“Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de perfecta y absoluta barbarie”

 Tzvetan Todorov.

 

Media noche, diluvio, truenos y sin energía eléctrica. Estábamos todos en alguna zona de la alta montaña de la Sierra Madre del Sur, en los límites entre el Estado de Guerrero y Oaxaca. Habíamos llegado ahí para hacer estudios de etnobotánica y medicina tradicional con una comunidad de amuzgos, el grupo indígena minoritario de esa zona de México.

Llevábamos casi una semana de trabajo con las parteras y un yerbero, quienes nos habían acompañado en los recorridos por el monte, explicándonos el uso tradicional de las plantas y la forma digamos mística de utilizarlas para curar males, hacer limpias y atender a los enfermos. La zona, carecía de carreteras, todo eran caminos de terracería y brechas; tampoco había luz eléctrica, y el agua se obtenía de fuentes naturales. 

En medio de una estruendosa tormenta, apareció un grupo de hombres cuyo rostro reflejaba la angustia y la desesperación. La copiosa lluvia había desgajado parte de un cerro, y ellos habían quedado aislados, y su mujer, ya estaba en labor de parto y no había manera de llegar hasta la comunidad, y menos a la clínica en la cabecera municipal.

La situación era tensa, pues entre gritos, un señor mal encarado, su compadre y un adolescente, buscaban el apoyo de quienes ahí estábamos. Y fue entonces que empezó la confusión. Ellos pedían a gritos que la señora fuera atendida por el “Doctor”, pues sabían que al frente del grupo, venía alguien a quien todos le decíamos “Doctor”.

Era obvio que en esas condiciones iba a ser casi imposible explicarles que el “Doctor” sí lo era, pero no porque hubiera estudiado medicina, sino porque contaba con estudios de posgrado con especialidad en fitoquímica y etnobotánica, es decir, el estudio del uso tradicional de las plantas y la obtención de principios activos a nivel de laboratorio. Todo se puso muy tenso, pues el “Doctor”, como era obvio, entró en pánico, y más cuando entendió que la gente podía tornarse agresiva, pero sobre todo, porque estaba consciente de que de él, dependía ahora la vida de la señora, de su bebé, y la estabilidad y seguridad del grupo en esa noche. 

Para no hacer el cuento largo, el biólogo con estudios de alta especialidad en plantas, tuvo que asumir la consecuencia de ser el “Doctor” del grupo de universitarios. Afortunadamente el bebé nació, y aunque de manera rústica, la atención fue suficiente como para que la señora llegara con su niño, ya casi al amanecer, con la partera del pueblo. Lo cierto es que desde entonces, en ese laboratorio donde hay microscopios, reactivos y ejemplares botánicos, sobresale un pequeño cuadro enmarcado en la pared del cubículo principal que dice “chingue a su madre el que me diga Doctor”.

 

 

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Esta anécdota que les comparto, me la platicó un estudiante de posgrado que supervisaba parte de mi formación en la licenciatura, cuando le pregunté el origen de esa curiosa advertencia que sobresalía en un laboratorio de la facultad donde estudié la carrera de biología.

Es es un ejemplo de la deformación que en Latinoamérica, pero particularmente en México, tenemos de anteponer al nombre de las personas, su grado académico. Quizás es una reminiscencia de haber sido tratados como sirvientes de los conquistadores españoles por varios siglos, y ahora queremos remarcar que ya hicimos méritos para no ser parte de “la bola”, eso no lo sé, lo cierto es que mucha gente hasta se molesta si se le habla por su nombre de pila sin antes decirle “Licenciado”, “Ingeniero”, “Maestro” o “Doctor”.

Nunca voy a entender esa práctica tan común en nuestros países latinos de llamarnos los unos a los otros por ciertos títulos. Eso de llamarnos Técnico, Licenciado o Ingeniero, o incluso Bachiller en épocas anteriores, es algo que me parece inadecuado y muchas veces de mal gusto. Y es que no solamente dichos títulos en ocasiones le quitan la personalidad al individuo sino que, a veces, hasta enaltecen sin mayor explicación, los méritos de las personas, incluso dándoles rangos que no merecen.

Actualmente trabajo en una universidad pública donde en este aspecto, perduran costumbres y formalismos, entre ellas, la de llamar a la gente por su título. Así, por momentos me he dejado de llamar Armando, y me he convertido sólo en “El Licenciado”, el “Lic”, o hasta “El Ingeniero”, cuando yo, de inicio, soy biólogo (y de ser así, prefiero que me digan “profesor Armando”, que eso sí me enorgullece mucho, ser profesor). Aquí donde trabajo, todos hemos perdido nuestro nombre y con ello, parte de nuestra identidad, y todo por seguir los mismos convencionalismos medievales; he tenido que aprender a dirigirme a los demás como “Ingeniero”, “Maestro”, “Doctor”, etc. En los pasillos o en las juntas es un “Licenciado” por aquí, “Ingeniero” por allá, “Abogado”, “Maestro”… Hasta he llegado a dudar si realmente entre todos sabemos los nombres de todos.

Y es que esta práctica es como un círculo vicioso, pues hay quienes exigen se les llame por sus títulos. Tuve algunos maestros en la universidad a quienes francamente les molestaba si no les llamabas “Doctor”, pero de igual manera, conozco a señoras de setenta años a quienes les molesta si les dices “señora”, pues como nunca se casaron, insisten en ser llamadas “señoritas” (lo cual, pienso que, particularmente a esa edad sí es de dar pena). O peor aún, tipos que nunca se graduaron pero que imprimen en sus tarjetas de presentación que son licenciados o ingenieros, y exigen ser llamados como tal tanto por clientes como por compañeros de trabajo.

Vivimos en una cultura en la que nos fascina anteponer a nuestro nombre el título que tenemos. El título ha pasado a ser parte de nuestro nombre, como lo es el nombre de pila o los apellidos. E incluso, hemos llegado a creer que es señal de respeto nombrar a una persona por su título universitario. Pero muchas veces, y quizás la mayoría de ellas, hacemos eso para marcar cierta distancia con la gente, y más si lo hacemos en tono de “usted” y no de “tú”.

Contrario a los que muchos estudiantes y profesores piensan, considero que el ser profesional no tiene que ver directamente con títulos universitarios y grados académicos. No es la licenciatura, la maestría o el doctorado lo que hace que una persona sea profesional. Aún más, muchas veces los títulos son obstáculos para que un graduado universitario se convierta en profesional, pues nos refugiamos, nos escudamos en los títulos para no tener que demostrar sí somos o no somos competentes. Por ejemplo, Felipe es un bolero muy eficiente pues siempre deja mis zapatos como nuevos, o Irene, que siempre se esmera para que mi espacio de trabajo esté tan reluciente y limpio como me gusta, es decir, son profesionales en su actividad. ¿Si me explico?

Maradona, Pelé, Ronaldo o Messi, famosos futbolistas, al igual que la mayoría de los deportistas famosos y multimillonarios de la actualidad, nunca se graduaron en una universidad. Los pintores reconocidos, como Dalí o Picasso, nunca obtuvieron una licenciatura o una maestría en Bellas Artes o en Pintura, y sin embargo, son universalmente reconocidos como profesionales. Vayámonos a algo más concreto: muchos de los principales empresarios del mundo, nunca sacaron ni siquiera un bachillerato universitario en Administración de Negocios y sin embargo, en no pocos casos, esas personas sin títulos, han sentado las bases de las economías de sus países. Aún más, resaltemos una contradicción: hoy más que nunca proliferan los graduados en Administración de Empresas, pero también hoy más que nunca, esos graduados en Administración no intentan, y en muchos casos ni sueñan, con fundar su propia empresa. Pensemos en ejemplos como el hombre más rico del mundo y fundador de Microsoft, Bill Gates o del creador de Facebook, Mark Zuckerberg o del inventor de la televisión a color, el compatriota Guillermo González Camarena, todos ellos desertaron de sus universidades sin haber obtenido su título, y creo que está por demás aclarar su profesionalismo.

Entonces, surge la pregunta: ¿Qué es ser profesional? ¿Por qué personas que no son graduadas universitarias son verdaderos profesionales y por qué graduados universitarios, inundados de títulos, no siempre son tan profesionales? Pareciera entonces que el ser profesional no tiene que ver tanto con la cantidad de títulos de una persona, sino con tres factores interrelacionados: primero, la capacidad de cumplir con las metas del trabajo y de resolver problemas; segundo, la capacidad de una persona de innovar constantemente su labor; y tercero, la capacidad de hacer con pasión lo que se hace.

La capacidad de cumplir con las metas del trabajo y resolver problemas es algo que no se deriva automáticamente del título universitario de la persona. Aún más, cada vez con mayor frecuencia los puestos en las empresas no coinciden con los perfiles con que egresan los universitarios. Uno de los problemas de las universidades hoy en día es que siguen ofreciendo carreras que ya no coinciden con las necesidades del sector empresarial y de la sociedad civil, o siguen enseñando un conocimiento segmentado y obsoleto.

La capacidad de resolver problemas y de cumplir con las funciones del puesto tiene que ver más bien con la capacidad de adaptar un conocimiento teórico a la realidad laboral, tiene que ver con la capacidad de tener iniciativa, de ser emprendedor; tiene que ver con la capacidad de asimilar los fracasos, de caerse y ponerse de pie; tiene que ver con el deseo insaciable de ir más allá de lo mínimo; tiene que ver con la capacidad de controlar el enojo y el estrés, con la capacidad de comprender el entorno, tiene que ver con la capacidad de aprender por cuenta propia, de saber trabajar en equipo.

Ser profesional tiene que ver con muchas cosas, pero poco, en realidad muy poquito con los conocimientos universitarios que ahora más que antes, rápidamente se hacen obsoletos. Ser profesional, más que con conocimientos, tiene que ver con habilidades, destrezas, aptitudes y actitudes. Ser profesional requiere además el reconocimiento que, si bien mi puesto me genera un salario, yo desempeño ese puesto no para mí sino para los demás, y porque me gusta lo que hago.

Lo que hacemos cotidianamente se puede hacer de maneras diferentes. Cuando llegamos a una empresa generalmente hay un manual de puestos que describe las funciones o tareas de nuestro cargo, pero una persona llega a ser profesional –posea o no un título universitario– cuando logra reconfigurar –obviamente de manera positiva– las funciones que al principio describían su puesto.

Una persona es profesional cuando le impregna un sello propio, un sello personal a su actividad cotidiana. Se hace profesional cuando logra fusionar su personalidad e ideales con la responsabilidad del puesto que ocupa.

Difícilmente Picasso, Dalí, Pelé o Zuckerberg hubieran hecho esas grandes obras si no hubieran tenido amor por lo que hacían. ¿A cuántos contadores, administradores, profesores, enfermeras, odontólogos, médicos, abogados o ingenieros les desagrada su trabajo? ¿Cuántos agricultores sin título son felices con sus labores?

Hoy más que nunca se requieren instituciones de educación superior que produzcan profesionales y no únicamente gente con títulos, y que independientemente del área de formación, entiendan su profesión como una manera de servir a sus semejantes y de ejercer aquello que más les apasiona.

Ser profesional, es ejercer la vocación, entendida ésta como aquello que estás dispuesto a hacer aunque no te paguen. Así de simple.

La meta de un titulado es muchas veces ganar dinero a toda costa, en cambio, un profesional también puede aspirar a ganar dinero pero tiene claro que lo puede hacer en tanto que su trabajo le sirva a los demás. Así, la meta que nos debemos proponer todos los que laboramos en el sector educativo, y particularmente en el nivel universitario, es la de formar gente competente con sensibilidad social; nuestra meta debe ser formar profesionales cuya carta de presentación no sea el título, sino la manera en que sean capaces de resolver los problemas para los cuales se han especializado.

El verdadero valor de una persona no se encuentra en su inteligencia, ni en sus talentos, ni en sus habilidades, ni siquiera se encuentra en sus principios, y mucho menos en sus títulos universitarios o sus diplomas y certificaciones. El auténtico valor de una persona, el más valioso, el que es exclusivo, inconfundible, el que es innato al gran ser humano, es esa capacidad generosa de situarse en el lugar del otro, de olvidarse de uno mismo, de sustituir el YO por encima de todo, a el TÚ como una misma parte. De postergar ser el centro del universo por empatizar con tus semejantes. De aparcar la falsa necesidad de nuestro ego por la bondad de prestar ayuda a los demás. De desatender nuestros arduos deseos por atender los deseos de los que de verdad te necesitan en ese momento.

No nacimos para ser técnicos, ingenieros, licenciados, maestros o doctores. La profesión a la que decidimos consagrar nuestros esfuerzos, es solamente un vehículo que nos permite avanzar rumbo al crecimiento personal. Los estudios son solamente una base sólida para desenvolvernos mejor en nuestra vida cotidiana. La identidad no la define un título o la falta de éste, ¿o sí?

Creo que esta práctica de llamar a la persona por un título es obsoleta y discriminatoria, por eso no me gusta, sobretodo porque en general, quien insiste en sus títulos o grados académicos es sólo porque necesita reafirmar la miseria de su personalidad, su falta de liderazgo con aires de grandeza.

Yo soy Armando, simplemente así, y me gusta más si me hablan de tú. Soy Armando y lo seguiré siendo más allá de los diplomas o los grados académicos que puedan aparecer en mi currículo. Soy Armando, simplemente, y me encanta que la gente me valore por quien soy. Ganarme la estima, cariño o respeto de la gente por la persona que soy y no por lo que diga un título o la responsabilidad del puesto que tengo.

El valor de las personas se mide más allá de títulos y convencionalismos que encasillan. Ahora que en la universidad donde trabajo estamos en un proceso de obtener un certificado que avale nuestro compromiso por la “igualdad de género”, empecemos por tratarnos como iguales, y entendamos el género desde la perspectiva más biológica, es decir la que nos hace a todos Homo, la que elimina de un tajo y con fundamento científico, la idea de castas o de razas.

Cierro esta charla con otra anécdota…

“Se dice doctor, pero no lo es.” Así comenzó el artículo que derroco al secretario de Educación, Fausto Alzati Araiza, a finales de 1994. Nombrado al gabinete federal por Ernesto Zedillo, Alzati dirigió la SEP menos de dos meses, hasta su renuncia, tras el descubrimiento de que se ostentaba como doctor, a pesar de no serlo.

Y no es que Alzati hubiera comprado un título sin ningún valor y sin estudios. Efectivamente había estudiado en la Universidad de Harvar, donde había cumplido con todos los requisitos del programa, incluida la presentación de la tesis, pero como no había defendido ni registrado su disertación, técnicamente no era Doctor.

Alzati había sido antes Director General del CONACYT, y fue durante su dirección que un doctorado se volvió, irónicamente, un requisito para formar parte del Sistema Nacional de Investigadores. El doctorado ya no es un requisito estricto, pero de la misma forma en que el sistema puso “en juego la calidad del trabajo científico realizado” en México, quizás también creo una generación de doctores “patito”, sin interés en la investigación, solo en los incentivos que podían adquirir.

chaparron-y-lucas

 

Chaparrón:“¿Oye Lucas? “
Lucas: Dígame Licenciado.”
Chaparrón“¡Licenciado!”
Lucas: “¡Gracias, muchas gracias!”


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