Es obvio que al ser parte del sistema en el que se ejecutan y definen las acciones de nuestra actividad profesional, la rutina nos genera cierta ceguera de proceso, y que por ello, dejamos de apreciar los distintos factores que pueden estar obstaculizando el logro de nuestros objetivos laborales, y desde esa perspectiva, por supuesto que es enriquecedor escuchar otras posturas, conocer más gente y analizar otras maneras de ser y de pensar, pero de ahí a suponer que el coaching es la panacea que todo lo soluciona, hay una distancia abismal.

En todos los casos, las sesiones de trabajo de cualquier curso de coaching abordan la multilateralidad de las relaciones implicadas en cualquier proceso real, lo que de sí, puede sonar interesante, sin embargo, siempre terminan por no ser algo más que una reflexión colectiva en torno a un tema en particular, vaya como una sesión de neuróticos anónimos, donde te van guiando para que puedas encontrar y esclarecer respuestas sobre tu propio desempeño profesional, incluyendo consejos para que corrijas cada uno de los posibles vicios que todos tenemos como parte de nuestra imperfecta naturaleza humana, o al menos eso me parece a mí.

En mi experiencia con este tipo de cursos, me ha quedado la impresión de que el mentado “coaching”, no es otra cosa que una forma simple de promover un cambio en el entorno a través de un cambio individual, inducido de inicio, por una motivación positiva exacerbada y por una autoestima desbordante, ambas para promover huir de las críticas y de las opiniones negativas, y, por tanto, que busca crear una sobre seguridad en ti mismo. No creo que sea más que eso, digamos que es como un “Club de los Optimistas”.

Según los expertos en coaching, todos los que te rodean  (y eso incluye a tu familia, tus amigos, tus conocidos, tu pareja, tu jefe, tus compañeros de trabajo, el señor que conduce a tu lado por la avenida, el señor de la tienda, tus vecinos, y por supuesto, tus adversarios y tus enemigos, vaya, hasta la alarma de tu despertador y los golpes que seguramente, alguna vez te has puesto en el dedo chiquito de tu pie izquierdo al chocar accidentalmente con el filo de un mueble), pueden ser eventos dirigidos, que como tal, sólo intentan desmotivarte para que no alcances tu objetivo de triunfar y ser feliz. Suena estúpido, sí, porque es estúpido. Generalmente te venden la idea de que el coaching ha existido desde siempre, como si existiera desde la antigua Grecia, pero entonces no se llamaría coaching, sino mayéutica, esa técnica socrática que presupone que la verdad se encuentra oculta en la mente de cada persona, y que, por eso, se basa en cuestionarla hasta que ésta deduzca los conceptos que estaban latentes u ocultos en su mente. Desde esa óptica, Los Diálogos de Platón, son el primer manual de coaching de la historia de la humanidad.

Lo cierto es que el coaching no es tan viejito como nos lo quieren vender, fue inventado en 1960 por Timothy Gallwey, quien, en ese entonces, tengo entendido que era el capitán del equipo de tenis de la Universidad de Harvard. En esa época, Gallwey conoció las enseñanzas de una secta hindú, conocida como “La Misión de la Luz Divina”, las cuales, él mismo aplicó al tenis, mejorando, según él, su capacidad de jugar.

A su retiro de las canchas, Gallwey escribió un libro titulado “El juego interior del tenis” (1974), que rápidamente se convirtió en un best seller.  Luego completaría una trilogía con “El esquí interior” (1977) y “El juego interior del golf” (1981).

En resumen, Gallwey comenzó a dar conferencias motivacionales por toda la unión americana, donde exponía la idea central de sus libros, y que no es otra cosa que la hipótesis de que siempre hay un juego interior en tu mente, no importa qué este sucediendo en el juego exterior, por ello, cuán más consciente seas de este juego interior, más posibilidades tendrás de poder marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso en el juego exterior. Digamos que el chiste radica en dominar al Pepe Grillo que te aconseja y te dirige.

Esta misma idea la retoma el basquetbolista Michael Jordan en su libro “Mi Filosofía del Triunfo” (1994), donde él mismo hace hincapié en la importancia que para él, tuvo el entrenamiento mental, mismo que describe como el hecho de visualizarte justo donde quieres estar, y de programar milimétricamente los movimientos de tu cuerpo a partir del control de tu mente, algo que desde entonces, y cada vez más, se hace como parte del entrenamiento rutinario de muchos equipos profesionales, y que no es otra cosa que aprovechar que nuestro cerebro puede imaginar con mucha similaridad al hecho real, es decir, sin distingo de que lo que imaginamos, nunca haya pasado o esté aun por suceder.

En síntesis, éstos libros dicen que, si pierdes, la culpa es tuya porque no has usado bien tu mente, y no tanto como consecuencia de lo bueno y profesional que sea tu contrincante. Sin duda que puede que mucho del éxito deportivo de un atleta depende de su capacidad mental para dominar la presión y mantener la concentración en la ejecución de su deporte, pero no creo que sea suficiente contra el talento deportivo de tu oponente, o los imponderables de cualquier competencia deportiva. Yo que como futbolista siempre jugué como medio defensivo, confieso que por más que me empeñaba, siempre había contrincantes que eran muy difíciles de marcar, y que, en más de una ocasión, yo mismo los felicité por su desempeño al final del partido.

Como quiera que sea, nadie puede negar que las enseñanzas de Timothy Gallwey constituyen la base del coaching de negocios, el coaching personal y el coaching ejecutivo; y estos tipos de coaching constituyen a su vez, el fundamento de todos los múltiples tipos de coaching que usted conozca, incluida su versión más elevada, sí, adivinó, el “Metacoaching“. De hecho, el mismo Gallwey publicó el libro “El juego interior del trabajo” (2000) y “El juego interior del estrés” (2009), -libros que por supuesto, no pienso leer- que según deduzco, pretenden motivarnos para ser mejores en el trabajo y para combatir el estrés.

Sin el afán de criticar por criticar, diré que al menos para mi, el mentado coaching es tan simple como los cuestionarios que cualquiera que haya sido profesor, ha desarrollado exprofeso para guiar el pensamiento y las opiniones de sus estudiantes, para que ellos mismos alcancen el conocimiento no conceptualizado de un tema en particular, es decir, deduzcan la respuesta a partir de interiorizar y de apropiarse de las ideas que ya tienen, ni más ni menos que eso.

Como es obvio, los cursos de coaching, siempre incluyen una parte del proceso de diálogo entre el instructor y el grupo de lo que yo considero incautos, donde se consigue encontrar oportunidades y caminos alternos a los comunes o tradicionales, lo que permite nuevas perspectivas a la hora de buscar y conseguir objetivos. En esta parte, no falla el uso de múltiples citas de personajes célebres, mención a un montón de libros extraordinarios, y un exceso de parábolas y fábulas articuladas para convencer a los discípulos del amplio conocimiento del coach.

La idea es que te estimulan para que creas en ti mismo, para subir tu autoestima hasta el infinito y más allá, para que creas que a partir de ese momento serás capaz de alcanzar un nivel extraordinario de producción profesional con resultados sin precedentes en la historia de la humanidad.

Para ello, una de las claves de los instructores de los cursos de coaching, es reforzar todas las ideas que hacen que un individuo haga lo que requiere hacer, no porque tenga que hacerlo por ser su obligación, sino porque quiere, porque en el propio proceso encuentra muchas razones y emociones que se alinean en su favor para conseguir su objetivo, para mantenerlo motivado y centrado en sus objetivos. Por eso quizás, muchas personas se hacen adictas a este tipo de sesiones, porque funcionan igual que muchas sectas religiosas o grupos de autoayuda, donde te dicen lo que saben que quieres oír.

Recientemente, he tenido la oportunidad de ser parte de un par de estos talleres, y aunque lo he intentado, les juro que no puedo evitar sentir que mi tiempo en este tipo de capacitaciones, ha sido tiempo mal invertido, no sólo porque no he encontrado nada nuevo de lo que ya había leído en el texto de Timothy Gallwey o en el de Michael Jordan, o en los libros de Gaby Vargas o de Víctor Gordoa, o en las conferencias de Miguel Ángel Cornejo o del Dr. Porras, sino porque francamente, me parece absurdo suponer que la solución a todos los avatares de la vida, radican en ser optimista.

Estos cursos me parecen tan miserablemente chafas como los libros “¿Quién se ha llevado mi queso?” (1998), de Spencer Johnson; o ese de “Nos despidieron… Y es lo mejor que nos ha pasado nunca” (2005) de Harvey Mackay, o “El Espíritu de la Programación Neurolinguística” (2003) de Michael Hall, que, a mi parecer, todos deberían incluir la leyenda: “Este libro no es un documento que cuente con arbitraje científico alguno, su uso es responsabilidad de quien lo lee y de quien lo recomienda“. Por cierto, si usted no los ha leído, le recomiendo que mejor ocupe su tiempo en algo un poco más productivo como actualizar su estado en su muro de Facebook, o leer alguna revista de chismes de la farándula.

En éste último curso de coaching en particular, he tenido que contenerme para no expresar lo que siento, sobre todo cuando la ponente ha abordado temas de biología, en especial de neurociencias. Ha sido desastroso cuando empezó a decirnos, por ejemplo que “la mielina es esa capa que atrapa tus conocimientos para no dejarlos escapar“, “el cerebro reptiliano se llama así porque es como el de los reptiles”, “las neuronas se conectan mejor con pensamientos positivos”, “Si eres una persona con gran creatividad, utilizas mucho más el hemisferio derecho” o bien “Si eres una persona analítica usas más el hemisferio izquierdo”, etc. etc. Digo, una cosa es bajar el nivel para que cualquiera lo entienda, y otra muy distinta afirmar éstas barbaridades.

También se ha dicho en este curso que “atraes lo que piensas“, como si los humanos fuéramos torres de transmisión y nuestros pensamientos fueran ondas de radio que se comunican con el universo. Es decir, la misma estupidez que refiere el nefasto libro de Rhonda Byrne llamado “El Secreto” (2006), y que ridículamente se conoce como la “ley de la atracción”, según la cual, el cosmos es el único responsable de concedernos lo que pedimos o no, según su interpretación de nuestros pensamientos. Supongo que quienes han perdido la vida en desastres naturales, o en accidentes trágicos, debían tener poderosos pensamientos autodestructivos, o quizás Hillary Clinton competía por la presidencia de los Estados Unidos, pensando que seguramente perdería. ¿Suena absurdo?, pues así de absurdas son las supuestas bases de la literatura detrás del coaching.

En síntesis, para mí, el coaching es una vacilada, una tomadura de pelo, y voy a tratar de exponer brevemente en qué fundamento mi dicho:

  1. Como nunca basta con el optimismo exacerbado, invariablemente todos los instructores de coaching que he tenido, terminan por agarrarse de herramientas que ya existían en el nicho al que van. Me explico, por ejemplo, en el curso de coaching al que el pasado jueves me mandaron, el tema central es la educación, así que las actividades han incluido ejercicios y consejos para que puedas entablar mejor comunicación con los adolescentes, estrategias para liderar a tus docentes, y otras por el estilo. En un taller de coaching para el empleo que les dieron a unos estudiantes que tuve en prepa, les enseñaron a elaborar su hoja de vida (Curriculum Vitae), como vestirse para ir a una entrevista de trabajo, entre otros aspectos, que, por cierto, utilizaban materiales del consultor William Gaber, pero sin darle mayor crédito. Así de chafa como lo leen.
  2. Durante la capacitación, los instructores van añadiendo algunos condimentos de muy mala calidad, como la ya mencionada Programación Neurolingüística (PNL) o la Homeopatía, a las que, por cierto, se refieren como si fueran un conocimiento científico reconocido, nada más insultante que eso, pues ninguna de ellas tiene tras de sí, evidencias científicas.*
  3. Quizás con la mejor de las intenciones, amén de que puedan parecer simpáticas, estos talleres incluyen dinámicas de grupo que terminan por hacerte sentir como si estuvieras participando en un concurso de Chabelo para ganarte una sala de Muebles Troncoso®; y no lo digo tan de broma, porque no falla que al final de los juegos de destreza o de cumplir con los desafíos en equipo, te aplauden, y te festejan. ¡Es en serio!

El coaching se vende como una forma ¿novedosa?, para que te desarrolles y tengas un mayor crecimiento personal; te dicen que el único propósito es “ayudarte a aprender, en un proceso diferente al de sólo enseñar” (¡¿Qué?!). Cuando lo dijo mi couch, hasta ganas me dieron de subirlo al Twitter, porque suena como frase sacada de un libro de Paulo Coelho, o de un discurso de Deepak Chopra, pero definitivamente no lo hice, sólo porque francamente sigo sin alcanzar este nivel de profundidad pedagógica que me permita entender esta frase.

El coach (facilitador) no es alguien que le diga al coachee (cliente incauto) qué es lo que tiene que hacer, pues se supone que su tarea no es juzgar, ni dar consejos, sin embargo, todo el tiempo te recomiendan lo que sí y lo que no debes hacer. En resumen, y cito copiado del primer material que recibí de coaching: “el trabajo del coach se sustenta más en los signos de interrogación que en los de admiración. Su misión es hacer que cada persona alcance sus propias comprensiones, viva con más conciencia y autenticidad, y se transforme en maestro de sí mismo”Suena como discurso del Dalai Lama, y con algo de música de fondo, hasta podría parecer la letra de una canción de Ricardo Arjona o una reflexión digna de escucharse en la voz del locutor Toño Esquinca, porque al final recitarla, quedaría perfecto un sonido de admiración emitido por “La Muchedumbre”, ¿a poco no?

Finalmente, quiero compartirles que éste último curso al que me han enviado, ha resultado quizás y por mucho, el más emblemáticamente estúpido y absurdo de todos a los que he ido en mi vida. En principio, porque actualmente estoy padeciendo de una fuerte gripe, y el mentado curso se impartió en un espléndido centro de capacitación que está ubicado en lo alto de una montaña a la orilla de La Marquesa, sobre la carretera a Toluca, es decir, que he tenido que soportar sesiones de coaching con un frío espantoso, que obviamente en nada ha contribuido al mejoramiento de mi salud física, ni mental.

Aunque todo esto suene a chiste, lo verdaderamente triste es que muchos altos ejecutivos y poderosos políticos crean que esto es la panacea -digo, porque por algo me habrán enviado-, de ahí lo preocupante. Lo triste es ver que muchos Jefes y Directivos que junto conmigo participaron en el curso, realmente se veían interesados y motivados de participar en estos talleres. Por eso, yo me sumé a su entusiasmo tanto como mis estornudos y mi tos me lo permitieron, pero esas miradas con tintes de molestia cada vez que vertí mi opinión, fueron apagando mi naciente entusiasmo por este taller. Pero les juro que lo intenté.

Quizás como defecto de mi formación profesional, siempre me ha parecido que los cursos de coaching no son otra cosa, más que simples cursos de superación personal, pero con una metodología rebuscada, y por supuesto, con un nombre más rimbombante.

Insisto, a mí me mandaron, por gusto, jamás hubiera ido.

(Una disculpa por el tono de esta nota, pero aun sigo enfermo de gripa y de tos, y francamente estoy muy molesto de que me pidieran perder tres días en algo tan absurdo). 

15317969_10154233495923995_6758242248266881738_n

*Para que no digan que exagero:

  • En el 2009, Tomasz Witkowski realizó un análisis exhaustivo de todas las pruebas empíricas controladas de la PNL que habían sido publicadas hasta esa fecha. De 33 estudios relevantes, solo un 18,2% había ofrecido resultados positivos para validar la PNL. Un 54,5% eran negativos. Y el 27,3% restante eran ambiguos. Como el autor escribió en Polish Psychological Bulletin: “Mi análisis lleva innegablemente a la afirmación de que la PNL es una estupidez pseudocientífica, que debería ser archivada para siempre”.
  • Más allá de sus fundamentos evidentemente absurdos, la homeopatía ha demostrado, repetidamente y en cuidadosos estudios clínicos realizados en muchos países a lo largo de décadas, en variadas condiciones, ser básicamente inútil. Su efecto es indistinguible del de un placebo: una sustancia inocua. En otras palabras, los pocos efectos curativos que se observan al aplicarla son debidos a factores casuales diversos, pero no al tratamiento homeopático. Lo cual no impide, por supuesto, que abunden los testimonios anecdóticos de personas convencidas de que “sí les funcionó”.
Anuncios