MAPA CONCEPTUAL

No son pocas las investigaciones formales que se han focalizado en torno a la conceptualización de ser un buen docente y de las buenas prácticas educativas que ello implica. Sin embargo, no creo que exista un único modelo de ser docente, puesto que hay muchos modelos y estilos didácticos que pueden ser válidos aunque difieran entre sí. La solución estriba en buscar el estilo más adecuado de acuerdo a las características personales de cada maestro acorde con la política educativa de su centro de trabajo.

Lo que si puede ser parte del consenso general, es que los docentes en cualquier ámbito educativo, son la pieza más importante en el proceso de enseñanza-aprendizaje, pues son sus estrategias de enseñanza el medio a través del cual se materializa la oferta educativa de las escuelas.

Por eso, no es casual que la educación marque de por vida al ser humano, y que por ello, enseñar y compartir conocimiento haya sido visto como una de las más nobles actividades que un ser humano puede llevar a cabo, y reitero, haya lo digo en pasado, porque a mi forma de ver, es evidente que al menos en México, el maestro ha dejado se ser considerado como un elemento central de la estructura cultural, social y política del país a menos por supuesto, que el impacto de su ausencia en las aulas, trastorne  el ritmo cotidiano de las grandes ciudades.

Su figura se ha desvanecido poco a poco, hasta un punto que casi se ha mimetizado como una parte más del sistema educativo, y no como lo que es, la pieza fundamental en la consolidación del modelo educativo que pretende la sociedad.

Asumirse como docente es visto muchas veces como sinónimo de fracaso o de inconformidad, y creo que por ello, el grueso de la población, sobre todo aquella que no está en la educación, ha minimizado la figura del ser docente hasta el punto de restarle autoridad moral y por ello es que casi siempre la docencia es vista como una actividad con escaso reconocimiento social.

Por esta razón, antes que hablar de la importancia del docente, creo que debemos cuestionar la esencia misma de su identidad profesional. Para ello, considero conveniente hacer un profundo proceso de reflexión sobre la vocación docente como un primer paso necesario para revitalizar la importancia de su trabajo.

Debe quedar claro que tener estudiantes a su cargo y “dar clases” no significa ser docente. Un buen maestro es aquel que tiene la vocación de enseñar, que experimenta mucha satisfacción al comprobar los avances y los logros de sus alumnos, y que por ello, se entusiasma al exponer sus conocimientos, o que disfruta diseñando materiales educativos o buscando nuevas maneras de hacer que los conocimientos puedan ser más asequibles inclusive para el estudiante con mayores rezagos.

El verdadero docente, asume el costo de su responsabilidad, es decir que se cuestiona siempre sobre su labor, pues sabe que evaluar es mucho más que sólo calificar, y entiende que aprender no es sinónimo de recolectar conocimientos.

La forma de construir y fortalecer la profesión docente se debe dar a partir del dominio del campo de conocimiento que se imparte y que se va incrementando con la experiencia en la práctica de la docencia. El profesor novato deberá saber los límites de su ignorancia a través de la reflexión sobre sus prácticas y entender que nunca lo sabrá todo.

Los desafíos actuales de la sociedad, demandan del docente la demostración de una competencia profesional real, basada en un sólido dominio científico y en la capacidad de ejercerla.  En ese proceso de profesionalización docente, no debemos

descuidar la pasión sin perder la razón. En palabras de Andy Hargreaves: “La buena enseñanza no es sólo una cuestión de ser eficiente, desarrollar competencias, dominar técnicas y poseer la clase de conocimiento correcto. La buena enseñanza también implica el trabajo emocional. Está atravesada por el placer, la pasión, la creatividad, el desafío y la alegría. Es una vocación apasionada”[1]


[1] Hargreaves, A. (1996), Profesorado, cultura y postmodernidad. Cambian los tiempos, cambia el profesorado. Morata. Madrid.

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