Recuerdo que la palabra “naco”, la escuché por primera vez en un programa de televisión, donde Luis de Alba, un comediante que por cierto es egresado de la Universidad Iberoamericana, con su personaje de “El Pirrurris”, ridiculizaba a gran parte de sus compañeros de generación, hablando de manera exageradamente “fresa”, “o sea, ¿vez?, en “buenísima onda”, “o sea, ¿tú me entiendes, no? “uff”.

Ahora, mis estudiantes casi no usan la palabra naco, aunque la entienden, prefieren usar el calificativo de “chaka”, para referirse a algo feo, pasado de moda, vulgar o simplemente naco. Pero, ¿qué es el naco?, ¿qué es algo naco?, ¿quiénes son los nacos? ¿todos somos nacos?

Según la propuesta ochetera de Televisa y el Pirruris, el naco es el tipo de la calle, el que creció en el barrio. Ese que es vulgar pero que cae bien. Que puede ser grosero y alburero, pero que termina por robarte una sonrisa. El naco es “El Chido”, aquel que recitaba: “Yo soy Juan Camaney, bailo tango, masco chicle, pego duro, tengo viejas de a montón… Tu ru rú”. Pero mis alumnos, ya tampoco se acuerdan de “El chido”, ellos si acaso, recuerdan al “Barnaby” (creación del gran Eugenio Derbez) y a “La Chupitos” (de Liliana Arriaga), o a “El compayito” una mano cerrada y con el dedo pulgar como boca, creada por Edson Zúñiga, comediante más conocido como “El Norteño”, que también Televisa se ha encargado de popularizar, y que junto con “Estetoscopio Medina Chaires” creación que al igual que “Brozo” es producto de la imaginación del genial Víctor Trujillo en su paso por Imevisión (ahora TV Azteca), o el inolvidable “Wash & Where” de los Polivoces, son reinterpretaciones del peladito del barrio que hiciera tan famoso al gran Cantinflas, y que recuerdan a Amelia Wilhelmy y Delia Magaña en su famosa intervención como “La Guayaba y la Tostada” de la época de oro del cine mexicano.

Esa misma fórmula para hacer reír a partir de nuestras propias miserias, que ahora se replica en los memes que se hacen virales en las redes sociales. Y no hablamos de Cantinflas, del Chido, del Barnaby o de la Chupitos, hablamos de “El Brayan”, “El Brandon”, “El Kevin”, “El Yonatan”, “El Eduard”, “El Derek”, “El Duglas”, “el Yeferson”, “La Yeny”, “La Britany” o “La Kimberly”, nombres de origen anglosajón, que particularmente en las clases populares, se han hecho cada vez más comunes, sin importar si están mal escritos o si se pronuncian bien (como es el caso del famoso  James Rodríguez, estrella del Real Madrid, que afirma que su nombre se pronuncia así, “James”, que no yeims, de un correcto inglés).

Pues yo puedo presumir que hace poco conocí a “El Brallan”, que en realidad se llama Horacio, pero que al igual que su multicitado tocayo, es novio de “La Kimberly”, y por eso, sus compañeros de la ruta lo apodan así, “El Brallan”.

Él no muestra molestia con el sobrenombre, al contrario, lo toma a risa como casi todo en su vida; así como demuestra su amor por “La Kimberly”*, poniendo el nombre de su amada a todo lo largo de la visera que tiene su camión para protegerlo de los reflejos del Sol.

De clase humilde, pero con apariencia autóctona, “El Brallan” es un mexicano que forma parte de esa raza cósmica que Vasconcelos llamaba “La Raza de Bronce”, que conserva la fortaleza azteca pero que se asume más español porque es güerito. “El Brallan” es un tipo de complexión delgada pero con pancita chelera. Un personaje muy divertido que se apega con recelo a la descripción que hiciera Samuel Ramos (1992)[1], pues es un carismático chofer de camión que demuestra su virilidad tocando su pene, apoyando a un equipo de futbol (en este caso, a las chivas), y mentándole su madre a todos los que lo rebasan o se le cierran.

“El Brallan”, va por la vida pitorreándose de ella, queriendo ser el “padre” de amigos y enemigos. Es un as al volante y lo sabe, pues no le importa acelerar a más de cien y dar cerrones y cambiarse de carril, porque al fin y al cabo, “tiene bien medida su unidad”. “El Brallan”, es la esencia de lo que Don Carlos Monsiváis llamaba “la estética de la naquiza“: alburero y dicharachero, portador de una ideología sin complejos, si no revolucionaria, sí trabajadora y esforzada que le permitió a él y a su familia, obtener un pedazo de cerro en el Municipio de Nicolás Romero, carente de drenaje y luz, pero donde fincó su casita que es “su patrimonio”.

Igual como lo menciona Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad, “El Brallan” habla de manera fluida y sin complicaciones, identificando a todos como güeyes y dejando que toda su conversación utilice alguna forma del verbo chingar y adjetivando todo con la palabra madre. “El Brallan”, es un auténtico “Hijo de la Malinche”, todo un hijo de la chingada que considera la capacidad lactante más allá del pecho materno, pues todo para él “son mamadas”, que a veces y según la persona, refieren a una felación, pero que aun así, dan risa.

“El Brallan” es producto de la mezcla híbrida  de la migración campesina con los diferentes sectores sociales de las zonas urbanizadas más jodidas que rodean a la Ciudad de México. “El Brallan” es un mexiquense como miles que habitan los cinturones de pobreza que hace no mucho eran cerros verdes, y de los cuales extrañamos la pureza que daban a este Valle.

“El Brallan” no se define como cholo, pero se viste a la gringa, por eso, usa sus pantalones a la cadera y sus tenis son unos Converse®, y su playera (seguramente hecha en China), es de “Las Chivas”, pero su sudadera forma en el pecho la palabra “GAP”, que cuando le preguntas ¿qué significa?, te dice casi comiéndose la risa porque te pusiste de “a pechito”, “pus Gente Adicta al Porno jefe,  ja ja ja”.

Cual pachuco del siglo XXI, “El Brallan” usa su ropa muy holgada y trae su llavero atado a una cadena que también sirve “por si se arman los madrazos”, para lo cual también carga un mini-bate de béisbol y morralla para aventar por la ventana “por si ya no alcanza al culero que se le cerró”.

Este chofer es un tipo que sabe de mecánica y de electricidad, pero que juzga inútil el conocimiento de los principios científicos que aprendió en secundaria, eso para él, es “puro choro”. Por supuesto, “El Brallan”, es un hombre de fe, se asume guadalupano y se encomienda a San Juditas Tadeo, tiene su cruz gigante con un cristo sangrante en medio de su parabrisas, tan grande que parece que la robó de una tumba. Sin embargo, también se encomienda a la Santa Muerte, y tiene grabado el lema “si no regreso, estoy con Dios”.

“El Brallan”, no se desgasta en idealismos ni se aferra a nada, vive apurado para sí y crea una trinchera mental que le impide ver más allá de lo tangible. Al menos, él es dueño de su camión y no sufre por juntar para la cuenta. Para él, sólo el presente es lo que importa, lo que está viviendo en ese momento es lo que vale, por eso, ni sufre ni se acongoja, por eso no envejece, por eso se la pasa “a todo dar”, pues además, recibe apoyos del gobierno y se afilia al seguro popular.

Él no se considera chavo banda, pero al igual que muchas otras tribus urbanas, es hijo de la clase proletaria, proveniente de asentamientos irregulares y de barrios bajos y bravos; es un joven como muchos otros miles en este país que no concluyó la educación ni nunca tendrá un título universitario, pero que gana más dinero que muchos con doctorado en este país.

Él es feliz a su modo. Siempre está sonriendo y por eso te hace el camino más agradable.

Muchos de mis alumnos son como “El Brallan”, o al menos lo son hasta que la educación hace la magia de convertirlos en profesionistas. Yo mismo creo que llevo parte de esta esencia naca en mí, y nunca voy a dejarla por completo. Yo también soy hijo del barrio, pero a diferencia de muchos de mi generación, tuve la fortuna de contar con la oportunidad de estudiar, y de entender que matricularse como estudiante universitario te cambia la vida para siempre, y no por el título, sino porque te da la oportunidad de acercarte a la cultura, al conocimiento y al arte.

¡A huevo!

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[1] Ramos, Samuel (1992), El perfil del hombre y la cultura en México, México. 53-54 p. 

Por cierto, para quienes les guste este rollo de profundizar en el origen de la idiosincrasia del mexicano, les recomiendo leer, además de ” El laberinto de la soledad ” del gran Octavio Paz (1950), obras como: “La raza cosmica” de José Vasconcelos (1925) y “La región más transparente” de Carlos Fuentes (1958). Y más recientes: “México mestizo“, de Agustín Basave, editado por el Fondo de Cultura Económica en 1992; “La jaula de la melancolía: identidad y metamorfosis del mexicano“, de Roger Bartra y “México profundo: una civilización negada“, de Guillermo Bonfil Batalla, ambos editados por Grijalbo en 1987; y específicamente para los ancestros de “El Brallan”, no dejen de leer el libro “Jóvenes, bandas y tribus” de Carles Feixa, publicada por  editorial Ariel en 1998, y que tiene varias actualizaciones en sus ediciones posteriores. 

*Que por cierto, se llama así, porque según “El Brallan”, sus suegros encontraron ese nombre en una caja de Kleenex®, 😁. #NoMeChinguen

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