El pasado 27 mayo de 2016, el Presidente de la República entregó el Premio a la Investigación de la Académica Mexicana de Ciencias 2015 y el Premio de Ciencia y Tecnología 2015 en una ceremonia celebrada en la Residencia Oficial de Los Pinos. Durante el evento, el entonces Secretario de Hacienda y Crédito Público, Dr. Luis Videgaray, mencionó que “…la ciencia, tecnología e innovación, han dejado de ser una opción para los países y actualmente es no sólo una obligación, sino un imperativo para México. Por eso, a pesar de las dificultades económicas que vive el mundo en su conjunto y los ajustes presupuestales que se han realizado en el país, la prioridad está en aquellos sectores que se protegen, para que no observen disminuciones, la instrucción del Presidente de la República, Enrique Peña Nieto en la preparación de lo que será el presupuesto de egresos de la federación para 2017, es blindar la ciencia, tecnología e innovación y la educación superior”.

Cuando el Dr. Videgaray mencionó este discurso, no fuimos pocos quienes -en el ámbito científico- lo festejamos. La continuidad de ciertas políticas de Estado siempre lo son, especialmente en un país con una gran tradición de investigadores y que ha sabido reponerse a momentos críticos, como cuando se dio la hiperinflación de los años ochenta del siglo pasado.

Sin embargo, el cambio de mando en la Secretaría de Hacienda, al parecer, si tuvo repercusiones en la propuesta de presupuesto enviado por el Poder Ejecutivo a los legisladores, mismo que incluye un recorte de más de 8 mil millones de pesos al presupuesto de ciencia. Dicho proyecto de egresos 2017, propone un gasto federal para el sector en su conjunto (que incluye a todas las dependencias y secretarías ligadas a éste) de 70 mil 513 millones de pesos, cifra menor en 9.3 por ciento a los poco más de 76 mil millones que se aprobaron para 2016. De ese total, el rubro más perjudicado es el ramo 38 que incluye al CONACYT, al que se asignarían 26 mil 963 millones, esto es, más de 7 mil millones menos a los 34 mil 10 que se le aprobaron en 2016, 23.3 por ciento menos en términos reales (considerando la inflación).

Si bien es cierto que todas las áreas del gobierno padecerán recortes y que la ciencia no puede ser la excepción, el recorte que se pretende hacer a este rubro, puede tener muchos efectos negativos en proyectos de largo plazo en la que debería ser el área más estratégica para el desarrollo del país, y es evidente que se da marcha atrás con la promesa de seguir invirtiendo en “la economía del conocimiento“.

La reducción del presupuesto del CONACYT, implicará la interrupción y cancelación de numerosos programas de investigación científica e innovación tecnológica en curso, que seguramente afectará proyectos de equipamiento e infraestructuras, pero sobre todo, será un duro golpe al dinero que reciben los estudiantes de posgrado.

Justamente por esa razón, el día de ayer, se llevó a cabo el 1er Foro Nacional “Hacia una política de Estado, en educación, ciencia y tecnología”, organizado por la Comisión de Ciencia y Tecnología de la LXIII legislatura, donde varios colegas estuvimos explicando a los diputados, la manera cómo funciona la ciencia en nuestro país, que cómo supondrán, no es tarea fácil, por la simple, pero al mismo tiempo, poderosa razón, de que la mayoría de nuestros legisladores no aprecian la belleza del conocimiento científico.

Y no, no es que sean políticos sin formación científica elemental, en realidad el problema viene justamente de su formación escolar. En México, el sistema educativo está diseñado para aniquilar la curiosidad científica de nuestros niños y adolescentes, pues en lugar de enseñarlos a pensar y a cuestionarse todo, en lugar de enseñarlos a dudar, las clases de “ciencia” se estructuran para darles un montón de respuestas, antes de que siquiera se hayan dado el tiempo de hacerse las preguntas, con lo que se pierde toda la magia de la motivación que produce la curiosidad.

Por eso, ayer no fue sólo discutir cuánto dinero del presupuesto debe ser destinado a la ciencia, sino sobre las políticas que se deben instrumentar para supervisar el uso de dichos recursos.

Pienso que como país se requiere más inversión pública en investigación científica, pero antes que eso, debemos generar cultura científica en la población en general; que los alumnos integren el pensamiento científico a su vida cotidiana. La ciencia real, la que se hace en las universidades, los institutos o los centros de investigación, no se construye a través de un método científico cual si fura una receta de cocina, sino que es una manera de ver el mundo que es confiable y que es la base de la civilización y de la economía mundial. Por eso, debemos hacer lo posible porque la gente deje de creer en la homeopatía o en el zodiaco, o que piense que los programas de Jaime Maussan o de Giorgio Tsoukaloses son ciencia, y peor aún, que ellos son científicos.

Por eso, creo que es necesario que la ciencia se destine prioritariamente a las micro, pequeñas y medianas empresas, y no a las grandes transnacionales que ya la aprovechan (y que por eso son poderosas).

Habría que aumentar el nivel de investigación en las universidades y crear más centros, pues siempre he creído que nos falta más ciencia en todos lados y no sólo en la UNAM o en el Politécnico.

Yo, antes que nada, he sido y seré siempre un enamorado de la ciencia, y quizás por eso puedo atrapar a muchos jóvenes cuando me escuchan o me leen, porque aunque no se dediquen a la ciencia, aprenden a valorarla y entienden su importancia.

¿De qué sirve gastar millones en formar doctores que no tienen trabajo o que van a dejar el país para hacer ciencia en otras latitudes?

Por ahora, escríbale a su Diputado y a su Senador en sus redes sociales. Dígale lo que podemos perder si se recorta el presupuesto destinado a la ciencia.

Use los hashtag #PorMásCyT y #SileCortasalaCiencia

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