Estamos impidiendo que los niños y jóvenes tengan un desarrollo óptimo cuando les privamos del aprendizaje emocional” René Diekstra [1]

La mayoría de las personas han escuchado hablar de Charles Darwin por su célebre libro “Sobre el Origen de las Especies” donde atinadamente se explica le evolución biológica por medio de la selección natural, pero pocos, quizás demasiado pocos, saben que este célebre naturalista inglés también es autor de un hermoso libro titulado “La Expresión de las Emociones en los Animales y en el Hombre”[2]. En sus páginas, Darwin analiza cómo por medio  de nuestra expresión facial y de nuestra gesticulación, comunicamos a los demás nuestras emociones, y defiende dos ideas fundamentales: primero, que la expresión de nuestras emociones es innata y universal, y segundo, que las emociones son producto de la evolución, dejando claro que en todo animal, incluido el ser humano, la reacción emocional es un mecanismo puesto en marcha de modo automático, pues su respuesta debe realizarse en el menor tiempo posible.

En otras palabras, Darwin descubrió que las emociones son ese motor que todos llevamos dentro y que nos hace reaccionar de manera inconsciente, que nos prepara para atacar o correr y huir ante el peligro o para abalanzarnos ante una fuente de comida o una pareja potencial de manera instintiva, es decir, sin apenas ser conscientes de ello. Y no podía ser de otra forma, pues es claro que la evolución ha seleccionado a las emociones como mecanismos eficientes, capaces de mantener a todos los seres vivos unos frente a otros, a través de una forma de energía codificada en ciertos circuitos neuronales localizados en zonas específicas de nuestro cerebro que ahora sabemos, forman parte del sistema límbico, donde radica lo que nos mueve y nos empuja a vivir, a querer estar vivos en interacción constante con el mundo y con nosotros mismos. Circuitos que, mientas estamos despiertos, se encuentran siempre activos, en alerta, y nos ayudan a distinguir estímulos importantes para nuestra supervivencia.

De acuerdo con Mora (2008), las emociones cumplen siete funciones esenciales:

  1. Sirven para defendernos de estímulos nocivos (enemigos) o aproximarnos a estímulos placenteros o recompensantes (agua, comida, juego, actividad sexual) que mantengan la supervivencia. En este sentido, las emociones son motivadoras.
  2. Hacen que las respuestas del organismo (conducta) ante acontecimientos (enemigos o alimento) sean polivalentes y flexibles. [La reacción emocional incluye la activación de múltiples sistemas cerebrales (sistema reticular, atencional, mecanismos sensoriales, motores, procesos mentales), endócrinos (activación suprarrenal medular y cortical y otras hormonas), metabólicos (glucosa y ácidos grasos) y en general la activación de muchos de los sistemas y aparatos del organismo (cardiovascular, respiratorio, locomotor, entre otros)].
  3. Mantienen la curiosidad y con ello el interés por el descubrimiento de lo nuevo (nuevos alimentos, ocultación de posibles enemigos que se avizoran lo lejos, aprendizaje y memoria). De esta manera, ensanchan el marco de seguridad para la supervivencia del individuo.
  4. Sirven como lenguaje para comunicarse unos individuos con otros (de la misma especie o incluso de diferentes especies). Es una comunicación rápida y efectiva. En el hombre, el lenguaje emocional es también un lenguaje básico entre los miembros de una comunidad, lo que además crea lazos emocionales (familia, amistad) que pueden tener claras consecuencias del éxito y por ello, de la supervivencia biológica y social.
  5. Sirven para almacenar y evocar memorias de una manera más efectiva. A nadie se le escapa que todo acontecimiento asociado a un episodio emociona, tanto si este tuvo un matiz placentero o de castigo (debido a su duración como a su significado), permite un mayor y mejor almacenamiento y evaluación de lo sucedido. Ello, de nuevo, tiene claras consecuencias para el éxito biológico y social de cada individuo.
  6. Son mecanismos que juegan un papel importante en el proceso de razonamiento. Los abstractos creados por el cerebro, los procesos cognitivos en general, se crean en las áreas de asociación de la corteza cerebral con la información que ya viene impregnada de colorido emocional, de bueno o malo. Se piensa ya con significados emocionales.
  7. Son fundamentales en la toma de decisiones conscientes de la persona. Todo esto nos lleva a que las emociones sean como pilares básicos donde se soportan casi todas las funciones cerebrales.

Si después de todo, de acuerdo con investigaciones científicas realizadas desde mediados del siglo pasado y que han sido verificadas recientemente[3], la educación escolarizada tiene sólo un impacto muy limitado en el éxito o fracaso de una persona[4], entonces quienes trabajamos en la educación deberíamos asumir el hecho de educar a las personas en los nuevos conocimientos técnicos y teóricos oportunos para sobrevivir en la sociedad de la información y el conocimiento (términos no siempre intercambiables) en la que nos hallamos inmersos y menos en replicar fórmulas pasadas que en general han probado ser buenas a medias o sólo para las minorías privilegiadas.

En México, como en la mayoría de los países del mundo, las escuelas siguen siendo ineficaces, pues sistemáticamente replican un modelo tradicional que cuando es puesto a prueba en el mundo laboral o en las relaciones interpersonales, casi siempre termina por reprobar a todos los egresados del sistema escolarizado. De acuerdo con Eduerdo Punset[5], esto sucede porque las escuelas incurren en tres grandes problemas:

  • Primero.- No tienen en cuenta dos de los grandes principios de la neurociencia: que la razón no sirve para nada sin las emociones, y que el cerebro es un órgano extremadamente sofisticado, muy difícil de comprender, pero enormemente flexible y adaptable.
  • Segundo.- No aceptan que los maestros deben trabajan con la diversidad, pero también con lo único que tienen en común todos los alumnos: las emociones.
  • Tercero: la jerarquización de las asignaturas, donde detrás de las matemáticas, la lengua o las ciencias o las humanidades, están las materias creativas como la música, el dibujo, el baile o el canto.

Para corregir estos problemas, es necesario introducir en las escuelas el aprendizaje emocional y social, pues parece ser que enseñar a manejar las emociones y no únicamente a reprimirlas, es la clave del éxito de los futuros adultos, quienes tienen que dominar la capacidad de transformar sus emociones de manera que puedan expresar mejor sus sentimientos.

Si bien es cierto que desde siempre ha habido algún docente o alguna escuela que por propia iniciativa se han preocupado por otros aspectos en su práctica educativa más allá de sólo cumplir con el programa de estudios, la mayor parte de las teorías pedagógicas existentes, se han centrado en el desarrollo cognoscitivo, donde la adquisición de conocimientos o el desarrollo desordenado de competencias ha ocupado la mayor parte del currículo académico, y así, la educación se ha configurado como la resultante de múltiples elementos, actores y circunstancias, que además, han generado complejos efectos de interacción social.

Ahora sabemos que las personas que perciben, expresan, comprenden y gestionan adecuadamente tanto sus emociones positivas como negativas, tienen una vida más plena y positiva que las que no son capaces de hacerlo de forma eficaz.

Pues bien, si durante los últimos veinte años, tanto las neurociencias como las ciencias sociales has descubierto el papel fundamental de las emociones en el bienestar y la felicidad de las personas, entonces es el momento de trasladar estos descubrimientos al espacio formativo por excelencia: la escuela.

No en vano la mayoría de los autores actuales recomiendan dar mayor prioridad al aprendizaje emocional frente a los contenidos académicos como la capacidad de cálculo, la caligrafía o la gramática, y no porque no sean necesarios, sino porque deben ser al menos, igual de importantes.

Es decir, que la clave del aprendizaje radica en enseñar a través de los sentimientos inmediatos de miedo, placer o frustración, para que el estudiante aprenda a expresar sus sentimientos de bienestar ante muchas y diferentes situaciones personales, y aún más lejos, que llegue a tener la capacidad de expresar sentimientos más intensos, que se experimentan ante situaciones más complejas y que no nacen de los estímulos biológicos básicos, sino que son consecuencia de la interacción social y del efecto de los recuerdos depositados en la memoria.

Inferido de este razonamiento, lo primero que se debe estimular es la curiosidad como un ingrediente básico de la emoción. La curiosidad es un mecanismo innato que nos lleva a la exploración, a husmear en todo lo desconocido y estar muy al pendiente de todo cuanto ocurre. Con la curiosidad, nace el foco de la atención que es como la ventana que al abrirse, permite la creación del conocimiento.

Es claro entonces que para que un alumno preste atención en clase, no vale exigirle sin más explicación o justificación solamente que “¡preste atención!”, pues eso puede servir al principio, pero servirá de muy poco a lo largo de un curso o incluso de una clase completa incluso con profesores activos y con un tema que pudiera ser interesante, y es aún peor sobre todo si el profesor es aburrido en su didáctica. La atención hay que evocarla por mecanismos que remitan a la curiosidad en el alumno y métodos asociados al placer y la recompensa, pues así, la atención se dará en consecuencia a satisfacer la curiosidad, de manera similar  a como el hambre empuja a comer, o el cansancio produce el sueño.

Puesto que la inteligencia emocional es un tipo de inteligencia basada en el uso adaptativo de las emociones de forma que la persona pueda solucionar problemas y adaptarse eficazmente al medio que le rodea.

Así, según Mayer (1999) la inteligencia emocional estaría compuesta de cuatro habilidades básicas que se pueden resumir como: a) La habilidad de percibir, valorar y expresar emociones con exactitud; b) la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; c) la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional; y d) la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual.

A manera de ejemplo podemos citar las que según Bisquerra (2000), son competencias necesarias para ser exitoso en la vida:

  • Adquirir un mejor conocimiento de las propias emociones.
  • Saber identificar las emociones de los demás.
  • Denominar a las emociones correctamente.
  • Subir el umbral de la tolerancia a la frustración.
  • Prevenir los efectos nocivos de las emociones negativas.
  • Desarrollar las habilidades para generar emociones positivas.
  • Desarrollar la habilidad de automotivarse.
  • Adoptar una actitud positiva ante la vida.
  • Aprender a fluir.

Conclusión

Como señalaba al comienzo de este texto, la educación debe asumir el reto de educar tanto la inteligencia como las emociones de los alumnos y, si es posible, de forma conjunta y coordinada para hacer frente a los riesgos y retos a los que se enfrentan en sus vidas cotidianas. Para ello, las diferentes instituciones educativas deben generar múltiples programas de intervención pedagógica encuadrados en un marco reflexivo teórico que nos permita saber en cada momento qué estamos haciendo, por qué, cómo lo estamos evaluando y con qué resultados para evitar las falsas expectativas, reducir la posibilidad del fracaso escolar o la desilusión de los egresados.

Mediante programas probados científicamente es posible desarrollar las habilidades para la vida, es decir, una serie de destrezas en el ámbito social, emocional y ético, que complementan y optimizan las habilidades cognitivas e intelectuales.

Sin duda, un estudiante que conoce y sabe gestionar sus emociones, no sólo tendrá mejores resultados académicos, sino que estará más preparado para el mundo laboral.

Para profundizar en el tema:

  • Bisquerra, R. (2000). Educación emocional y bienestar. Barcelona: Praxis.
  • Elías, M.L., Tobías, S.E., Friedlander, B.S. (2001). Educar adolescentes con inteligencia emocional. Barcelona: Plaza Janés.
  • Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós.
  • Mayer, J. D. (1999). Emotional intelligence meets traditional standards for an intelligence. Intelligence, 27, 267-298.
  • Mora, F. (2008). El reloj de la sabiduría. Tiempos y Espacios en el cerebro humano. Madrid: Alianza Editorial.
  • Punset, E. (2011) Excusas para no pensar. Barcelona: Destino.
  • REDES emisión 157: El aprendizaje social y emocional: las habilidades para la vida – (26/05/2013) – temporada 17 Disponible en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=Vsg48QC1HJ8 y la transcripción de la entrevista está disponible en: http://www.redesparalaciencia.com/wp-content/uploads/2013/05/entrev157.pdf
  • Soler, J., Conangia, M. M. (2003). El arte de transformar positivamente las emociones. La ecología emocional. Barcelona: Amat.

[1] Psicólogo experto en educación emocional, Profesor de Psicología de la Universidad de Utrecht.

[2] Publicado en 1872 y que se disfruta enormemente a través de los trabajos de Paul Ekman o de la serie de televisión “Lie to Me”.

[3] Gamoran, Adam y Daniel A. Long (2006) Equality of Educational Opportunity: A 40-Year Retrospective. Wisconsin Center for Education Research School of Education University of Wisconsin–Madison Disponible en red: http://www.wcer.wisc.edu/publications/workingpapers/working_paper_no_2006_09.pdf consultado el 26 de mayo de 2014.

[4] Según Pierre Bourdieu (1930-2002), sociólogo francés, una de las figuras centrales del pensamiento contemporáneo. Sus trabajos giran en torno a la transmisión cultural, como refleja en su obra “La Reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza” (1970), donde sostiene que la escuela enseña una cultura de un grupo social determinado que ocupa una posición de poder en la estructura social misma que se reproduce a través de una acción pedagógica. Así, las instituciones educativas tienden siempre a reproducir la estructura de la distribución del capital cultural ante esos grupos o clases, contribuyendo a la reproducción de la estructura social, definida como la reproducción de la estructura de las relaciones de fuerza entre las clases. Otros estudios han verificado que en efecto, si acaso sólo el 10% de los casos de éxito profesional o de la mejora en las condiciones de vida de una persona pueden ser explicados o atribuidos directamente al efecto de la escuela como institución.

[5] Eduardo Punset Casals es abogado, economista y divulgador científico. http://www.eduardpunset.es

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