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En 1968, Garrett Hardin escribió un artículo que es conocido como “La Tragedia de los Comunes”. En él, se describe un pastizal común al que varios ganaderos utilizan para que coma su ganado. Cada ganadero va ampliando su rebaño sin ocuparse del mantenimiento y la capacidad del mismo pedazo de tierra. Como es de suponer, después de que se supera el umbral de un cierto número de cabezas de ganado, la calidad de la tierra comienza a disminuir con cada vaca añadida, y dado que nadie es individualmente responsable de la tierra y que no se cobra cuota para el pastoreo, cada agricultor sigue maximizando las ganancias al aumentar el tamaño de su rebaño. El problema, sin embargo se mantiene en que la calidad de la tierra se sigue degradando con la creciente presión de los rebaños y pronto no hay suficiente pasto para alimentar a tantas vacas.

El ejemplo de los ganaderos aumentando su ganado, donde todos se beneficiaron al principio resulta paradójico, porque al final, los medios de vida se pierden y todo el mundo pierde en este escenario.

Los economistas identifican el problema principal en este dilema como el hecho de que el recurso se consume sin ningún costo, ya que nadie es dueño “común” de lo que es de todos.

El desastre de los ganaderos descritos en el artículo de Hardin, se hubiera evitado con el acuerdo de una cuota por el pastoreo de las vacas, ya que eso hubiera aumentado el valor de la tierra comunal, y habría evitado que las vacas aumentaran más allá de un cierto número.

En los condominios, conjuntos habitacionales y en general en los fraccionamientos donde varios compartimos un mismo espacio, se puede aplicar esta parábola descrita hace casi cuarenta y cinco años: a todos nos conviene que nuestro “pastizal” tenga cada vez más valor, y evitar que se sobrepase la capacidad de los servicios o se reduzcan nuestros espacios.

Me permito completar esta reflexión citando al libro sobre criminología y sociología urbana publicado en 1996 de George L. Kelling y Catherine Coles, que en su traducción al español se titula “Arreglando Ventanas Rotas: Restaurando el Orden y Reduciendo el Crimen en Nuestras Comunidades”, en el cual se propone una buena estrategia para prevenir el vandalismo, y cito: “consideren un edificio con una ventana rota. Si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas ventanas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio, y si está abandonado, es posible que sea ocupado por ellos o que prendan fuegos adentro… Consideren una acera o banqueta. Se acumula algo de basura. Pronto, más basura se va acumulando. Eventualmente, la gente comienza a dejar bolsas de basura”.

Entonces, la teoría hace dos hipótesis: que los crímenes menores y el comportamiento antisocial disminuirán, y que los crímenes de primer grado serán, como resultado, prevenidos.

No dejemos que nuestros espacios sufran “la tragedia de los comunes”, donde lo público es de todos, pero sin responsabilidad de nadie, y tengamos las ganas de arreglar los problemas (“evitar ventanas rotas”), cuando se trate de sólo cambiar un vidrio.

A todos nos conviene disfrutar de un lugar seguro, limpio y ordenado.

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