«Si un hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados».

Gandhi

Confieso que a principios de 2015, en una plática informal, un entrañable y muy inteligente amigo, entonces compañero de trabajo, cuyo criterio político mucho valoro y respeto, me dijo, palabras más o palabras menos: “Trump va a ganar la candidatura Republicana y la Presidencia de Estados Unidos”. De inmediato cundió una palpable sensación de estupor y todos quienes lo escuchamos, hasta nos burlamos de su comentario con cierta hilaridad. He de reconocer que mi amigo, supo leer mejor que grandes analistas políticos y encuestadores, el clima de la política norteamericana, donde el partido Demócrata se ha convertido en un partido de élites arrogantes y autistas, parecidas a nuestra clase política mexicana, que han abandonado amplios sectores de su electorado tradicional. Millones de ciudadanos están hartos de lo que ocurre en ese país, por eso, triunfó el mensaje radical de Trump.

Este modesto ensayo, es mi aportación para que mis lectores conozcan el origen de la personalidad de un tipo tan polémico e intransigente como Donald Trump, y que, a través de su lectura, puedan deducir las claves que pueden explicar el destino que nos espera, y las repercusiones en el escenario político mexicano, de cara al 2018.

El origen de Donald Trump.

En 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país. Aquel mismo año, arribaba a la joven nación un inmigrante alemán de 16 años llamado Friedrich Trump. Traía sólo una maleta y no sabía una palabra de inglés, pero su talento innato le llevó a cumplir el sueño americano y levantar un imperio económico, administrando hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro. Acumuló una fortuna y regresó a su natal Alemania con la intención de quedarse ahí para siempre, pero fue expulsado por eludir el servicio militar obligatorio. Aquella decisión cambiaría el rumbo de la historia. Hoy, 131 años después, otro presidente poco común se prepara para tomar el mando y, en este caso, cerrar las fronteras: Donald Trump, su nieto. Al pasado del abuelo se suma el del padre, Fred Jr., que recientemente ha sido vinculado con los grupos del Ku Klux Klan de los años 20 de Nueva York.[1]

Su madre fue una inmigrante escocesa que llegó a Nueva York buscando una vida mejor. Mary Anne MacLeod, no acudió al país de las oportunidades de vacaciones, como ha esgrimido Trump en numerosas ocasiones, sino que acudió a él en busca del sueño americano. De hecho, a sus 17 años, cuando arribó con sólo 50 dólares al que ahora es el país que gobernará su hijo, trabajó durante cuatro años como empleada doméstica, y fue en este periodo cuando conoció a Fred Trump, de procedencia alemana y quien ya tenía negocios del sector inmobiliario en los años 30. Así y según el periódico británico The National, la madre de Donald Trump, llegó como muchos migrantes mexicanos, huyendo de la pobreza que la acosaba en la isla escocesa.

Ver: Origen de Donald Trump

La personalidad

El republicano Donald Trump ha conmocionado a medio Estados Unidos y al mundo entero al derrotar a la demócrata Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Trump, un populista con un discurso xenófobo y machista, cuya personalidad puede parecer medio folclórica o hasta estrafalaria, por momentos pasando como simpática, y todo quedaría en anecdotario si no fuera porque ahora será el Presidente de los Estados Unidos. Trump, un presidente fuera de lo común que no sabe de política, que no lee libros, que no practica ningún deporte y que es conocido por su dieta insalubre.

No hay que ser un especialista para darse cuenta de que Donald Trump, sin lugar a dudas, es un patán, descuidado en sus relaciones interpersonales, impulsivo y desordenado, en suma, una persona incapaz de sostener una discusión seria sin atacar a sus interlocutores, con un carácter impredecible y errático.

En su discurso, pero más en sus acciones, Donald Trump demuestra una incapacidad para tolerar opiniones diferentes de las suyas, lo que lleva a reacciones de rabia que no se esfuerza en ocultar. Sus palabras y conductas sugieren una profunda incapacidad para sentir empatía por nadie que no sea el mismo o su círculo más cercano.

Donald Trump presenta unos rasgos narcisistas muy marcados, como su ostentación de la riqueza y sus ganas de buscar admiración. Por si esto no fuera lo suficientemente malo, hay que entender que el narcisismo generalmente está muy relacionado con otra vertiente de la personalidad y que es la megalomanía, es decir la creencia de que uno mismo tiene mucha importancia sobre lo que ocurre en su entorno y que se tiene el poder y el derecho de cambiar la vida de los demás tal y como uno quiere.

Es un hombre déspota, frío y calculador. Tiene muy poca consideración hacia la gente que él cree es inferior. Aunque las acusaciones de varias mujeres contra Trump no se sostengan en pruebas, es evidente que Trump es un tipo misógino y machista.  Siempre embiste con fuerza, sin medir las consecuencias de sus acciones.

Más que gobernar, Trump tiene un talento innato para la actuación y la teatralidad, un carisma que en su momento, también supo aprovechar Hugo Chávez, por eso, puede que haya momentos en sus discursos donde parece ser cálido, pero Donald Trump no deja de ser un “showman”, y muestra una imagen que puede llegar a ser perturbadora simplemente para estar allí donde se sitúan los focos de la prensa, sea cual sea el resultado, y claro, la prensa será buena sólo mientras no lo critique.

Trump se cree superior a los demás y trata a las personas como si fuesen inferiores. Se cree único y critica constantemente, pues así quiere demostrar que es poderoso y que es mejor que los demás. Este es otro de los rasgos característicos de las personas narcisistas: su facilidad de encasillar a los demás en roles de sumisión.

En multitud de ocasiones ha tratado a la gente con desprecio no por sus ideas, sino por su “condición innata”. Sus muestras de machismo son un ejemplo de ello, ya que muestran hasta qué punto cree que tiene razón sobre ellas por el simple hecho de ser un hombre.

Yo estoy seguro que, si hubiera perdido, aunque sea por un mínimo porcentaje de votos, hubiera “mandado al diablo a las instituciones”, empezando por el colegio electoral, organizado mítines, plantones o huelgas, y hubiera pasado los siguientes cuatro años destilando terror y criticando las acciones de gobierno de Hillary Clinton, y claro, buscando postularse una vez más. ¿Les suena parecido a alguien?

Ver: Biografía de Donald Trump

Sus seguidores

Sin embargo, el problema no es Trump, el problema son sus seguidores, fascistas que se alinean a una serie de mentiras e incoherencias, y que por ello lo ven como el único outsider capaz de derrotar al establishment que no ha sabido crear empleos y subir su autoestima. Esa enorme cantidad de güeritos, que vive en las comunidades rurales, ancladas en un universo familiar cerrado, que a menudo se rige por la violencia doméstica y el alcohol, y que representa el 70% del electorado de ese país. Esos que sistemáticamente han sido estereotipados por las clases más acomodadas e incluso por ellos mismos, y que incluyen a las chicas rubias casi sin estudios, que migran del campo a la ciudad con la esperanza de ser la siguiente conejita de playboy, o a los jóvenes atléticos que han cimentado el país con su patriotismo y como carne de cañón del ejército. Esa masa fanática religiosa ultraconservadora y doble moral, que viven en la difusa línea estadística que separa la clase media de la baja, con su trabajo en la fábrica de toda la vida, su camioneta y su casa eternamente hipotecada; esa “basura blanca” que sufre sin saberlo, una segregación clasista que viene desde hace mucho tiempo, que por ello se refugian en la fe, pero que apelan por su derecho a portar un rifle y matar a quien les plazca, y que por ello, son motivo de burla en películas, novelas y programas de televisión.

Por eso Trump ganó en “la América profunda”, en las regiones campesinas y en las ciudades blancas donde antes hubo industrias, en el país inmenso que pocos sospechábamos y donde 30 años o más de estancamiento se traducen en odio hacia “la elite de Washington” (comenzando por Hillary).

Y a ese ya de por sí numeroso grupo, hay que sumarles a los hispanos, pues, aunque Trump los escupió, los denigró, los injurió, los llamó violadores y criminales, les dijo que iba a construir un muro con México, vociferó que iba a revisar el acuerdo de libre comercio, y gritó a los cuatro vientos que los latinos les roban el empleo a los blancos estadounidenses, pues, aun así, votaron por él, en particular los de origen cubano que pertenecen a la vieja guardia, es decir, los que llegaron hace décadas resentidos con el régimen de Fidel Castro, y que por eso, no vieron con buenos ojos la decisión del Presidente Obama de flexibilizar el embargo estadounidense a Cuba, así como la abstención del gobierno norteamericano en el voto anual de las Naciones Unidas contra el embargo a Cuba. Esos que alcanzaron la residencia y la nacionalidad gringa con la ley de pies secos.

Trump supo capitalizar el malestar de la globalización que asfixia a su pueblo, que en su mayoría, no alcanza a percibir que la globalización es un invento del capitalismo salvaje, es decir, es un producto de los Estados Unidos que acabó con la esperanza de los países del Tercer Mundo, pero que también carcome a los Estados Unidos.

Por eso, Trump rompió todos los pronósticos de los sondeos y logró una victoria que aboca a su país y arrastra a México a lo desconocido. Trump cuenta con el apoyo masivo de los estadounidenses blancos más ignorantes, descontentos con las élites políticas y económicas, e inquietos por cambios demográficos acelerados, que paradójicamente pertenecen a estados con más peso en el colegio electoral. Por eso, aunque Hillary ganó casi tres millones de votos más que Trump, éste logró el triunfo. Trump cuenta con el apoyo de los hispanos que reniegan de sus orígenes latinos, pero que abarrotan los estadios cada vez que juega “el Tri”.

Esto dice mucho de la cultura en general del ciudadano norteamericano común y por lo visto, mayoritario: ignorante, racista, xenófobo, fanático religioso, misógino, violento, engrandecido y vengativo.

Los ingredientes del odio los conoce cualquiera que ha prestado una mínima atención a la campaña presidencial de Trump: denigra a los mexicanos, a los musulmanes, a los judíos, a los negros, a los inmigrantes en general, a los minusválidos, a los intelectuales y a las mujeres, especialmente las mujeres modernas, postfeministas e independientes, cuya imagen más visible fue la que él considera su rival, que incluso prometió llevarla a la cárcel. Insisto, su rival que no su adversaria, la demócrata Hillary Clinton.

Trump y el cambio climático.

No sólo él, todo Estados Unidos, es una amenaza para el planeta, es el país que más contamina, el que más genera y gasta energía de todo tipo y, desde luego, el que más basura produce.

Con la llegada de Trump a la Casa Blanca surge la incertidumbre. En un momento especialmente frágil, en el que comienzan a asentarse las bases para la transformación revolucionaria de nuestro modelo económico para hacer compatibles prosperidad y clima, la incertidumbre es un mal enemigo. En campaña, Trump se ha burlado de manera reiterada del cambio climático, despreciado a la comunidad internacional e insultado de forma reiterada a quienes, junto con su predecesor, el Presidente Barack Obama, han facilitado una era de entendimiento y colaboración cuyo fruto más evidente ha sido el Acuerdo de París.

A partir de ahora, nada bueno en particular, algunas dificultades adicionales y mucho menos margen para ir contra corriente del que, a priori, imaginamos. La peor parte se la llevan los americanos y quienes, en países pobres y vulnerables, confiaban en una financiación solidaria que, probablemente, no llegue a materializarse. Es dudoso, sin embargo, que logre hacer naufragar la cooperación internacional en materia de clima y transición energética.

En todo caso, ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos una persona más prepotente e ignorante de lo que en su momento fue el escéptico Bush que nunca quiso ratificar el Protocolo de Kioto.

Es probable que Trump paralice las iniciativas federales de Obama, que intente facilitar la inversión en fracking, la actividad petrolera o la industria minera. Es, sin embargo, mucho más incierto que haya un interés masivo por parte de la comunidad inversora en abrazar proyectos muy intensivos en capital, socialmente contestados y con retorno incierto en el medio plazo. Y es seguro que alcaldes, gobernadores y una nueva generación de empresas con grandes inversiones detrás para facilitar soluciones renovables, eficientes y movilidad eléctrica se queden con los brazos cruzados llorando en casa cuando esto es, precisamente, lo que reclama el mundo y una buena parte de los estadounidenses.

En el ámbito internacional, existen tres incógnitas: ¿reducirá Estados Unidos sus contribuciones financieras en materia de clima?; ¿abandonará el marco jurídico internacional integrado por la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático y el Acuerdo de París?; y el cambio de posición de Estados Unidos, ¿generará un efecto emulación por parte de terceros o el naufragio del modelo de cooperación en curso?

Es más que probable un cambio de tendencia en los esfuerzos de solidaridad internacional. En aplicación de la máxima “americanos primero”, puede haber recortes significativos en la financiación climática, con el consiguiente riesgo de que la indignación y el recelo hacia Estados Unidos resurja en terceros países, sobre todo en los más pobres y vulnerables. Quizás, en el medio plazo, esta actitud se corrija a la vista del interés comercial de bancos e industria americana por invertir en infraestructuras en economías en desarrollo.

Finalmente, falta por ver cómo reaccionamos los demás. Cada uno de los países firmantes del Acuerdo de París lo es por interés propio, por sentido económico y de desarrollo, por demanda social e industrial. La novedad más importante radica en la voluntad expresa de impulsar marcos de acción conjunta y compartir los riesgos del cambio. Si Estados Unidos se diluye, China no abandonará su estrategia, pero deberá decidir si quiere ocupar por sola o acompañada con otro actor global la posición de liderazgo que tenía junto con Obama o si se retira a sus cuarteles de invierno y se mantiene discreta en la escena multilateral.

Trump, ¿el nuevo Hitler?

Adolf Hitler, al igual que Donald Trump, comenzó siendo considerado como una broma de mal gusto, que después de varios intentos fallidos, llegó al poder. Tan sólo un día antes de la elección, era visto como un agitador de cantina que nunca llegaría a constituir un peligro serio. Incluso el día en que se convirtió en canciller se le consideró “un mero episodio”, un depositario provisional del cargo. Hasta los judíos creían que el canciller tendría que deponer la “vulgar actitud de un agitador antisemita”.

Hitler era un orador potente y cautivador que atraía a un gran séquito de alemanes desesperados por un cambio. Les prometió a los desencantados una mejor vida y recuperar la gloria perdida de Alemania, igual que ahora Trump usó el «Make America Great Again» («Haz de Estados Unidos, un gran país de nuevo»). Los asesores de Trump apelaron especialmente a la mayoría descontenta: los desempleados, los jóvenes y las personas de la clase media baja, propietarios de pequeñas tiendas, empleados de oficina, artesanos y granjeros, igualito que Hitler cuando escribió «Mein Kampf» («Mi lucha» en alemán).

Hitler utilizó los medios masivos a su alcance para popularizar su imagen, en particular, la radio que en esa entonces, era el medio con mayor penetración y alcance. Trump conoce bien el mundo de la televisión, que durante décadas lo ha tenido como invitado en numerosos programas, estuvo tras bambalinas en los concursos de belleza que denigran el valor de la mujer, y desde 2004 se sumó a la ola del interés por los reality show, como anfitrión del exitoso The Apprentice (“El Aprendiz”) -en sus diferentes variantes- por 14 temporadas, y donde aprovechó todas las tácticas que utilizan quienes producen este tipo de programas, y que se resumen en generar conflicto, conflicto y más conflicto, y que sirven para ganar más puntos de rating[3].

Lo que nos espera.

Han ganado los supremacistas blancos, los partidarios del rifle, los sexistas irredentos. Que nadie se llame a engaño: el machismo, ese prejuicio tan soterrado y poderoso, ha sido una de las causas por las que Clinton perdió. La ola populista global ha llegado a la Casa Blanca, “o estás conmigo o estás contra mí”, un símil al actual Presidente Maduro, herencia del Comandante Chávez en Venezuela. La razón es simple, al igual que el entonces candidato Hugo Chávez, Trump supo entender el hartazgo del pueblo hacia el grupo dominante visible, el odio y recelo con la clase política, la envidia con la élite que ostenta el poder y ejerce la autoridad, con esos mismos grupos con que la mayoría de los votantes estadounidenses identificaba a Hillary Clinton.

Coincido con el célebre politólogo Noam Chomsky, quien afirma que la popularidad de Trump se debe al miedo de una “sociedad quebrada” por el neoliberalismo, ese modelo macroeconómico donde el Estado se ha convertido en una oficialía de partes al servicio de una burguesía híbrida (nacional o extranjera), con interferencia de intereses políticos, que, lejos de impulsar, bloquean el desarrollo económico nacional, condenándolo al crecimiento mediocre y a la crisis perpetua.

Quien haya leído el laberinto de la soledad de Octavio Paz, en particular el capítulo donde describe a lo que él llama “Los hijos de la Malinche”, seguramente entenderá porqué alguien puede escupirnos en la cara y nosotros lamerle las botas, porqué los hispanos que viven en Estados Unidos, y en particular la mayoría de los hijos de mexicanos nacidos allá, carece de dignidad como para haber votado por Trump, y porqué el Presidente Peña, seguramente muy mal asesorado, tuvo el desatino diplomático de invitarlo a México y de con ello, repuntar su influencia en los sectores más conservadores de los Estados Unidos.

Las consecuencias

Como parte de su campaña para llegar a la Presidencia, Donald Trump publicó en 2015 un libro de propaganda con un curioso título: “Crippled America“. Allí describe la forma en que se propone convertir a unos Estados Unidos “lisiados” de nuevo en un gran país.

En el libro, Trump expone su posición sobre la inmigración ilegal, que indica que la gran mayoría han llegado a mejorar su futuro y el futuro de sus hijos. También escribe que a pesar de su pasado afiliación al Partido Demócrata , que siempre ha mantenido conservadores valores. Trump informa al lector que a pesar de su anterior apoyo a la atención de salud de pagador único , una posición ocupada en su mayoría por los liberales en los Estados Unidos, que ha cambiado su posición porque “Funciona muy bien en Escocia, por ejemplo, y tal vez se podría haber trabajado aquí, en una hora diferente. Pero ya no más “.

Trump escribe que se había opuesto a la guerra de Irak , viéndolo como una fuerza desestabilizadora potencial, y ve a la intervención militar como último recurso porque “He visto sus cuerpos rotos, sabe todo acerca de los horrores que viven en sus cabezas, y la enorme efectos del trauma “. Sobre el tema del préstamo de un millón de dólares que le dio su padre para comenzar su fortuna, dice que probablemente se habría dado un préstamo similar a él por un banco. En otros lugares, Trump refleja que su enfoque en su trabajo era la causa de sus dos divorcios.

Trump admite que hace afirmaciones hiperbólicas porque “si usted no tiene miedo de ser franco, los medios escribirán sobre usted o pedir que venga en sus programas.” Se justifica esta estrategia diciendo que él es un hombre de negocios y “¿Cuándo fue la última vez que vio un cartel que cuelga fuera de una pizzería reclamar ‘el cuarto mejor pizza del mundo’?!”

Pero quizás la frase más contundente, es su alocución a Mike Tyson, donde afirma que como el gran campeón de boxeo, hay que dar siempre “el primer golpe”.

Su eslogan de campaña “America great again” significa volver a los años 50, cuando un empleo en Ford o en Chrysler era la dicha, cuando la gente era blanca, machista y protestante, cuando Eisenhower mandaba sin preguntarle a nadie en el planeta.

¿Qué hacer?

Comparto con mi admirada colega María Emilia Beyer, un sentimiento de profunda tristeza por esto que pasó. Ella misma comentó en su muro de Facebook, que su papá, el gran neuroendocrinólogo Carlos Beyer Flores (1934-2013), dejó de responder a las múltiples invitaciones que le hacían científicos de los Estados Unidos, durante el periodo del hasta entonces, peor presidente que habían tenido en ese país, George W. Bush, (incluso peor que su padre, George H. W. Bush o que Ronald Reagan). Ahora, ni los republicanos como los Bush, votaron por el que se convirtió en el Presidente Electo de la nación más poderosa e influyente del mundo.

El pueblo alemán de 1932 se equivocó trágicamente cuando votó a Hitler, de la misma manera que pienso, el pueblo estadounidense se ha equivocado al elegir a Trump. Pero ¿por qué está sucediendo de repente todo esto? ¿Qué es lo que saben esos votantes ignorantes para portarse así? Pues saben, o sienten, que no le importan a nadie. Que esta democracia supuestamente representativa no les representa en absoluto. Que hay una distancia astronómica entre sus problemas y la clase política. Que la mayoría de los políticos no trabajan para el bien común, sino para su propio provecho. Y que el sistema es una maquinaria férrea, inmutable y ajena que les aplasta una y otra vez: la crisis mundial la están pagando los ciudadanos más desfavorecidos.

La democracia, que tiene a su favor la transparencia, nos muestra una y otra vez todos los fallos del sistema, su corrupción, su hipocresía. Y la gente ignorante, harta de no sentirse ni siquiera escuchada, se vuelve hacia los profetas antisistema, hacia los populistas, los nacionalistas o simplemente hacia los tiranos teocráticos extremistas ue tienden al terrorismo como ISIS. Están detrás, creyéndolos puros y distintos.

Un trágico error que vamos a pagar todos con sangre, porque fuera del sistema democrático sólo está la guerra y el poder del que puede conquistar al más débil.

Desde alejarse del camino de la democracia hasta atentar contra los balances geopolíticos, el magnate debe ser visto como una amenaza global.

El Holocausto que comenzó con la “Noche de los cristales rotos”, provocó la muerte de seis millones de judíos. Entiendo que el mundo es otro, pero el odio y sus efectos, siempre son los mismos. Escribo, simplemente, para que quede constancia de lo que espero, no suceda.

Para que la democracia siga funcionando hace falta devolverle la legitimidad y la credibilidad que ahora parece haber perdido. Tenemos que elegir políticos de verdad, es decir, servidores públicos en toda la extensión de la palabra, que se sientan parte de la sociedad, y no parte de una élite artificial e injusta que pomposamente hace llamar “la clase política”.

Tengo pendiente por mis amigos avecindados en ese país, pero más por este México, que con un vecino poderoso y hostil como lo es Estados Unidos, deberá fortalecer su gobierno, especialmente en temas como la corrupción y la seguridad.

Se dice que Porfirio Díaz un día exclamó: ‘Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos’. Hoy, la desgracia del país es que está demasiado cerca de Trump y muy, diría yo, extremadamente lejos de la gobernabilidad.

Sólo espero que Donald Trump sea como la mayoría de los políticos, es decir, que no cumpla sus promesas de campaña.

Epílogo

El nuevo presidente de los Estados Unidos dice estar preocupado por los problemas de la gente, pero su falta de sensibilidad hacia las necesidades de las minorías, revela que no se preocupa demasiado por lo que es un poco diferente a él mismo.

Una de sus propuestas más contundentes es la de construir un muro que separe a México de los Estados Unidos, lo cual revela su manera de pensar segregadora y excluyente. Del mismo modo, ha defendido la idea de que haría que los mexicanos pagaremos por esa barrera, una postura muy alejada del ánimo conciliador y negociador que se suele esperar en un presidente, y que se parece más a los nazis que hacían cavar su tumba a los judíos antes de ejecutarlos.

En sus discursos, no han dejado de sonar declaraciones racistas y xenófobas, no solo contra los mexicanos sino también contra la comunidad musulmana, y no dudo que quiera implementarlas a punto de decretos, pues seguramente no entiende los contrapesos de su cargo, se siente un rey, un monarca, no un presidente en un sistema republicano.

Lo curioso es que, el efecto mariposa podría hacer que en las próximas elecciones presidenciales en México, llegara al poder un candidato independiente o de algún partido de izquierda, que sepa vender espejitos a las masas, y que logre identificar su discurso con lo que quieren escuchar, especialmente si es capaz de enfrentarse a Trump.

Ese candidato o candidata que pueda amalgamarse con las características del mexicano promedio: individualista, pero con un enorme sentimiento de pertenencia por su familia, que, por ello, asume un sueño común pero que no ve más allá de la inmediatez de su círculo primario, desconfiado de las élites en el poder y por ello, resentido y nostálgico, pero que al mismo tiempo es corrupto, machista y fervientemente religioso.

En resumen, el próximo presidente de México muy posiblemente será quien tenga la habilidad de ganarse la confianza de ciudadanos como “El brallan”[2], que no reconocen en el fondo otro ethos que el del bienestar personal y familiar, ni otro derecho que el de resolver su vida con los medios a su alcance, aun cuando al hacerlo, perjudiquen éstos o no a su comunidad y a su nación.

Y estoy seguro que esto es una posibilidad evidente, porque las elecciones serán determinadas por los “millenials” jóvenes de entre 20 y 35 años que forman parte de las clases medias y que proceden, en su mayoría, de zonas más urbanas que rurales, que son producto de un sistema educativo que los ha hecho crecer alejados del interés en los asuntos nacionales, y que votarán sin dudarlo por quien les pueda dar garantía de que contarán con buen empleo, es decir bien pagado y con muchas prestaciones, entre ellas, la de llegar a la hora que quieran o faltar cuando les venga en gana, y que en su discurso les venda un México igualitario en el que se respeten las leyes y no exista la corrupción.

 

Referencias consultadas

[1] The Trumps: Three Generations That Built An Empire (Los Trump: Tres generaciones que construyeron un imperio), actualizado en una reciente edición como The Trumps: Three Generations of Builders and a Presidential Candidate (Tres generaciones de constructores y un candidato a la presidencia), donde la periodista Gwenda Blair investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones. Ver: http://www.elespanol.com/reportajes/grandes-historias/20161111/169983417_0.html

[2] “Pus chale carnal”  https://aviladorador.wordpress.com/2016/10/29/pus-chale-carnal/

[3] Cinco tácticas de Reality Shows que ayudaron a Donald Trump. Tim Swift. BBC News, Washington.  http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-36571412

Leer: AMLO y Trump. ¿En qué son similares? http://notiencontraste.com/amlo-y-trump-en-que-son-similares/

Para cerrar con una sonrisa…

trump-y-hitler-coincidencias-pendejas

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