracias a Dios”, todo ocurrirá “primero Dios”, todo es posible y por eso se dice “Dios mediante”, todo ha sido “porque Dios así lo quiso”, o todo será “Si Dios quiere”.

Es común que la gente identifique su pertenencia a la fe católica, portando un crucifijo o alguna medallita con la virgen o algún santo colgada en el cuello, y hay quienes hasta se han tatuado imágenes religiosas en su cuerpo.

En las casas mexicanas, es frecuente que existan varias imágenes religiosas como parte de la decoración: un cuadro de la Virgen de Guadalupe, un Sagrado Corazón de Jesús, una réplica de la última cena en el comedor, y no fallan los altares con veladoras y varias imágenes de algunos de los santos más socorridos, especialmente la San Judas Tadeo, y no pocas recámaras tienen la imagen de la cruz cristiana, incluso con un Cristo agonizante arriba de las cabeceras de sus camas, o a la entrada, o en un nicho creado exprofeso para que destaque dentro o fuera de la vivienda.

Com ya lo mencioné, soy parte de esa tradición. Nací y crecí en el contexto de una familia católica, apostólica y romana (por aquello de que reconocen la autoridad del obispo de Roma, el Papa). Por ello, desde muy pequeño, me mandaron a clases de catecismo, que no son muy diferentes a las de la escuela, donde una maestra, la catequista, me “preparó” para hacer mi “primera comunión”.

Recuerdo el catecismo sabatino donde nos platicaban pasajes de la Biblia, como la historia de la creación, el nacimiento del niño Jesús, el arca de Noé, la gran cabellera fuente de la mítica fortaleza de Sansón, la travesía del pueblo judío liderado por Moisés, quien además, recibió varias revelaciones directamente de Dios, con las que dio forma a la religión monoteísta fundada por Abraham y un conjunto de leyes que incluían los diez mandamientos de orden moral y religioso, mismos que junto con los pecados capitales y los sacramentos, tenías que memorizar. Además, te explicaban la diferencia entre el cielo y el infierno, y por supuesto, entre los ángeles y los demonios.

Sin duda, mi primera comunión fue un evento que marcó un antes y un después en mi vida, y no por el hecho religioso en sí, pues al menos en mi caso, a los escasos nueve años de edad que tenía, no alcancé a comprender la trascendencia espiritual, sin embargo, como incluyó la primera gran fiesta formal en mi honor y un padrino (que desde ese momento, se hizo compadre de mis papás), quien me llevó al mercado de La Lagunilla para comprarme un atuendo especial, pulcramente blanco, no precisamente un traje, pero que incluyó mi primera corbata, claro, para poder asistir a la ceremonia religiosa “como Dios manda”.

Recuerdo que fue una misa comunitaria a la que asistí junto con mi hermana mayor, a quien sus padrinos le compraron un vestido como el que usan las novias que se casan en las iglesias, y que se parece al que lucen las princesas de Disney, y por supuesto, se organizó un buen huateque con tamales y pollito con mole.

Quizás por esa similitud con el modelo escolar, llegué a creer que lo que me enseñaban en el catecismo, era tan cierto como que la Tierra gira alrededor del Sol, o que Benito Juárez había sido Presidente de México, sin embargo, al paso de los años, comencé a dudar sobre la veracidad dogmática de los versículos de la Biblia.

El caso es que mis dudas, prácticamente se mantuvieron intactas incluso en las clases de la “Escuela de Pastoral”, que en mi caso, fue como el posgrado al que me integré después de hacer mi primera comunión.

Es importante recalcar que además de mis clases de religión, y de que empiezas a crecer asociando las fiestas a los sacramentos, me volví especialmente afecto a ver películas basadas en la Biblia, como “Ben Hur” (1959), “Los Diez Mandamientos” (1956) o “Pedro y Pablo” (1981), pero sin lugar a dudas, mi favorita en este género, fue la extraordinariamente bien lograda miniserie titulada “Jesús de Nazaret” de Franco Zeffirelli (1977), que aun siguen transmitiendo cada Semana Santa.

Ya en la secundaria y hasta inicios de la licenciatura, formé parte de varios grupos de jóvenes, que además de cantar en las misas, organizábamos retiros espirituales y actividades de caridad. Sin embargo, fue justo en esa época que empecé a convencerme de algo que, hasta la fecha, forma parte de mis mayores convicciones: la Biblia, no es un libro que debería interpretarse de manera literal, sino como un compendio de relatos, epopeyas, leyendas y metáforas, que llevan implícita una fuerte dosis de instrucción moral.

Oficialmente dejé de considerarme un hombre de fe, desde hace como veinte años, justamente cuando descubrí en el pensamiento científico una manera más lógica, pero, sobre todo, más hermosa de entender y de afrontar la realidad.

Sí, gracias a Dios, soy ateo.