Cuando se ejerce la docencia, con frecuencia se invoca la libertad de cátedra, como un elemento indispensable y un derecho irrenunciable. Sin embargo, esta no sólo persigue proteger la ideología del profesor, sino que también garantiza la libre expresión y divulgación de ideas, lo que resulta de gran beneficio para el alumno, quien recibe una enseñanza plural y libre.

Es en este sentido que la libertad de cátedra empata con la libertad de aprendizaje del alumno, el cual, por medio su propia construcción de ideas, participa activamente en el proceso de su formación, siendo de esta manera libre de orientar sus propias ideologías, sin que esto repercuta negativamente en su evaluación, pero siempre y cuando sea dirigido por el mejor criterio y la experiencia de profesor.

En este orden de ideas, la libertad de cátedra no debe entenderse como una justificación para cualquier tipo de actuación docente, pues debe existir un límite basado en la obligación que tiene todo profesor de ejercer su profesión con responsabilidad, la cual debe sujetarse a los elementos básicos de la organización, tanto escolar o universitaria y laboral en lo general, como aquella que determina cada institución en lo particular.

Una de las funciones primordiales del docente es la de desarrollar la creatividad en sus estudiante, y una manera de lograrlo es permitiéndoles que sean ellos mismos quienes propongan las actividades a realizar, siempre y cuando el maestro tenga la plena capacidad de delimitar las ideas planteadas, no permitiendo que éstas resulten descabelladas, fuera del contexto del ámbito escolar, que conlleven algún riesgo innecesario o que por su naturaleza sean causa de malos entendidos.

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