Alrededor del año 1590, a inicios del Renacimiento, y en plena crisis de la religión, ocasionada en parte por la reforma protestante, y en otra parte por las revolucionarias ideas de Copérnico afirmando que la Tierra se mueve, un holandés, llamado Zaccharias Janssen, adaptó un tubo para que fuera soporte de dos lentes, lo que le permitió obtener una lupa muy potente. A partir de entonces, hay evidencia de diversos artefactos que sirvieron de base para que, en 1655, un arquitecto inglés llamado Robert Hooke perfeccionara este instrumento para poder observar cortes muy finos de la corteza del alcornoque, e identificara pequeños huecos que le resultaron muy similares a las celdas de los conventos de las monjas, a los que por esa razón llamó precisamente así, “células” del latín cellula, diminutivo de cella, que significa ‘hueco’.

Es en este contexto en el que surgen en Italia sociedades secretas, integradas por hombres de ciencia, interesados por el conocimiento de la verdad. Una de ellas fue la Academia de los Linces. En 1624 Cesi, uno de sus miembros fundadores, pidió a Cornelius Drebbel y a Galileo que le fabricaran un occhialino, instrumento que hace que los cuerpos muy pequeños se vean muy grandes. Cesi recibió sus occhialinos de cada inventor, que le sirvió para que él y los otros Lincei observaran superficies, y aunque rara vez seccionaron o disecaron tejidos, sí se interesaron en observar insectos y sus partes, en particular a las abejas, que fue el insecto más estudiado, pues era el emblema heráldico de la poderosa familia Barberini, a la que pertenecía Urbano VIII, el papa reinante en esos años. Esta sociedad publicó la Micrographia, el primer libro en el que se describían las observaciones de varios organismos realizadas a con microscopios, entre las que destaca la famosa Melissographia, que fue presentada como una forma de halagar al pontífice.

Para abril de 1625, el entusiasmado y sorprendido Giovanni Faber, miembro de esta sociedad, encontró el nombre adecuado para este poderoso instrumento: «Dado que fue hecho para la observación de cosas muy pequeñas, decidí llamarlo, por analogía con el telescopio, como microscopio (del griego mikros, pequeño y skopein, mirar)”.

Sin embargo, el impacto de este instrumento no alcanzó a popularizarse en la investigación, sino hasta que un vendedor de telas neerlandés, Antonie van Leeuwenhoek construyó varios microscopios simples, digamos portátiles, que le permitieron profundizar en el estudio y conocimiento de los tejidos orgánicos, descubrir las levaduras, describir los glóbulos rojos, el sistema capilar y los ciclos vitales de los insectos. Además fue el primero en observar las bacterias, los protozoos y los espermatozoides. Sus investigaciones sirvieron para refutar la doctrina de la generación espontánea y sentaron las bases de la bacteriología y la protozoología, pero sobre todo, le permitieron convertirse en un muy famoso e influyente científico de su época.

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