Es evidente que en México no se ha considerado importante a la investigación científica. El nuestro, es un país en el que históricamente se ha apoyado poco a la investigación, porque nuestra cultura política sólo apunta a lo que da resultados inmediatos y a lo que se ve y se puede presumir en los informes.

Particularmente en épocas electorales, nos saturan con publicidad carísima y en general de muy mala calidad que inunda los medios masivos de comunicación sobre lo que hacen los gobernantes, pero nunca alcanza el dinero para que las universidades, los centros de investigación o los laboratorios donde se hace ciencia puedan seguir realizando su valioso trabajo.

En nuestro país, durante casi 20 años, la inversión pública en ciencia se ha mantenido casi constante entre el 0.3 y el 0.4% del PIB (producto interno bruto) con una participación privada también muy reducida. Por esta razón, la Ley de Ciencia y Tecnología y la Ley General de Educación mandatan, en el sentido de que se debe destinar cuando menos el 1% del PIB como presupuesto para desarrollar ciencia, tecnología e innovación, y poner al país en la ruta del crecimiento económico y social basado en el conocimiento.

Hay que reconocer que durante la presente administración del Presidente Enrique Peña Nieto, se ha incremento significativamente el presupuesto para este rubro, pasando de 59,300 millones de pesos en 2012 a más de 88,000 millones en 2015, sin embargo, estas cantidades son apenas suficientes para cubrir una parte de las necesidades identificadas en el Programa Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación (PECiTI), mediante convocatorias inéditas como el Programa de Cátedras dirigido a incorporar investigadores jóvenes, y los programas de vinculación academia-industria, de innovación y de atención a problemas nacionales, que en su conjunto han fortalecido a los grupos de investigación de clase mundial en un buen número de disciplinas científicas que abarcan las ciencias exactas, las naturales, las sociales y las humanidades.

Sin embargo, nunca será suficiente sólo becar estudiantes destacados o usar los recursos para invitar a expertos, adquirir aparatos o reactivos, o para comprar libros o realizar suscripciones a bases de datos o a revistas científicas, o para asistir a congresos científicos. Además del incremento en la inversión económica, la sociedad mexicana debe desechar los añejos dogmas sobre el papel de la ciencia en la sociedad.

Como sociedad, los mexicanos debemos avanzar en la construcción de una cultura del conocimiento, en la que la ciencia sustente y apoye nuestras decisiones y nos permita tener una mejor opinión con respecto a las acciones de quienes nos gobiernan.

Para entender mejor esta idea, basta con remontarnos al 29 de abril de 2009. Ese día, los mexicanos nos enteramos que existía una pandemia de influenza de la cepa A (H1N1), que oficialmente entró a México el 17 de marzo del mismo año. Éste fue el primer país en reportar casos de este tipo de gripe en el continente americano y en el mundo entero.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los primeros casos se detectaron el 11 de abril de 2009 en el estado de Veracruz. Se especula que el inicio de la pandemia haya tenido como origen la condición de las Granjas Carroll en el municipio de Perote de ese estado. Al mes la pandemia se extendió por varios estados de México, Estados Unidos y Canadá, para exportarse a partir de entonces, con aparición de numerosos casos en otros países de pacientes que habían viajado a México y Estados Unidos.

El 29 de abril de 2009, la Organización Mundial de la Salud (OMS) clasificó el brote de gripe A (H1N1) como de nivel de alerta cinco; es decir, pandemia inminente. Ese nivel de alerta no define la gravedad de la enfermedad producida por el virus, sino sólo su extensión geográfica. Después se elevó el nivel de alerta a seis. Y claro, cuando aparece un evento de esta magnitud donde nos sentimos en riesgo inminente, y no se sabe qué hacer, es entonces que las autoridades desesperadas buscan resolver en un día lo que durante años no atendieron.

Este brote de influenza que sufrió la población mexicana en 2009 puso al descubierto carencias en torno al estudio científico y social ante este tipo de fenómenos. En ese momento, la Secretaría de Hacienda anunció que había un presupuesto de seis mil millones de pesos “para apoyar acciones de preparación, respuesta, adquisición de insumos e investigación sobre el brote de influenza” y el gobierno del DF ofreció un millón de pesos a la institución o al investigador que presentara “un método eficiente de diagnóstico” y otro millón “a quien desarrollara la vacuna”.

Su llamado a las instituciones de educación superior, centros de investigación, laboratorios y organizaciones no gubernamentales se hizo durante el periodo crítico de la epidemia (última semana de abril y primera de mayo de 2009) y solicitaba presentar propuestas “antes del 4 de mayo”.

Estos anuncios dan fe de la preocupación gubernamental frente al problema de salubridad que se enfrentaba, pero solamente quien no tiene idea de lo que significa hacer investigación, del tiempo y formas de trabajo que requiere, de la manera como se consiguen los resultados, plagada de errores, equivocaciones y esfuerzos que no conducen a nada o de hallazgos en los lugares menos esperados y en temas que parecen poco relacionados con el que se investiga, pueden suponer que es posible que en unos cuantos días un científico o un grupo de investigadores sean capaces de resolver un asunto de esta naturaleza.

La manera de pretender resolver la epidemia puso en evidencia la forma de funcionar de nuestro sistema político: pensar que se le puede encontrar solución de la noche a la mañana si se da dinero, hacer medidas espectaculares en reacción a lo inmediato pero que no miran a largo plazo. Pero además, la epidemia hizo evidente que algo que puede parecer puramente epidemiológico, siempre puede rastrearse hasta lo social y lo político. Por ejemplo, se puede analizar desde la respuesta inmediata del gobierno, las medidas que tomaron las autoridades sanitarias y las respuestas a ellas de parte de los ciudadanos, hasta la forma como el problema trajo consecuencias económicas y en las relaciones internacionales de nuestro país.

En México y en el mundo, los edificios se caen menos a consecuencia de la actividad sísmica que porque se construyan mal, y eso sucede, generalmente, porque se usan materiales baratos o insuficientes; y ésto a su vez, sucede porque se corrompió a quienes debían supervisar la obra y entonces hace falta entender la cadena que lleva, de la corrupción como forma de funcionamiento social, al desastre y la fatalidad.

Una inundación, tiene que ver no nada más con la cantidad de agua que cae del cielo, sino con decisiones políticas y con intereses económicos que hacen que las presas se construyan o no en ciertos lugares, que se abran o no las compuertas en ciertos momentos, que convenga tenerlas a cierta capacidad, etcétera.

Hacer ciencia es algo más amplio de lo que la nayoría supone: la investigación exige el largo plazo, el trabajo sobre muchos temas aunque de manera inmediata parezcan no servir e incluso no tengan aplicación o no conduzcan al desarrollo de una teoría científica, o a una aplicación tecnológica.

El camino de la ciencia, como casi cualquier actividad humana, no es directo ni unidireccional. Siempre hay obstáculos, y según la evidencia histórica, al menos en ciencia, la distancia más corta entre dos puntos no siempre resulta ser una línea recta.

El no darle importancia a la investigación tiene que ver con una característica de la cultura nacional: el desinterés por la prevención y la planeación. Buena parte de la soberanía de México radica en la capacidad que tengamos para detectar y anticipar problemas. Mientras en países como Alemania se hacen planes para los siguientes diez y veinte años, entre nosotros suceden cosas como que estamos casi a mediados de año y hay instituciones que aún no saben si van o no a recibir el presupuesto del año que está corriendo, pero eso sí, cuando llegue, deberán gastarlo antes de noviembre o lo pierden.

Aquí no se piensa en el largo plazo y los planes se ajustan a los cambios políticos y a las personas que ocupan puestos directivos. Por eso sucede que se anuncian proyectos y se firman convenios que no se llevan a la práctica o que si se llevan, se dejan caer en cuanto se quita el reflector, pasa la moda del momento o sale de su puesto el funcionario que lo apoyaba.

En el caso de la influenza, se tuvieron que mandar las muestras del virus a laboratorios en Estados Unidos y Canadá, lo curioso es que al mismo tiempo México tenía un laboratorio y personal altamente capacitado para realizar estudios sobre el genoma humano. Este hecho es un ejemplo de la disparidad típica de un país que no cree en serio en la ciencia y de unos gobernantes que no tienen la menor idea de lo que significa hacerla.

Si alguien en México hubiera conseguido hacer la vacuna contra esa variedad de influenza, cuando la requería el gobierno, seguramente no hubiera sido obra de la urgencia o la casualidad, sino porque hay años y años de investigación atrás, pero eso no significa que así se deben seguir atendiendo y enfrentando los problemas, pues como sucedió, apenas pasó la emergencia, todo volvió a ser igual: no se volvió a hablar del asunto.

Además el efecto de la urgencia no fue sólo en las altas esferas del poder, también en la sociedad, porque una vez pasado el susto, dejamos de limpiar, dejamos de tener alcohol en gel en las escuelas o en nuestros lugares de trabajo, y dejamos de lavarnos seguido las manos o a estornudar sin tener cuidado de no esparcir gérmenes.

México es el país más rezagado entre los que pertenecen a la OCDE en cuanto a gasto en investigación y desarrollo, y lo seguirá siendo mientras no se considere que es necesario apoyar firmemente y con acciones contundentes la investigación científica. Y eso parte del hecho de ser muy selectivos desde la formación de nuevos cuadros en carreras científicas y de ingeniería. También debe considerar apoyar decididamente y por largo plazo la investigación científica en ciencias exactas, ciencias naturales, ciencias experimentales y también en ciencias sociales, pues como dice el físico Ian Sigal, “así como la educación es para enseñar lo que ya se sabe, así la investigación es para conocer lo que no sabemos”.

Mientras no se entienda que la investigación no puede estar condicionada a resolver de manera inmediata ciertos problemas que le interesan a los políticos o a los comerciantes, ni puede atenerse a tiempos fijos, ni puede depender de la burocracia tanto de abajo como de arriba (por igual una secretaria que un jefe de departamento o un director general o el secretario de estado e incluso el presidente), que no se puede guiar por cambios sexenales y por los modos de funcionamiento típicos de un sindicato, mientras no se escuche a los académicos, a los que estudian y saben y se pretenda resolver todo solamente desde la política, México seguirá siendo el mismo y los problemas llegarán y se irán sin que sepamos cómo ni por qué.

Si con este aumento reciente a casi el 0.5 por ciento del PIB, las cosas en ciencia están subsistiendo al límite marginal, cualquier cambio permitirá incorporar a gente bien preparada en las áreas de innovación de tecnología. Así, tan necesario es un aumento en el presupuesto que se destina a la investigación científica como una actitud autocrítica dentro de la comunidad científica que permee desde ahí al resto de la sociedad.

Nuestros gobernantes tienen que suministrar el combustible económico necesario para que la ciencia manifieste su potencial a plenitud, y la comunidad científica debe renovar su compromiso social, favorecer el trabajo colaborativo en contraste con el trabajo individualista y promover la innovación sin descuidar la generación de nuevos conocimientos.

De igual forma, las empresas debieran buscar los cimientos de su competitividad, no en la simple importación de las tecnologías extranjeras, sino en el desarrollo de capacidades propias desarrolladas a través de una colaboración con la academia.

Nuestro país ya cuenta con un buen número de científicos de primer nivel bajo cualquier estándar nacional e internacional, pero al parecer, tendremos que esperar el siguiente problema, la siguiente gripe para volver a ofrecer millones de pesos “para apoyar acciones de preparación, respuesta, adquisición de insumos e investigación sobre el brote”, como se dijo en esa ocasión, y los investigadores volverán a existir para ocupar los titulares de los noticiarios y para estar muy al pendiente de los resultados de sus investigaciones, incluso por encima del interés que por ahora parece enajenarnos por la euforia de ver la última acción de un goleador mexicano que ocasionalmente juega en el mejor equipo del mundo.

CHICHAROTE

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