No sé si a ustedes les ha pasado que, como hoy a mi, los despierten de sobresalto por el estallido de una explosión. Eso es algo, por decirlo menos, horriblemente feo.

El cerebro humano, que es el resultado del refinado proceso evolutivo de millones de años, te hace reaccionar para salvar la vida, y así, de golpe y porrazo, te pones en alerta. Si a esa descarga de adrenalina, y sus efectos estresantes -algo que de por sí, ya da mucho coraje-, se le suma que todo es una falsa alarma, entonces, además del sobresalto, te queda un sabor de impotencia que, inevitablemente, te lleva a maldecir o mímimo, a mentarle la madre a quien aventó el cohete. 

En verdad, se siente aun más gacho, después de que entras en razón, y te das cuenta de que si bien, afortunadamente no es el fin del mundo, el cohetazo que abruptamente te sacó del reino de Morfeo, fue sólo para recordarle a toda la tribu que vive a tus alrededores, que se está celebrando el día de “San Fulanito de los Milagros”, santo al que está consagrada la capillita del pueblo donde vives, o que para tu mala suerte, tu casa está cerca de la avenida donde va la peregrinación anual para ver a la virgencita, la cual además, ocasiona tráfico y sus consecuentes claxonasos, o sea, más ruido.

Si a mi me molesta este tipo de situaciones, a mi perrita, que acostumbra dormir en un cojincito a los pies de mi cama, despertarla con explosiones, es como activar sus genes más primitivos, pues la ponen poco menos que histérica, y no es para menos, pues ella, al igual que todos los de su especie, tiene un oído diez veces más sensible que el de cualquier humano, así que al ¡¡¡pum!!!, hay que agregarle, al menos en mi caso, que de repente tenga encima de mí, los casi diez kilos de la perronalidad de “Blondy”, quien busca desesperadamente meterse entre las cobijas como cuando era cachorrita.

En México, como en el resto del mundo, año con año, los cohetes son parte de los festejos patrios. En tierras aztecas, después de la ceremonia oficial conocida como “El grito” -queda claro que a los mexicanos nos gusta hacer ruido-, el Presidente, en su calidad de Jefe de Estado, se queda acompañado de su familia y de sus más cercanos colaboradores, a observar cómo se ilumina nuestra plaza principal, el “Zócalo”, con cientos o quizás miles de detonaciones, sincronizadas con música, algo que ademas, se repite en cuanta plaza pública o presidencia municipal exista en este país.

No digo que no sea un gran espectáculo, sobre todo si se observa a lo lejos, además, ver el cielo iluminado de brillantes colores, es un homenaje a la ciencia, pues el efecto es el resultado de reacciones químicas.

La pirotecnia no es otra cosa que agregar distintas sales minerales a la mezcla explosiva de la pólvora negra más el perclorato de potasio. Así, los diferentes colores de los fuegos artificiales pueden explicarse basándose en la estructura electrónica de los elementos que se mezclan con los explosivos. Por ejemplo, las sales de estroncio se usan para obtener un resplandor de color rojo; los blancos brillantes o los plateados, se consiguen incorporando magnesio con aluminio y titanio; el azul, se suele obtener añadiendo sales de cobre; el sodio se emplea para colorear de amarillo; y el zinc, se utiliza para crear efectos de humo blanco, así como para generar destellos con aspecto de estrellas.

Tronar cohetes es algo que se acostumbra no sólo en el mes patrio, sino en cualquier evento político o religioso, vaya, hasta cuando alguien se casa o un equipo mete un gol o gana un campeonato. Las detonaciones siempre son parte de lo que asociamos con celebrar, pero hacerlo, implica muchos riesgos que al parecer, a nadie le importan.

Hace algunos años tuve la oportunidad de asistir al Centro Azcapotzalco de Respuesta a Emergencias (CARE) de la Secretaría de Protección Civil del Distrito Federal, para presenciar una demostración de los riesgos de jugar con cohetes y fuegos artificiales. El evento buscaba hacer conciencia sobre el peligro que pueden provocar este tipo de artefactos. Durante la demostración, varios especialistas de la dependencia detonaron diversos tipos de cohetes cerca o dentro de sandías, melones o piezas de pollo, para demostrar los efectos que podría tener un explosivo de este tipo en el cuerpo de una persona, pues en efecto, los aparentemente más inofensivos cohetes, pueden causar lesiones graves con secuelas permanentes, lo que incluye desde quemaduras de primero, segundo y tercer grados, y hasta pérdidas de las extremidades, e incluso, pueden llegar a provocar que el fallecido (sea el fabricante, el cohetero o el expectador), se sume a la tristemente célebre lista de incautos, que aparecen en los casos del programa de televisión conocido como “mil maneras de morir”.

Al término de la capacitación en el CARE, se abrió un espacio para hacer preguntas, y fiel a mi costumbre, pedí el uso del micrófono para cuestionar al capacitador sobre su opinión acerca de que sean las propias autoridades quienes fomenten y toleren la fabricación, venta y el uso irresponsable de la pirotecnia. Quizás porque no tuvo una respuesta o porque su posición no se lo permitía, el empleado del CARE, sólo se limitó a levantar los hombros y desviar la mirada en señal de ironía.

Entiendo que hace más de dos mil años, los fuegos artificiales deben haber sido, mucho más que ahora, motivo de asombro para los chinos y todas las personas que vivían sin luz artificial, pero ahora que contamos con el rayo láser, la imagen virtual o los sistemas integrales que permiten generar la sensación de movimiento en las construcciones sinconizadas con sonido de altísima fidelidad, ¿por qué seguimos tronando cohetes?

Tronar cohetes es un generador absurdo de varios impactos ambientales: contamina la atmósfera, genera ruido y ocasiona que aumenten los niveles de estrés en las personas, y como ya lo mencionaba al inicio de esta nota, más aún en los animales de compañía, en particular en los perros, quienes por ello, corren despavoridos o se escapan de sus viviendas. Digo, por si usted, estimado lector lo desconocía, es común que aumente el número de mascotas perdidas después de las fiestas patrias o de la temporada decembrina.

Y si a eso sumamos las estadísticas por accidentes y defunciones asociadas a la producción, distribución, venta o uso de la pirotecnia, me sigo preguntando ¿por qué seguimos tronando cohetes?

En el Estado de México, a unos cuarenta minutos del D.F., existe el Municipio de Tultepec, donde si mal no recuerdo, el gobierno estatal y con aval del federal a través del ejército, permite y fomenta que se fabriquen, empaquen y distribuyan más de seiscientas variedades de cohetes, todo eso sin extremar las medidas de seguridad y corriendo muchos riesgos innecesarios.

Me queda claro que quienes truenan cohetes y disfrutan al hacerlo, son poco menos que personas incultas, sin el menor aprecio por el ambiente ni el más mísero sentido de la seguridad.

Ahora entiendo perfectamente a la Emperatriz Carlota, quien cuentan que en 1865, amargamente se quejaba de que los mexicanos “para todo truenan cohetes”. Es evidente que al igual que en la época del imperio de Maximiliano, seguimos teniendo esa horrible costumbre de hacer que “…retiemble en sus centros la tierra”.

Por eso, ojalá algún día, la humanidad, o al menos los mexicanos, dejemos de usar los cohetes y los fuegos artificiales como fuente de diversión.

Epílogo.

Dice la sabiduría popular “Como el cohetero”, porque si truena, le reclaman por el ruido, y si no truena, le reclaman que se cebó.

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