Si yo encontrara un alma, como la mía, cuantas cosas secretas, le contaría…

Fragmento de la canción “Alma mía” de María Grever

Cuando daba clases de biología de secundaria en un colegio privado, mi jefe, el Director, me regaló el último libro escrito por uno de los más grandes científicos que han pisado este planeta, Francis Crick[1], titulado “La búsqueda científica del alma: una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI” (editorial Debate, 1995).

Con este sugestivo título, Crick -y su colaborador, Christof Koch, a quien está dedicado el libro- proponen una estrategia de investigación para poder conocer qué es lo que ocurre exactamente en el cerebro humano cuando vemos algo.

El mensaje de la obra es que ha llegado el momento de pensar científicamente sobre la consciencia (y su relación, si la tiene, con la hipotética alma inmortal) y, lo que es más importante de todo, el momento de empezar el estudio experimental de la conciencia de un modo serio y deliberado.

La hipótesis revolucionaria de que habla Crick es que usted, querido lector, sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y de moléculas asociadas. Tal como lo habría dicho Lewis Carroll, en “Alicia en el País de las Maravillas”,  somos un montón de neuronas.

Salvo la conclusión de Crick sobre el límite evolutivo del cerebro, el libro me parece ampliamente interesante, y por ello, muy recomendable. Por supuesto, nada que ver con el supuesto “descubrimiento científico” de la existencia del alma a nivel celular, publicado con bombo y platillo en la versión electrónica de la revista “Año Cero”[2], y según la cual, “nuestras almas están contenidas en estructuras llamadas microtúbulos de las neuronas”.

Es una tristeza que, como bien lamentaba Carl Sagan[3], nuestra inteligencia y el interés natural que desde niños tenemos por buscar entender las maravillas del universo, se desperdicie en cualquier absurda idea, como andar buscando comprobar la existencia física del alma, concepto que por cierto, corresponde al campo de la filosofía, que no al de las ciencias experimentales[4].

Para mí al igual que para el gran Carl Sagan, esta supuesta afirmación ‘científica’ de la ubicación cuántica del alma, es algo tan inmensamente inútil e inverosímil, como creer en el efecto mágico de los cuarzos[5], en la fotosíntesis humana[6], en el detector molecular ‘gt200’[7], o creerse todo lo que dice Jaime Maussan en Televisa o Giorgio Tsoukalos en el History Channel. Es casi como creerse todo lo que dicen en los infomerciales de televisión de productos con efectos “científicamente comprobados”, vaya, es tan estúpidamente ingenuo como creer que hay profecías escritas sobre el fin del mundo, que existieron civilizaciones fundadas sobre conocimientos alienígenas ancestrales, o tan inútil como tratar de demostrar la existencia de la mítica Atlántida.

Pensar siquiera en el concepto ‘científico’ del alma, es tan tonto como pensar que toda la mitología (recalco MITO logía) -sea griega, azteca, china o hebrea, o la que sea-, es válida. Es como suponer que las divertidas aventuras escritas por la autora británica J. K. Rowling en “Harry Potter”, o que la genial novela de fantasía “Momo” escrita por Michael Ende, o que la versión para adultos del clásico juego de “Calabozos y Dragones” conocida ahora como la serie de televisión “Game of Thrones” son reales o están basadas en hechos históricos, o que estamos al punto del colapso de los principios de la biología como se expone en “The Walking Dead”,  o que somos descendientes de la casta humana que luchó al lado de los Hobbits y los Elfos en “El señor de los anillos” de J. R. R. Tolkien, o que la astrología es válida en sus dichos.

#NoMeChinguen

Que pena que “habiendo tantas cosas en la ciencia real, igualmente excitantes y mucho más misteriosas, que de verdad presentan un desafío intelectual mucho mayor, además de estar mucho más cerca de la verdad”[3], aun hay gente que pierda su tiempo e invierta recursos en identificar la naturaleza del alma.

Moraleja: Como bien menciona el gran Martín Bonfil[8], la gente es libre de creer lo que quiera, pero a veces la charlatanería es peligrosa. Al menos, resulta siempre ofensiva para la inteligencia.

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[1] Francis Crick fue, junto con James Watson, galardonado con el premio Nobel de Medicina de 1962 por haber realizado uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la ciencia para la comprensión de la naturaleza de la vida: la estructura molecular del ADN (premio que según yo, debió también ser compartido de manera póstuma con Rosalind Franklin) Ver: http://www.dgdc.unam.mx/assets/publicaciones/cuadernos-de-periodismo-cientifico/cpc_01.pdf
[2] http://www.xn--revistaaocero-pkb.com/secciones/mundo-futuro-nueva-conciencia/cientificos-demuestran-alma-no-muere-sino-vuelve-al-universo
[3] Sagan, C. (1997) El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad. Editorial Planeta.
[4] Ver http://filosofia.org/aut/jrp/ab13.pdf
[5] Si tiene tiempo como para perderlo, puede leer http://todoazen.com/entrada/el-poder-curativo-de-los-cuarzos/
[6] Sólo para que vean que no es invento mío, pueden leer esta oda a la estupidez en http://www.fotosintesishumana.com/
[7] Por si anda deprimido y quiere reír un rato: http://eleconomista.com.mx/columnas/columna-especial-politica/2011/10/13/detector-molecular-gt-200-otros-inventos-chafas
[8] Esto sí, siempre vale la pena leerlo: http://lacienciaporgusto.blogspot.mx/
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