Me comentaba una persona que admiro mucho y de quien puedo presumir su amistad y cercanía, que durante uno de los acalorados debates del Consejo Universitario de la máxima casa de estudios del país, justamente cuando se estaba planteando el cambio de paradigma de la enseñanza positivista, enciclopédica y catedrática, digamos de los planes “Tradicionales”, a los nuevos modelos basados en el desarrollo por competencias, uno de los más connotados juristas de este país se levantó de su asiento con sus viejos apuntes en la mano, y con esa voz firme que lo caracterizaba gritó que, al menos él, “no estaba dispuesto a ponerse a preparar clases otra vez”.

Supongo que eso debió haber sucedido en la época en que yo ingresé a realizar mis estudios de licenciatura en biología, pues justamente entonces me informaron que sería parte de la primera generación de un nuevo plan de estudios conocido como “plan unificado” que justamente resultaba de conjuntar lo mejor de los dos planes vigentes hasta entonces: el plan tradicional y el plan modular.

El plan “Tradicional”, con sus ligeras modificaciones, estaba sustentando en el programa por asignaturas diseñado y operado desde los años 1950 y 1960 en la Facultad de Ciencias, en tanto que el plan “Modular” estaba organizado en tres etapas: la primera aportaba las bases fisicoquímicas de los procesos biológicos; la segunda, atendía el estudio de los procesos biológicos en distintos niveles de organización, y la tercera estaba dirigida a iniciar al alumno en la investigación científica.

Como quiera que hubiera sido la intención, en los hechos los docentes que me dieron clase en la licenciatura, en su gran mayoría, siguieron dando sus clases igual que siempre: aplicando los mismos exámenes, haciendo las mismas prácticas, repitiendo los mismos ejemplos y con el mismo enfoque del catedrático tradicional. Así que por lo visto, el catedrático que se manifestó en aquella sesión del consejo universitario, seguramente era la voz de muchos maestros que siguieron usando sus viejos apuntes para dar sus clases.

Más allá de la anécdota, este dato parece ser algo que con frecuencia ocurre con los seres humanos, y que resulta ser más emblemático en el caso de quienes nos dedicamos a la educación. Es un hecho que el cambio de paradigma, particularmente en las instituciones educativas, modifica el equilibrio de las fuerzas vigentes, lo que genera incertidumbre entre el personal que ahí labora. Y es justamente la incertidumbre y poca claridad del cambio como tal, lo que genera la resistencia al mismo.

En consecuencia el éxito de implementar un cambio curricular depende en gran parte de la planificación del mismo, de la claridad con la que se presente lo que se pretende lograr y de la relación que se desarrolle entre el interventor o agente del cambio y los involucrados en el mismo, es decir entre los docentes y sus alumnos.

Tradicionalmente los procesos de formación se han caracterizado por estar centrados en la enseñanza más que en el aprendizaje. No obstante, al igual que en otros países, existe una tendencia a señalar el aprendizaje como objetivo fundamental de los procesos de formación. La implementación de la formación por competencias demanda una transformación radical, más no inmediata, de todo un paradigma educativo, implica cambios en la manera de hacer docencia, en la organización del sistema educativo, en la reflexión pedagógica y sobre todo de los esquemas de formación tan arraigados por la tradición.

Y el cambio más importante será poder formar a nuestros estudiantes para realizar aquello que les corresponde y que así puedan resolver los problemas que se presenten. En resumen, que tengan siempre en cuenta la responsabilidad como su principal valor. Y siendo de esa manera, la responsabilidad debe empezar desde el propio docente.

En este sentido, y teniendo como referencia toda mi experiencia como docente frente a grupo, he podido comprobar que la palabra enseña, pero que el ejemplo es lo único que realmente educa y por ello, forma, y que siendo coherentes con este principio de la educación por competencias, nuestras acciones tienen mayor impacto en la formación de nuestros estudiantes que todo el discurso que podamos darles. De nada sirve pedirles honestidad, respeto y trabajo, si nosotros mismos somos los primeros en eludir nuestra responsabilidad frente a grupo.

No niego lo valioso que deben haber sido los apuntes de aquel catedrático que se enorgullecía de estarlos usando después de muchos años frente a grupo, pero de ahí a pensar que la actividad docente es valiosa sólo por los años de experiencia, es negarse la posibilidad de conocer nuevas maneras de hacer las cosas y de con ello, descubrir nuevas formas aprender.

Si un maestro que apenas lleva unos cuantos meses frente a grupo tiene mejores resultados o resulta ser más didáctico que aquel que lleva lustros repitiendo lo mismo, entonces quizás, y aludiendo a la misma persona que me compartió la anécdota del catedrático que defendía sus amarillentos apuntes, diré que al maestro se le debe medir desde tres perspectivas: el dominio de los temas que imparte, su experiencia frente a grupo y su grado de actualización, que no es otra cosa, que su capacidad de adaptarse a los cambios.

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