Por lo general, diciembre siempre me ha parecido un mes caótico y estresante. Entre los fríos de la mañana y el sol quemante del medio día, irremediablemente termino padeciendo de gripa. A eso, hay que sumarle que, a consecuencia de los desayunos y las comidas con motivo del cierre del año, desde muy temprano la gente se desquicia y sobretodo se vuelve más histérica que de costumbre. En esas tertulias donde abundan los abrazos hipócritas y los intercambios chafas, también suele haber brindis, por lo que es común que la gente salga un poco más envalentonada que de costumbre, y por ello, demuestran su espíritu navideño, aventándote el coche y mentándote la madre, mientras se apresuran por hacer sus compras de pánico. Si a ese cóctel de histeria colectiva y agresividad, le agregamos que ahora, tanto los peatones como quienes van al volante, se la pasan distraídos con su smartphone, entonces el escenario se convierte en un cuadro surrealista que ni al mismo Dalí se le hubiera ocurrido.

Comparto esto con ustedes, mis queridos seguidores, porque justamente el pasado jueves de esta semana que termina, ha sido emblemáticamente complicado para mí, y por causas que a continuación les platico, será inolvidable y tristemente significativo por el resto de mi vida.

Resulta que después de un día particularmente complejo donde tuve, desde encuentros con empresarios hasta reuniones de trabajo en Metepec, terminé mi jornada a eso de las seis de la tarde, cuando estaba planeado que recogiera a dos amigas maestras de una secundaria particular, quienes salían de la tradicional pastorela que en esta ocasión, se escenificó en el teatro de una preparatoria que facilitó sus modernas instalaciones, ubicadas en los rumbos de Santa Mónica, en Tlalnepantla, Estado de México, casi en la esquina del periférico norte, a la altura del recientemente remodelado centro comercial Mundo E®.

Con una lluvia inesperada, y un tráfico decembrino acrecentado por un choque entre tres camionetas una cuadra antes, logré llegar por mis amigas a eso de las seis y media de la tarde. Con la idea de tomar rumbo hacia Ciudad Satélite, empecé a abrirme paso entre los coches, cuando inesperadamente, empezó a hacerse una enorme fila de autos en los tres carriles de la lateral del periférico; en este lapso de tiempo, que se alargó por casi diez minutos, escuché que, como parte del guion de la pastorela, había una escena donde los diablitos secuestraban al angelito, mientras torturaban a otro, atado a una silla, con el único objetivo de conocer dónde iba a nacer el niño Jesús. Algo que de por sí, ya suena bizarro, es aún más lamentable sabiendo que dichas escenas fueron motivo de risas y aplausos por parte de la concurrencia, es decir, de los familiares de los niños convertidos en actores. En ese momento, coincidimos que era muy triste que ya viéramos como algo normal y hasta como motivo de risa, que unos niños de secundaria actuaran un secuestro y fingieran torturar a su víctima. No podemos culparlos del todo, pues, de hecho, los niños, quienes por lo que entendí, también escriben el libreto de la pastorela, sólo toman los puntos de referencia de la realidad que forma parte de su entorno cotidiano, donde el secuestro y la tortura, son parte no sólo de las noticias, sino de las historias que ellos ven en televisión o que practican como parte de la oferta que les ofrecen sus consolas de videojuegos.

Después de casi diez minutos de intenso tráfico, que sólo sirvieron para avanzar unos cuantos metros, empezamos a recibir el reflejo de las luces de la torreta de una patrulla, y un oficial que hacía el corte a la circulación. Lo que en un inicio creímos que se trataba de un choque, resultó ser el cuerpo inerte de una persona que yacía abatida sobre el arroyo vehicular, muy cerca de la banqueta, exactamente en la esquina del Restaurante Don Carlos, donde, por cierto, hay un puente peatonal y la base de transporte que lleva a Toluca. Al cuerpo tirado, alguien le había puesto una chamarra encima, con la cual se cubría su rostro.

Podrían ser mil cosas, alguien que hubiera muerto atropellado, un asaltante que hubiera sido ultimado por algún vengador anónimo, o quizás un lamentable accidente. Con la insensibilidad ante un hecho como éste, seguimos nuestro camino, sin darle ya, mayor importancia al hecho.

Al día siguiente, en Facebook, empezó a circular la noticia de que la persona que vimos, era un trabajador, pues el primer comentario que se vi decía, y cito: “Buenos días el día de ayer mataron a un compañero de mi trabajo en el puente de María Bárbara en la tarde, yo pasó por ahí y no hay seguridad en la noche solo en la mañana deberían poner un policía porque también hay muchos asaltos en ese lugar.” Esta nota, ya daba identidad a este hombre, un trabajador que había sido asesinado de regreso a su casa. Lo que terminó por dejarme en shock, fue leer otro comentario que decía “Hola, ayer al rededor de 6:20 a 6:40 (no sabemos la hora exacta), mi tío fue encontrado muerto en la esquina del restaurante Don Carlos, antes de mundo e, por el Maria Bárbara, creemos que fue un asalto pero no sabemos con exactitud, por favor, si alguien vio algo o sabe algo les agradecería muchísimo la información.” Este segundo mensaje, configuraba el cuadro de dolor de una familia, el hombre abatido a balazos, era el tío de alguien que pedía apoyo de la comunidad para dar con el culpable.

Ambos mensajes fueron escritos en grupos donde los vecinos compartimos información, esa otra cara de las redes sociales donde la gente que integra una comunidad, escribe y publica más, de lo que se habla o se conoce cuando se topan en la vida real.

Y es ahí, donde la historia dio un giro, pues al ver la foto de perfil de la segunda publicación, identifique un rostro conocido. Fue entonces que comprendí que ese cuerpo que un día antes habíamos visto tirado al pie de la banqueta, abatido, impávido e inmóvil, era el de Gerardo, esposo de Lucy, una de mis amigas más queridas, y quien fuera mi compañera de mil batallas cuando ambos fuimos colaboradores de un colegio particular.

Lucy, quien antes vivía por los rumbos del fraccionamiento de Las Alamedas, en Atizapán, solía organizar comidas de fin de año en su casa, en las cuales asistíamos todos los maestros de la secundaria para compartir verdaderos manjares, buenas bebidas y cerrar la tarde cantando y filosofando. A partir de esas noches de bohemia, mi amistad con su familia se fue fortaleciendo y estrechando. Gerardo siempre fue un excelente anfitrión, recuerdo su extraordinario sentido del humor, y su forma de ser tan amable y hospitalaria. Le gustaba la trova y el bolero, y cantaba muy bien. Podías pasar horas platicando con él, era un tipo culto que lo mismo te hablaba de futbol americano que de política o historia. Un hombre que se sabía dar a querer por quienes tuvimos la fortuna de estrechar su mano.

Nunca olvidaré su gran bigote y su sonrisa, su carisma y su sencillez. La última vez que lo vi, fue cuando me visitó en mi oficina. Fue para ayudarme, pues en ese momento, decidió sumarse a mi proyecto formativo, tomando a dos estudiantes para que hicieran con él sus prácticas profesionales, en algo que en el modelo de la universidad donde colaboro, se conoce como “estadía”. Recientemente le había escrito un correo para que asistiera a un desayuno que el pasado viernes, ofreció el Rector de mi universidad para agradecer el apoyo que, empresarios como él, han dado en la formación de nuevas generaciones de ingenieros, y en el cual, además, escucharíamos su opinión para mejorar nuestra labor, lamentablemente, Gerardo ya no pudo llegar a él.

Hace exactamente un mes, en este mismo espacio, escribí un breve ensayo sobre la banalización de la violencia, en el cual, platicaba de lo insensibles que como sociedad nos hemos vuelto ante este terrible hecho. En ese texto, expuse mi postura acerca de lo violento que pueden ser los medios masivos de comunicación, en particular, expuse el caso de los videojuegos, muchos de los cuales, parecen diseñados exprofeso para perfeccionar las habilidades de un sicario, es decir, para volverte una persona insensible, ajena al dolor y al sufrimiento, pues en ellos, no importa que, para ganar, tengas que pasar masacrando a personas inocentes.

Muchos dirán que exagero, y es muy probable, pero creo que hay videojuegos tan violentos, que no deberían ser jugados por nadie, y, asimismo, y como lo expongo más detalladamente en ese texto, creo también que existe mucha violencia en todos los medios masivos de comunicación, particularmente en la televisión, donde abundan los contenidos que incluyen violencia física explícita, ilustrada a través del hostigamiento, las violaciones, el secuestro, la tortura y el asesinato.

La violencia es la peor cara de la especie humana porque es contraria al sentido de la vida, es responsable de marginaciones, del dolor y del sufrimiento. Es la máxima degradación de nuestra especie, que, sin embargo, está estrechamente ligada a las condiciones de nuestra existencia.

Esta semana, todos supimos de la cobarde e injustificable agresión física que sufrió Ana Guevara, quien más allá de lo que pueda decirse o argumentarse ahora, es y será siempre, un orgullo para este país. Su caso ha servido para visibilizar aún más la cultura violenta y abusiva que viven miles de mujeres en este país, pues lo que le hicieron, es sólo un ejemplo más del hostigamiento y la violencia que día tras día, soportan muchas mujeres en sus hogares, en las calles o en sus trabajos, porque se diga lo que se diga, vivimos en una sociedad mayoritariamente machista y por ello, muy violenta, donde las mujeres pueden ser insultadas, vejadas, lastimadas, ultrajadas o asesinadas, sin que prácticamente nadie haga nada para evitarlo, y donde los culpables se pierden en las sombras de la corrupción y la impunidad.

Esta semana, perdimos a Gerardo, un hombre de trabajo, que regresaba a su casa después de una jornada laboral, y que, a consecuencia del programa de restricción vehicular, tuvo que tomar el deficiente transporte público del Estado de México, así como millones de personas lo hacen todos los días, bajo las peores condiciones de seguridad. Gerardo sólo quería regresar a su casa, ahora en Toluca, para estar con su amada esposa, mi amiga Lucy. Gerardo, no tenía los recursos para comprarse un vehículo nuevo que le permitiera moverse con relativamente, mayor seguridad, porque el famoso “Hoy no circula”, afecta más a las mayorías, quienes no tenemos la posibilidad de tener coches nuevos o andar con escoltas.

Ana Guevara, en su calidad de figura pública y por su investidura como Senadora de la República, bien podría andar en una camioneta blindada, con chofer y guaruras, pero optó por andar en su moto, y al parecer, ese ha sido su único error, pues a un patán no le pareció que lo rebasaran en medio del tráfico, y se le hizo fácil aventarle su camioneta, y después, cobardemente, bajarse junto con su camarilla de delincuentes, para amedrentarla y golpearla sin misericordia.

La violencia que hoy ha cobrado la vida de Gerardo y que ha lastimado a una de las glorias del deporte mexicano, es la misma que la sociedad tolera cuando permite que sus hijos se diviertan matando gente en una pantalla de alta definición, es la misma que hace que la gente pueda parecerle cómico que una pastorela incluya un secuestro y una escena de tortura, es la misma que se refleja en los comentarios misóginos y crueles que muchas personas escribieron al enterarse de la agresión a Ana Guevara, la misma que nos hace indiferentes ante un hombre abatido, pues lo único que nos importa es pasar y llegar rápido a nuestro destino.

México no merece lo que le estamos haciendo, este país es mucho más grande que la gente que lo habitamos, y aún más grande que la gente que nos gobierna. Sin duda, tenemos mucho por hacer.

Sirva este humilde texto como un homenaje a Gerardo Ernesto Zerón del Moral, quien murió asesinado el pasado jueves, y que deja una familia destrozada, y amigos que no encontramos consuelo.

Desde aquí, un abrazo a Lucy, mi amiga, a Aelin, colega bióloga y amiga, hija de Gerardo, y a cada uno de sus familiares y amigos más cercanos, para quienes deseo pronta resignación, y a quienes ofrezco mi mayor solidaridad.

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