Confieso que durante la pubertad compraba un poco menos de tortillas para poder financiar mi naciente gusto por los “Space Invaders“, un videojuego muy simple, que según los estándares actuales, está clasificado como apto para todo público, ya que su clasificación es “E” por “Everyone” (cualquier persona). Por supuesto, cuando mi madre descubrió que mis iniciales encabezaban la lista de vagos que tenían los mejores récords entre quienes jugaban en “las maquinitas” de la farmacia de la esquina, rápidamente dedujo que la menor cantidad de tortillas, no era por un problema en la balanza, sino que era mi estrategia para financiar mi naciente adicción a los videojuegos, que, por cierto, quedó nulificada después de la “calentadita” que me propinó mi papá cuando mi madre me acusó.

Paradójicamente fue de forma violenta como terminó mi afición por los videojuegos, mismos que ahora son cada vez más crueles y más violentos, y que nos parecen “normales” que así lo sean. Y si bien, nadie ha podido demostrar que esta creación de contenidos violentos tenga relación con el incremento de conductas violentas en quienes los juegan, tampoco nadie ha podido demostrar lo contrario.

Lo que nadie puede negar, es que l@s niñ@s, son grandes consumidores de este tipo de contenidos, pasando una media de 2-3 horas diarias delante de pantallas, y mucho de ese tiempo, se la pasan “matando” gente para avanzar niveles en algo que parece sólo un juego.

Se ha de tener en cuenta que l@s niñ@s son los que tienen menos recursos críticos para filtrar los mensajes que reciben y ven. Muchas veces no son capaces de diferenciar entre la fantasía ofrecida a través de los videojuegos o las series de televisión, y la realidad. Por ello, l@s niñ@s se convierten en los eslabones más vulnerables frente a los contenidos transmitidos. Es decir, l@s niñ@s practicamente, no entienden la relación entre la muerte, la violencia y la diversión.

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En series de televisión como “El patrón del mal” que escenifica la vida del narcotraficante colombiano Pablo Escobar, l@s niñ@s encuentran una ventana a un mundo que los asombra: lujos, dinero, poder, fiestas, viajes, camionetas blindadas, glamour,  y admiración popular, lo que hace parecer que ser violento y vivir de la violencia, vaya, que ser un asesino, puede ser una meta en la vida. Esta triste manera de trivializar la crueldad.

Existe la otra cara de la moneda, l@s niñ@s que viven en el abandono, en especial a los más pobres, donde a la tragedia de esta cultura de hacer apología del crímen, se suman la drogadicción y el alcoholismo. Y no hablo sólo del abandono de los padres o de la familia, sino de una sociedad consumista que los condena a una vida carente de oportunidades para superarse.

Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), 21.4 millones de niños y adolescentes mexicanos viven en la pobreza, de los cuales más de 2.5 millones padecen la miseria y el abandono.

Esos menores de edad, son los más susceptible a ser reclutados por las bandas del crimen, tanto improvisado como el organizado. Lo cierto es que antes de cometer delitos, l@s niñ@s y los jóvenes inician con conductas antisociales caracterizadas por un patrón de desprecio y violación de los derechos de los demás, algo que la psiquiatría define como un trastorno antisocial de la personalidad, que inicialmente se suele manifestar con conductas crueles hacia otr@s niñ@s, o con torturas, golpes y castigos a los animales, en particular, a perros o gatos.

Cuando los niñ@s alcanzan la juventud, dichos trastornos se manifiestan por el fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, actos que son motivos de detención, deshonestidad, utilizar alias, estafar, impulsividad o incapacidad para planificar el futuro, irritabilidad, peleas o agresiones, despreocupación imprudente por su seguridad o por la de los demás, incapacidad de mantener un trabajo o de hacerse cargo de obligaciones económicas y carencia de sentimientos de culpa.

Y para muestra, basta un botón: el tristemente caso de Edgar Jiménez Lugo, alias “El Ponchis”, quien nació el 6 de diciembre de 1996 en San Diego California. El niño sicario, como se le conoce, es un joven de escasos veinte años de edad, que fue detenido en 2010, cuando tenía apenas catorce, por la tortura y degollamiento de cuatro personas, delito que sólo lo mantuvo en prisión hasta cumplir la mayoría de edad.

Hijo de un carnicero que se dedicaba a la matanza y comercialización de pollos, y a asaltar en sus ratos libres o cuando la venta iba mal, y de una narcomenudista, que como pareja, estuvieron bajo investigación por maltrato a sus hijos.

Por violencia intrafamiliar y actividades criminales de los padres, la corte federal de Estados Unidos otorgó la tutela de Edgar y sus 5 hermanos a la abuela paterna, quien vivía en Xochitepec, Morelos. La familia sobrevivió gracias a la pensión alimenticia que el gobierno estadounidense había otorgado a los niños en razón de su ciudadanía.

Cuando Edgar tenía 8 años falleció su abuela, a partir de entonces los tíos paternos adoptan a los hermanos, y a Edgar le tocó mudarse con una tía originaria del Distrito Federal, dedicada al servicio doméstico. Edgar refiere haber iniciado a consumir drogas desde los 11 años, fumaba 10 cigarros al día, a los 12 inició con la mariguana, llegando a consumir 4 cigarros al día. A esta misma edad comenzó a consumir alcohol, y finalmente, a los 14, se volvió adicto a la cocaína, una línea a la semana y 20 piedras al día.

Edgar estudió hasta el segundo año de primaria, es decir, es casi analfabeta. Hasta antes de su detención vivió en Tejalpa, Morelos. Los ilícitos por los que fue sentenciado son: delitos contra la salud en su modalidad de transportación de cocaína y mariguana, posesión de armas de fuego de uso exclusivo del ejército, armada y fuerza área, violación a la Ley Federal contra la Delincuencia Organizada con fines de secuestro y homicidio doloso.

Para mí, Edgar, “El Ponchis”, el “Niño Sicario”, es sólo el resultado de una sociedad que ha banalizado la violencia, a normalizado la agresión y que se acostumbra a la muerte. Donde un videojuego se convierte en una forma de entrenamiento virtual y en alta definición, para matar y para ser muy violento.

La forma banal de matar en los videojuegos dice mucho de esa sociedad violenta que somos, donde la muerte adquiere su dimensión más inmediata y fulminante, y justo desde ese ángulo se convierte en pulsión: la pulsión de matar, y también la simpleza de matar para ganar.

Sin cambiar de tema, no menos inquietante es la evidencia de que las armas están hechas para banalizar el mal. La pistola banaliza la muerte más que el cuchillo, al hacerla más distante e inmediata, y las armas crónicas robotizadas la simplifican todavía más. Es la muerte a distancia y el verdugo, que puede estar a kilómetros de distancia, se aleja de la víctima para que su sangre no le salpique y así le deje menos huella en la conciencia. Se trata de la banalización suprema de la muerte gracias a la tecnología. ¿Banalizar el mal sería algo normal? Sí, ciertamente es algo normal y asumido por todos los pueblos a lo largo de nuestra historia.

Admiramos a los grandes conquistadores y a los grandes guerreros, y a no pocos de los santos de la iglesia católica, todos ellos, grandes asesinos. Quizás por ello admiramos también a los deportistas que patrocina Red Bull, porque practican disciplinas de mucho riesgo, porque a su manera, banalizan la muerte y la vida, y con ello, creemos que elevan su naturaleza humana sobre esa permanente banalización de la muerte.

Toda vez que vivimos con el mal, tendemos a banalizarlo, y seguimos nuestra vida como zombis que deambulan sumergidos en esa banalización. No nos asombremos si algunas veces en la historia, esa banalización se apodera íntegramente de nuestra vida hasta saturarnos de miedo, o arrebatarnos a un ser querido.

Todo Estado se puede convertir en una máquina inquietante de banalizar el mal. En situación de guerra, el Estado llega a banalizar la muerte hasta extremos inconcebibles, pero paradójicamente, en situación de ‘paz’ también seguimos promoviendo la violencia.

La vida media de uno de aquellos jóvenes estadounidenses que llegaban a Vietnam era de una semana. Sangre joven mezclándose continuamente con el lodo de la selva, y televisado en directo para hacerlo más sádico e impactante.

México, oficialmente no está en guerra, y sin embargo, nadie se siente seguro y casi todos hemos sido víctimas de algún crimen, y por eso, vivimos con miedo. Sin embargo, gracias a la banalización de la muerte que ha impuesto el automóvil y la idea de burlar las leyes de la física a toda velocidad y, generalmente drogados hasta la embriaguez, películas como “Rápido y Furioso” se convierten en sagas muy taquilleras. Y todo está bien hasta que alguien cercano sufre un accidente automovilístico que lo deja lisiado o que termina con su vida.

“El Ponchis”, nació en una sociedad enferma de un cáncer que la consume día a día, el cáncer del negocio más sanguinario, el narcotráfico y la idea de matar como parte del ‘trabajo’. ¿Cabría pensar que cuanto más banal es un individuo, más va a banalizar el mal?

¿Por eso los sicarios matan como parte de su ‘trabajo’? ¿Por eso nos parece ‘normal’ que nuestros medios de comunicación o nuestros videojuegos sean violentos? ¿Por eso no nos asombra que las series sobre narcos se puedan ver a cualquier hora? ¿Por eso nadie se inquieta de que los niños puedan entrar sin restricciones a funciones de lucha que pomposamente llamamos ‘artes marciales mixtas’, donde los oponentes se golpean casi hasta la muerte?, o peor aún, a muchos les parece ridículo que muchos hagamos protestas contra la tauromaquia, simplemente porque a muchos les enseñaron que torturar a un animal hasta su muerte, es un “arte”. 

Además, la observación de escenas de dolor, horror y sufrimiento dan lugar a sentimientos que el niño va a descargar después, de forma continua o bien durante o después de la observación de programas de contenido violento, es decir, después de ver escenas que impliquen la destrucción, lesiones o daño (físico y/o psicológico) a personas, animales o cosas, el niño tenderá a reproducir la violencia.

Claro que aun así, no todos l@s niñ@s que ven estos contenidos van a tener trauma psicológico, pero sí es probable que estos eventos sean potencialmente traumáticos, porque lo que vemos tiene efectos en las áreas emocionales e influye en nuestros intereses y motivaciones, y en nuestra interpretación de la realidad. Quienes han estudiado los efectos de la violencia en la televisión, han encontrado que l@s niñ@s y adolescentes imitan la violencia que observan en ella; se identifican como víctimas o victimarios; gradualmente aceptan la violencia como manera de resolver sus problemas. 

Cuanto más violencia ve el niño en las pantallas, en los viodeojuegos, o entre más asista a las luchas o a las corridas de toros, a las peleas de gallos o a las charreadas, menos sensibilidad emocional tendrá ante la violencia real, y será más probable que pasará a usar la agresión como respuesta a las situaciones conflictivas en las que se vea inmerso.

El Estado puede proclamar, siguiendo pautas convencionales que le exige la sociedad, el rechazo de toda forma de violencia, de cualquier manera, cada quien es responsable de lo que decide ver. No podemos poner en duda que la mente humana es bastante compleja, hasta cuando banaliza el mal. No en vano, toda banalización del mal a gran escala, suele empezar en las altas esferas mucho antes que en las bajas.

¿El futuro que le espera a las nuevas generaciones es unirse al crimen organizado, una tristemente célebre carrera delictiva que los llevará directo a la cárcel o la tumba?, O bien, luchar por una nueva sociedad más justa, tarea que quienes decidimos ser docentes, de por sí, ya asumimos.

¿Sería además riesgoso afirmar que un estudiante tiene poco rendimiento escolar a causa de que vive en un entorno violento? No obstante, hay que admitir que un ambiente violento es más difícil facilitar el aprendizaje, y que es muy probable que la sobreexposición a la violencia termine por retrasar el desarrollo intelectual.

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 ¿Porque a l@s niñ@s les enseñamos a ser empáticos con los demás, a preocuparse por los demás (personas y animales), y al mismo tiempo los llevamos a una corrida de toros o los dejamos jugar videojuegos agresivos o los dejamos ver las peleas de la UFC, donde aprenden que los adultos disfrutan, gozan y se divierten al ver a un animal morir, al ver como se golpean entre sí dos personas sin piedad, o cómo hacerle para ser un asesino más eficaz, como un sicario virtual que avanza en un “inofensivo” videojuego, eso, digan lo que digan, es ser incongruentes con la empatía. Eso es ser contradictorio, eso, es un caso más de nuestra doble moral.

Muchos padres se están ‘insensibilizando’ ante el contenido sexual o de violencia de series, películas o escenas de televisión, ya no les afecta, esto hace que puedan ser menos propensos a proteger a sus hijos de este contenido. Al parecer el fenómeno que se esta dando es que aumentan los padres que están ya ‘inmunizados’ o desensibilizados  ante este tipo de contenido, por eso, no les afectan, y si aparece en sus televisores, no le prestan atención. En los restaurantes, yo he llegado a pedir que quiten el box o las luchas de las pantallas, y a veces, siento que me consideran un exagerado porque les digo que no es cómodo comer mientras mi instinto se mantiene alerta. Pero me llama la atención que familias con hijos pequeños, resten importancia si sus hijos están viendo algunas escenas de este tipo.

Sin embargo, la violencia deja de parecer un juego cuando se convierte en un delito que se comete contra alguien cercano a nosotros, y toma una dimensión aún mayor, cuando justamente los golpeados, los agredidos, los asaltados, los violados o los asesinados, son nuestros amigos, nuestros familiares o nosotros mismos.

Paradójicamente “Space Invaders“, según el criterio de mi madre, era un juego violento. Ahora hasta se recomienda para desarrollar la motricidad fina.

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