La sensación de vacío a la altura del vientre que comúnmente llamamos “mariposas en el estómago”, no es algo metafórico, pues de hecho, se ubican en el plano de las sensaciones viscerales y son tan reales como los cólicos o ardores de barriga que, en ocasiones acompañan a los eventos desagradables como estar a punto de chocar o recibir una muy mala noticia.

La forma como mente y estómago se relacionan ha inquietado desde siempre a muchos investigadores, al punto de que aún persisten las dudas sobre quién manda a quién. Lo cierto es que todo parece indicar que el asunto de las “mariposas en el estómago” va más allá del romance y la pasión.

A principios del siglo pasado, John Newport Langley descubrió que en efecto, nuestros intestinos tienen un sistema nervioso autónomo, sin embargo, nunca llegó a imaginar el alcance de su descubrimiento, y que ahora sabemos, es muy probable que sea una reminiscencia del sistema nervioso entérico que se desarrolló en nuestros más lejanos ancestros evolutivos hace más de quinientos millones de años, y que desde siempre, al parecer, ha sido el responsable de nuestras conductas instintivas más primitivas, es decir, las que surgen como respuesta ante las amenazas que ponen en peligro nuestra supervivencia.

Se calcula que en promedio, el tubo digestivo se encuentra tapizado por cerca de 100 millones de neuronas, y que cada una de ellas se conecta con muchas otras para formar redes de comunicación visceral. Por sus propias características, son células que tienen trabajos especiales[1] que cada vez se comprenden mejor. 

En 2007, se descubrió que las neuronas intestinales, a diferencia de las del cerebro que se encargan de tareas fijas, tienen propiedades multifuncionales, y que junto con los neurotransmisores que producen, son responsables de muchos trastornos metabólicos[2]

También se sabe que los principales neurotransmisores como la serotonina, el glutamato, la noradrenalina o el óxido nítrico, bañan las células intestinales en cantidades mayores que las que recibe el cerebro, pero con otros efectos, por ejemplo, la serotonina -que en el cerebro se sabe que provoca sensaciones de calma y bienestar-, en las tripas favorece el movimiento de los intestinos, e interviene por ello, en el procesamiento químico de los alimentos.

Ahora lo más interesante del tema. Seguramente usted, querido lector, sabe que la enfermedad de Alzheimer implica una falla de las redes neuronales del cerebro, sin emvargo, la razón por la cual se desencadena este mal, sigue siendo desconocida[3]

Si bien se sabe que hay varios genes que aumentan el riesgo de desarrollar esta enfermedad[4], aún es desconocido el origen que desencadena la destrucción y la muerte de las neuronas cerebrales que provocan fallas en la memoria y cambios en la personalidad, que se identifican como dificultades para llevar a cabo las actividades diarias más elementales[5].

Lo cierto, es que se trata de un padecimiento que por sus efectos, destruye la esencia de la persona que lo sufre, y que por ello, trastorna la vida de quienes lo rodean, pues si bien en la actualidad hay tratamientos disponibles que pueden ayudar a aliviar algunos síntomas, todo son paliativos, pues hablamos de una enfermedad crónico degenerativa, para la cual, desafortunadamente hasta ahora, no existe una cura.

Sin embargo, recientemente se han identificado ciertos factores que aumentan la probabilidad de que la respuesta a estos males no se encuentre sólo en nuestros propios genes, o específicamente en el tejido cerebral, sino en los genes y el metabolismo de los aproximadamente 200 gramos de bacterias que en promedio, habitan nuestras tripas, y que si bien son de tamaño microscópico, no son nada despreciables, pues constituyen hasta un 90 % de todas nuestras células, pues se ha calculado que por cada tres células de nuestro organismo, dos de ellas son bacterias, y sólo una es humana: ¡Bendita simbiosis![6].

Esta comunidad bacteriana denominada microbiota o flora intestinal, que ahora sabemos, interactúa con el sistema endocrino, inmune y nervioso, afectando por eso a nuestro estado físico como mental, parece ser el origen de todos nuestros males. Este “cerebro intestinal”, fue descrito por primera vez por el fisiólogo Michael Gershon, en un libro que en su momento fue calificado como polémico, pero que hoy, es un referente obligado de la gastroenterología[7].

Recientemente se ha corroborado la hipótesis de Gershon, pues se ha descubierto que varios de los procesos que desencadenan muchas enfermedades mentales, al parecer, están dirigidos por proteínas producidas por las bacterias que se alojan en nuestros intestinos, mismas que ahora sabemos, se comunican con el sistema nervioso directamente interaccionando con el sistema inmunitario o a través de fibras nerviosas, o indirectamente liberando metabolitos[8] que pueden llegar al cerebro, afectando muchas de sus funciones[9].

De esta manera, enfermedades neurodegenerativas como el Alzhéimer, la enfermedad de Parkinson o la esclerosis lateral amiotrófica, podrían tener su origen en el metabolismo de éstos habitantes microbianos que son vitales para el metabolismo e incluso para nuestra respuesta inmunitaria.

Aunque los síntomas de la enfermedad de Alzheimer pueden variar mucho, los cambios que se producen en el cerebro comienzan a nivel microscópico mucho antes de que se presenten los primeros síntomas de pérdida de memoria, que generalmente es el primer problema que muchas personas notan. Y no estamos hablando del olvido que todos podemos tener en una acción tan cotidiana como perder las llaves, sino de algo lo suficientemente grave como para afectar la capacidad para funcionar en el hogar o en el trabajo, o para disfrutar de pasatiempos permanentes.

Es decir que es muy probable que la enfermedad de Alzheimer o el Parkinson, sean sólo la consecuencia del efecto metabólico indeseado de las proteínas bacterianas que se producen en nuestra barriga y que causan agregación de proteínas en el cerebro por medio de un mecanismo llamado “cross-seeding”[10], que permite empaquetar proteínas que se van acumulando, lo que genera una bajada de las defensas inmunitarias en el sistema gastrointestinal, que a su vez, aumenta la inflamación en el cerebro. A medida que se extiende el daño, las neuronas se atrofian y eventualmente, mueren.

Este descubrimiento sugiere que las alteraciones del cerebro que afectan su funcionamiento pueden estar causadas por problemas gastrointestinales, o incluso, por el uso descontrolado de antibióticos. Además, los estudios científicos han demostrado que hay relaciones entre los cambios en la microbiota intestinal y el ambiente, es decir que muchas de las patologías neurológicas también pueden ser iniciadas por golpes severos o repetitivos en la cabeza o en el vientre, así como por estar expuestos a situaciones cotidianas que impliquen mucho estrés.

Al parecer, el origen de la enfermedad de Alzheimer, y también del mal de Parkinson e incluso de trastornos psicológicos más comunes como la ansiedad, la depresión, el autismo, o incluso la esquizofrenia[11], pueden tener su origen en nuestras tripas, que por cierto, es el primer lugar que muchos pacientes refieren con dolor cuando tienen estrés.

Al parecer, las bacterias de nuestros intestinos influyen de manera definitiva en nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestra conducta. Por ejemplo, hoy se sabe que más del 90% de la serotonina y aproximadamente el 50% de la dopamina que circula por nuestro cuerpo, no se produce en el cerebro, sino en las tripas. Datos como éstos, comienzan a dar sentido y cierta lógica a que pacientes diagnosticados con colon irritable, también se quejen de insomnio, fatiga, agresión y depresión, o que el estrés se acompañe a veces de diarrea, que posiblemente sea una respuesta primitiva que el organismo presenta, para evadir las amenazas que ponen en peligro su estabilidad emocional.

Los nuevos tratamientos dirigidos a recuperar daños del sistema nervioso, deberían mirar fuera de él, particularmente al sistema digestivo, pues todo parece indicar que la clave para prevenir enfermedades mentales, está en la alimentación[12]

Hasta ahora, los experimentos realizados con ratones sugieren que una dieta alta en probióticos, favorece la rápida recuperación después de lesiones medulares, reduciendo los procesos inflamatorios en el sistema nervioso y facilitando la función motora. Así, es muy probable que en la próxima década exista una explosión de investigaciones que estudien la relación de la microbiota intestinal y el cerebro, que podrían establecer las bases hacia novedosos tratamientos para enfermedades neurológicas.

En resumen, las “mariposas en el estómago” no son un mito, sino la manifestación fisiológica de nuestros microscópicos inquilinos intestinales, que al parecer, son “el Santo Grial” de la investigación médica que promete curar enfermedades neurodegenerativas.

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[1] Algunos participan en el pensamiento, el aprendizaje y la memoria. Otros nos ayudan a ver, oír y oler. Otros ordenan a nuestros músculos cuándo moverse. Las células del cerebro funcionan como pequeñas fábricas. Ellas reciben suministros, generan energía, construyen equipos y se deshacen de los residuos. Las células también procesan y almacenan información y se comunican con otras células.

[2] http://www.gastrojournal.org/article/S0016-5085(06)02519-4/pdf

[3] Holtzman, D. M., Fagan, A. M., Mackey, B., Tenkova, T., Sartorius, L., Paul, S. M., Bales, K., Hsiao Ashe, K., Irizarry, M. C. and Hyman, B. T. (2000), Apolipoprotein E facilitates neuritic and cerebrovascular plaque formation in an Alzheimer’s disease model. Ann Neurol., 47: 739–747.

[4] El gen APOE-e4 es el primer factor de riesgo identificado para quienes padecen la enfermedad de Alzheimer. Otras formas comunes del gen APOE son APOE-e2 y APOE-e3. Se ha encontrado que todos heredamos una copia de algún tipo de gen conocido como APOE. Quienes heredan una copia del tipo APOE-e4, poseen un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer, y obviamente quienes heredan dos copias de este gen, tienen un riesgo aún mayor.

[5] La enfermedad de Alzheimer puede causar que una persona se confunda, se pierda en lugares conocidos, extravíe las cosas o tenga problemas con el lenguaje, lo que además empeora con el tiempo.

[6] Se recomienda leer las investigaciones lideradas por María Domínguez-Bello, microbióloga de la Universidad de Nueva York, recientemente publicadas en la revista Nature.

[7] The Second Brain: A Groundbreaking New Understanding of Nervous Disorders of the Stomach and Intestine, 1999, Columbia University Press.

[8] Producto que queda o se produce durante el metabolismo.

[9] En el laboratorio del profesor Robert Friedland de la Universidad de Louisville, en Kentucky (EE.UU.) han descubierto cómo la exposición a proteínas bacterianas llamadas amiloides, que tienen una estructura similar a las proteínas del cerebro iniciadoras de muchas enfermedades neurodegenerativas, permiten la formación de agregados en el cerebro de otra proteína, la alfa-sinucleína. Esta proteína alfa-sinucleína es producida por las neuronas, causándole daños irreparables o incluso muerte neuronal, asociada a la patología de enfermedades neurodegenerativas.

[10] https://www.era-learn.eu/network-information/networks/jpnd/a-call-for-european-research-projects-for-cross-disease-analysis-of-pathways-related-to-neurodegenerative-diseases/mechanisms-of-pathogenic-protein-cross-seeding-in-neurodegenerative-disorders

[11] Phillip G. Popovich del Centro de Recuperación de daños cerebrales y medulares en la Universidad del Estado de Ohio (EE.UU.), acaba de publicar un interesante estudio al respecto en la Revista de Medicina Experimental.

[12] John Cryan, neurocientífico de la Universidad de Cork, en Irlanda, demostró en su laboratorio que los ratones aislados de patógenos y con una dieta esterilizada, tenían más neuronas en regiones que controlaban la memoria que los ratones convencionales, sugiriendo el papel de la microbiota en la inducción de la neurogénesis en el estado adulto.

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