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Es innegable que el sistema educativo mexicano está plagado de mucha gente que lo que menos le gusta es justamente su actividad como docente. Las cifras son contundentes, y por ende, los resultados son evidentes: la mayoría de quienes no han logrado colocarse en el mercado laboral en aquello para lo que se formaron, generalmente se integran a las escuelas como una alternativa “mientras consiguen un trabajo”, como si ser docente no fuera un trabajo, cuando es uno de los más importantes de cualquier sociedad.

El problema es mayor que antes, pues nuestro sistema educativo no está diseñado para que los estudiantes aprendan, sino para que “pasen”, pues una mala interpretación de la enseñanza por competencias ha servido para justificar que las actitudes y los hábitos que antes se daban por sentado, y que eran responsabilidad de cada familia en la formación de sus hijos, sean motivo de evaluación y aun peor, que se promedien al mismo nivel que la habilidad matemática, lingüística, humanística o científica de los alumnos.

Educar vs. Enseñar

El resultado de este modelo es que cada vez llegan más estudiantes a la educación superior sin haber desarrollado las habilidades del pensamiento y las actitudes que les permitan desempeñarse con éxito en la universidad, y ya no digamos que tengan los conocimientos mínimos de cultura general y de las áreas que se relacionan con la carrera de su elección, y eso los que tienen certeza de lo que quieren estudiar, porque también es común que hay muchos universitarios que llegan a su primer día de clases en una carrera que eligieron sólo porque está en una escuela cercana a su casa o peor aun, porque la carrera se imparte en el turno matutino, sí, por absurdo que parezca, la eligieron sólo por el turno.

Como además es posible que muchas universidades repliquen el modelo de la educación básica y del bachillerato, donde los maestros deben “pasar a los estudiantes en masa”, digamos en bola y por montones sin importar si saben o si tienen los méritos suficientes, si alcanzaron la madurez y la responsabilidad necesaria, pues será muy probable que existan muchos mexicanos que ostenten un título y una cédula profesional siendo no malos, sino malísimos, y obviamente, por eso, muchos no lograrán colocarse en el mercado laboral de su área de formación: serán mediocres con título y cédula que seguramente no serán competitivos con egresados de calidad que en un mercado globalizado, pueden salir de cualquier rincón del planeta. Y lo peor, es muy posible que repitan el círculo vicioso de buscar dar clases mientras consiguen otro trabajo de su área, y como ahora han proliferado las universidades de todo tipo, muchas evidentemente chafas, pues será relativamente fácil que sean contratados como flamantes catedráticos, aunque no tengan ni los conocimientos, ni las habilidades docentes para desempeñar esta función, es decir, serán maestros chafas, de esos que dan clases aburridas, insuficientes o en general, muy malas. Y si a eso se le suma que los medios masivos de comunicación son especialmente buenos para transmitir malos contenidos, el resultado es una muy mala educación, y por ello, una pésima cultura.

La solución si bien no es simple, tampoco es imposible:

Dar más recursos a aquellas universidades públicas que demuestren que las carreras que ofrecen son de calidad, y eso implica que sus docentes son de calidad, que se miden por las investigaciones que realizan, por los estudios de especialidad y su impacto en su función docente, pero sobre todo, por la calidad de sus egresados, y no como ahora, que se les dan más recursos a aquellas que demuestran que captan y retienen más bola, más masa.

Y de las universidades particulares, que existan procesos de verificación de sus métodos de evaluación, porque ahí, incluso en las más grandes y prestigiadas, es un hecho que “pasan” a muchos estudiantes no porque sean capaces, sino porque fueron puntuales en todos sus pagos.

Luego no nos quejemos de que sea más el número de licenciados e ingenieros hasta con estudios de posgrado que no le sirven a México ni a ellos mismos, para nada.

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