Durante una charla informal antes de la última reunión de trabajo del 2016, estaba con mis compañeros platicando de diversos temas, entre los cuales, surgió el debate acerca de la conveniencia de que sus hijos estudien en escuelas privadas. Yo les comenté que, si fuera mi decisión, yo optaría por enviar a mis hijos a una escuela pública, pues salvo el inglés, y la obviedad a largo plazo de las relaciones interpersonales entre los estudiantes, me parece que, en la actualidad, el nivel académico de las escuelas públicas, en general, no está tan alejado del que, por ahora, ofrecen la mayoría de las escuelas privadas del país.

Enclavadas en un sistema impuesto por el Estado, la educación privada o particular mexicana, abarca un conjunto heterogéneo de escuelas, que, comparadas con el total nacional, nunca ha atendido a más del 10% de la matrícula, lo cual es obvio, pues el pago que implican sus servicios, las hace restrictivas para la mayoría de los mexicanos.

Por sus propias características, las escuelas particulares están dirigidas a los sectores económicos más privilegiados del país, lo que les ha permitido desarrollar métodos educativos autónomos, en ocasiones comunes a un grupo de ellas, en otras enteramente propios, pero quizás, una de sus grandes diferencias, ha sido la posibilidad de poder desempeñarse con cierta autonomía en sus principios, valores, métodos y funcionamiento, sobre todo en cuanto a la enseñanza del idioma inglés y la facilidad para utilizar las TIC’s, y en muchos casos, para impartir principios religiosos.

En el imaginario de los padres de familia, se cree que los colegios privados son en general, de mejor calidad educativa que las escuelas públicas, pues suponen que tienen mayor flexibilidad académica, lo que les daría mayor autonomía en el diseño de los currículos y la asignación de los recursos, sin embargo, pocos saben que están sometidos a las mismas exigencias burocráticas de las escuelas públicas, es decir, que operan en la base de los mismos programas educativos, y con las mismas restricciones normativas para establecer criterios de aprobación y de reprobación, y que muchas veces, la dualidad de ser alumno y al mismo tiempo el cliente que paga por el servicio educativo, hace que la presión para no reprobar alumnos flojos, sea aún mayor para los docentes de las escuelas privadas, en comparación con los maestros de las escuelas públicas.

También hay familias mexicanas que piensan que, por tener mayores recursos financieros, los centros educativos particulares se pueden permitir el lujo de atraer y reclutar a los mejores profesores, lo cual, no siempre es cierto, pues la mayoría de los maestros de escuelas privadas, en general, ganan menos por hora, y tienen menos prestaciones que sus pares de escuelas públicas; por ello, la única garantía que en este sentido puede ofrecer un colegio privado, es que su plantilla docente al menos cumple con el perfil formativo que exige cada asignatura, es decir, que el maestro de cada materia no es alguien con estudios truncos o que, como a veces pasa en las escuelas públicas, algún maestro esté asignado a materias que no domina sólo  para completar su paquete mínimo de horas basificadas.

En otras palabras, yo sólo veo dos grandes ventajas que hacen la diferencia al egreso entre quienes estudian en escuelas públicas y quienes asisten a las escuelas particulares, y que más que otras, explican las mejores tasas de colocación de sus egresados en el mercado laboral. La primera de ellas, es que, con las consecuentes ventajas materiales de las que disponen, en su mayoría, quienes estudian en colegios privados, egresan siendo bilingües y nativos de la tecnología, es decir, salen hablando inglés y manejando la computadora; la segunda, para mí, la más importante, es que gracias a cierta heterogeneidad de sus estudiantes en el contexto socioeconómico, se establecen relaciones interpersonales, amistades y hasta lazos familiares, que obviamente influyen en las recomendaciones para que hijos, amigos o familiares puedan ocupar puestos de trabajo de mejor nivel que quienes estudian en escuelas públicas.

Otro detalle, no menos importante que los descritos en el párrafo anterior, es que los estudiantes de escuelas particulares tienen, por lo general, mayor roce social y viajan más, que quienes fuimos sólo a escuelas públicas, por lo que al egresar, sumado al mejor manejo del idioma inglés, facilita la adaptación de estos estudiantes a las exigencias de un mercado laboral globaizado.

Sin embargo, los últimos resultados de la prueba PISA (Programme for Internacional Student Assesment) que aplica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), han dejado muy claro que mi percepción acerca de la calidad en general de las escuelas particulares, no está tan alejada de la realidad, pues al parecer, el nivel educativo del hijo de un obrero inglés que asiste a una escuela pública de un contexto urbano en Gran Bretaña, es muchísimo mejor que el del hijo de un acaudalado empresario o del alto funcionario mexicano que asiste a los mejores colegios privados del país, los cuales, como ya mencioné, operan bajo la misma normatividad oficial, y al igual que en escuelas públicas, con una enorme mayoría de maestros sin vocación ni capacidad para ejercer la docencia, y que por eso, terminan por alcanzar los mismos resultados académicos que las escuelas públicas.

El asunto es la dramática situación que indica que en promedio, 55 por ciento de los estudiantes escolarizados en escuelas privadas, a los 15 años, no hacen bien las operaciones aritméticas básicas, y que el 42 por ciento no entienden lo que leen. Esto nos habla de que, también en los colegios particulares mexicanos, en general, persiste el mismo sistema simulador e ineficiente que predomina en las escuelas públicas, donde acredita y se promueve no sólo el que demuestra tener la capacidad y ha hecho los méritos académicos suficientes, sino también, a todo aquel incompetente que ha cubierto sus colegiaturas.

En mi experiencia como docente de escuelas particulares y públicas, los anteriormente mencionados resultados de PISA, ratifican tres cosas que yo ya había percibido: primero, que los estudiantes de las escuelas públicas que están inmersos en un contexto socioeconómico y cultural similar al de los alumnos de los colegios privados, suelen tener un rendimiento igual de bueno que sus pares de escuelas privadas; segundo, que la calidad de la educación nunca será mejor que la calidad de los profesores que la imparten; y tercero, que no basta con matricular alumnos en la escuela  y mantenerlos ahí por muchos años, pues lo que realmente importa, es lo que hagan dentro de ella.

Así que si usted, estimado lector, tiene que decidir, y en sus posibilidades está la oportunidad de optar por una escuela privada, le recomiendo que no se vaya con la finta de la publicidad hueca, donde muchas escuelas se vanaglorian porque no dejan tarea, o porque ninguno de sus estudiantes reprueba, o porque son formadoras de líderes, y otras excentricidades como esa.  La calidad de la educación no depende de la calidad de las instalaciones de un colegio, sino de la calidad de sus maestros. Después de todo, los alumnos no egresan con un pedazo físico de las instalaciones que ocupan, así que yo le recomiendo que antes de elegir a una escuela por su “prestigio” o por sus majestuosas instalaciones, considere analizar los puntos finos de su desempeño cotidiano.

Elija aquella escuela donde no les tiemble la mano para reprobar a su hijo cuando sea flojo, donde lo castiguen y lo regañen cuando infrinja las normas, donde lo obliguen a mantener limpio y ordenado, donde le nieguen la entrada por llegar tarde, donde lo dejen sin hacer la práctica por no traer su material o por olvidar su bata, donde le pidan que se vista y hable bien.

Más allá de persuadirlo con sus instalaciones, a los padres de familia debería de convencerlos el ambiente de trabajo y la capacidad de una escuela particular por fomentar en sus estudiantes una cultura del esfuerzo y el trabajo.

A veces, y me consta, hay escuelas particulares que no lucen tan majestuosas por fuera, pero que, a través de sus maestros y sus directivos, hacen cosas realmente maravillosas, y eso, no siempre está ligado al poder adquisitivo de las familias de cada uno de sus alumnos.