Liberador para unos, opresor para otros, Fidel Castro fue el último gran líder revolucionario del siglo XX, cuya acción política desbordó los límites de su isla natal, sin embargo, pocos conocen la estrecha relación de la Revolución Cubana y México. Aquí les comparto este curioso segmento de la historia.

Cuentan que la noche del 21 de junio de 1956, en el cruce de la calle de Mariano Escobedo con Kepler, de la Delegación Miguel Hidalgo, del Distrito Federal (ahora Ciudad de México), bajaron tres sujetos sospechosos que venían a bordo de un coche modelo Packard de color verde. Caminaban ebrios e iban armados por la calle. Venían de una larga reunión donde habían ingerido ron.

Uno era muy alto y corpulento, de paso firme; a distancia se advertía que era el líder del grupo. Cuando intentaron perderse entre las sombras de las calles, los agentes de la Dirección Federal de Seguridad que ya les seguían la pista desde semanas atrás, decidieron que era el momento de atraparlos. El hombre alto, al verlos venir, sacó su pistola, pero antes de que pudiera hacer algo, sintió el frío cañón del arma de uno de los agentes que ya estaba sobre su nuca.

En aquel instante, y de haber apretado el gatillo, ese policía hubiera cambiado la historia…

Aquella noche de 1956, en esa esquina de la Ciudad de México, Fidel Alejandro Castro Ruz acababa de ser detenido sin un disparo. Tenía 29 años y se hacía acompañar de su hermano Raúl Modesto y de su amigo, Ernesto Guevara de la Serna.

Durante el interrogatorio, Fidel y su hermano Raúl, negaron tener ideología comunista, mientras que Guevara, quien se mostró siempre desafiante ante la policía, abiertamente se declaró de ideología marxista-leninista, incluso se confesó ser miembro activo del “Movimiento 26 de Julio”, organización que desde un año antes, el mismo Fidel había formado en su natal Cuba, para derrocar al golpista Fulgencio Batista.

Ernesto Guevara dijo también que era asmático, argentino y pobre, y que estaba casado con la peruana Hilda Gadea, madre de su hija Hilda Beatriz, con quien se había casado hacía poco más de un año en Tepotzotlán, Estado de México.

Declaró que su trabajo era como médico de la sala de alergias del Hospital General, y que junto con su esposa e hija, vivía en el número 49 de la calle de Emparán, de la Colonia Tabacalera.

Como se habra puesto la cosa, que en su libro autobiográfico, Fidel Castro cuenta que fue en esa misma noche donde conoció la rebeldía y el coraje del Ché.

Lo que el Ché no dijo en su declaración, fue que la dueña de la casa era María Antonia González, una exiliada cubana cuyo hermano había muerto torturado por personal del dictador Batista, y que desde meses atrás daba asilo a estos revolucionarios.

Después de tres días de interrogatorios, el entonces capitán Fernando Gutiérrez Barrios, dejó libres a los insurrectos y redactó su informe sobre la “conjura contra el Gobierno de la República de Cuba”, un texto escrito a máquina de tan sólo cinco páginas, que se puede consultar en el Archivo General de la Nación, y que desde su desclasificación, se ha convertido en un documento clave para comprender la génesis de la revolución cubana.

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Los hermanos Castro y el Ché, se reunían con sus aliados del Partido Comunista e iban acumulando armas para su revolución. Sin embargo, y como también lo describe Fidel Castro en su libro, solo obtuvieron un arma automática, por lo que optaron por adaptar miras telescópicas a algunos rifles de caza.

Fidel describe en el texto que a él, a su hermano y al Ché, les encantaba salir a comer tacos callejeros, y que asistían a las corridas de toros, incluso asegura que Raúl, su hermano, quiso aprender a torear.

Junto con sus hombres, Fidel y el Ché, se hacían pasar por deportistas, para poder entrenarse en un campo de tiro conocido como “Los Gamitos” de la Delegación Álvaro Obregón, después lo hicieron en una finca al norte de Tuxpan, Veracruz, y finalmente alquilaron el Rancho Santa Rosa en Chalco, Estado de México, donde se dice, se terminó de fraguar el plan de asalto a Cuba.

Antonio del Conde, un vendedor de armas en la Ciudad de México, fue quien le vendió a Castro la embarcación que después fue rebautizada como “el Granma”. Cuenta Fidel en su libro que entró a su tienda y que le pidió ayuda para conseguir un arsenal y un navío para lograr la liberación de Cuba, él aceptó, y reparó un yate que originalmente fue construido sólo para ocho personas, pero que al final, zarpó de Tuxpan con 82 hombres a bordo, la madrugada del 25 de noviembre de 1956.

Ayer se cumplieron exactamente sesenta años de que el “Granma” zarpó del puerto de Tuxpan, Veracruz, para iniciar la Revolución Cubana, y paradójicamente, ayer se confirmó la muerte de Fidel Castro, líder autoritario, que con mano dura e inflexible se convirtió en un tirano que se perpetuó en el poder durante 47 años.

Durante el periodo en que Castro llega al poder, en Latinoamérica hay muchos mandatarios que también son un producto de un golpe de estado militar, algunos de derecha, otros de izquierda, pero al final, es la búsqueda que tiene el continente por un proyecto democrático, que finalmente llegará mucho más tarde, casi al final del siglo.

Ayer murió Fidel Castro, el hombre que forjó su leyenda como ícono revolucionario y azote del imperialismo yanqui, pero que a mi juicio, no hubiera hecho nada sin el liderazgo del Ché. Fidel Castro dejó tras de sí, un país en la miseria, pero con enormes avances en materia social, sobre todo en educación y salud. Metafóricamente podríamos decir que el Granma que partió del puerto de Veracruz jamás llegó a la isla de Cuba, pues estos jóvenes idealistas y soñadores jamás lograron cuajar su sueño.

Fidel tenía una perspectiva marxista y antiimperialista, pero finalmente terminó inclinándose hacia uno de los dos imperialismos: el imperio soviético que deja como herencia miles de cubanos exiliados, muchos de los cuales, ahora fueron cruciales para apuntalar la victoria de Donald Trump.

Paradojas de la historia, que para variar, tuvieron su origen en México.

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