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En México existen 114 Universidades Tecnológicas, que salvo la Ciudad de México, operan en todas las entidades federativas del país. Dicho subsistema inició en la década de los 90´s como un esfuerzo nacional por ampliar y diversificar la oferta educativa con un modelo académico inspirado en la experiencia exitosa de los Institutos Universitarios de Tecnología de Francia.

Éstas universidades fueron creadas con la intención de cubrir el sector más pobre del país, es decir, que todos los jóvenes de escasos recursos tuvieran mayor oportunidad de realizar estudios de nivel superior, y que en un corto lapso de tiempo, es decir, que en sólo dos años, pudieran obtener un título de Técnico Superior Universitario, que les permitieran integrarse al campo laboral dentro de su misma comunidad. Por esa razón, el modelo curricular formativo de las Universidades Tecnológicas se diseñó para ser eminentemente práctico y para ser aplicado a grupos reducidos, lo que metodológicamente justificó que el aprendizaje se centra en el modelo de formación por competencias laborales.

Sin embargo, en la obsesión de favorecer la formación para el trabajo, las Universidades Tecnológicas generaron programas de estudio muy reducidos en contenidos, y con formas de evaluación muy laxas. Ésto no fue un problema tan relevante en el contexto nacional, sino hasta que se decidió convertirlas en escuelas que ofrecen estudios completos a nivel licenciatura, con lo cual, indirectamente se asumió el reto de formar egresados que estuvieran a la altura de sus pares egresados de otras universidades a nivel nacional e internacional.

Es bajo esta óptica que el paradigma de las Universidades Tecnológicas se volvió altamente criticable, pues nunca estuvo pensado para orientar el desarrollo de la inteligencia del estudiante, sino más bien, y más directamente, para que aprendiera a aplicar sus conocimientos en determinados ejercicios y desempeños laborales según su perfil de egreso. Y esto que podría considerarse su mayor virtud, se ha convertido en su talón de Aquiles, pues al centrar su esfuerzo en la empleabilidad de sus egresados, las Universidades Tecnológicas han terminado por limitar el acervo cultural de sus estudiantes, quienes por ello, ven limitadas sus posibilidades reales de desarrollo intelectual.

Esto explica que los egresados de las Universidades Tecnológicas carezcan aun del reconocimiento social y público que tienen sus pares de otras universidades, pues si bien obtienen un par de títulos con cédula profesional (uno de Técnico Superior Universitario y otro de Ingeniero), solamente son indicativos de su cualificación laboral según las competencias adquiridas a lo largo de su trayecto formativo, más no de su capacidad creativa basada en el conocimiento pleno de su especialidad.

Además, en el afán de masificarlas, las Universidades Tecnológicas paulatinamente han perdido su esencia: sus programas educativos ya no se sustentan en estudios de factibilidad reales, sus planes y programas de estudios no se revisan continuamente para actualizarlos en función a las necesidades del sector productivo, y la vinculación Universidad-Empresa se ha convertido en una forma disfrazada de ofrecer mano de obra gratuita que justifica las estadías que a su vez, respaldan el título que se otorga, generalmente sin el respaldo de la rigurosidad académica que debería.

El pasado jueves 13 octubre de 2016, en el salón Hispanoamericano de la sede de la SEP, el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer, encabezó la celebración del 25 aniversario del subsistema de Universidades Tecnológicas, donde actualmente cursan sus estudios 245 mil alumnos. Durante su intervención, el secretario de Educación Pública, mencionó que “la educación tiene el poder de transformar vidas y que la transformación de México únicamente se va a poder lograr con una educación de calidad“, atendiendo a esta reflexión, quienes trabajamos en las Universidades Tecnológicas, debemos ser capaces de repensar la pertinencia de su modelo.

Reflexionar sobre las finalidades de las Universidades Tecnológicas es la primera condición para promover una educación tecnológica consciente y responsable de la orientación de su función educativa. La segunda condición será la elaboración de propuestas prácticas que permitan alcanzar esas finalidades en el aula pero con una mejor y más sólida formación teórica. En este sentido la educación tecnológica, aparentemente la más práctica de las enseñanzas, no debe negarse a repensar sus fundamentos teóricos, por el contrario, puede y debe rescatar aquellas tradiciones de la filosofía de la tecnología que puedan ser útiles para una adecuada fundamentación del modelo.

La formación profesional y superior en las Universidades Tecnológicas tendrá que tener en cuenta las diversas especificidades y relaciones entre el diseño tecnológico y su ejecución, entre la innovación y el desarrollo. Y no se trata sólo de preparar y adaptar a nuestros estudiantes para integrarse con éxito al mercado laboral, sino de no dejar que su formación académica renuncie a los principios de cientificidad, de certeza o de verdad de los conocimientos, que además, permita que alcancen a desarrollar la capacidad de juzgar críticamente otros conocimientos y con ello, que logren ser los ciudadanos críticos y solidarios que tanto necesita este país.

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