Hay personas que pasan solo por momentos por tu vida y se quedan para siempre.

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La fascinante vida de Marie Curie será siempre ejemplo como pionera de muchas cosas, pero muy en especial, como el mejor caso de tenacidad y entrega que debe ser el ideal de toda mujer que aspira a ser científica en cualquier parte del mundo.

El nombre de Marie Curie encabeza -según yo- la lista que por supuesto incluye también a Rosalind FranklinLyn MargulisHypatia de AlejandríaCaroline HerschelAda LovelaceLise Meitner, entre otras tantas grandes científicas en la historia de la humanidad y de México como Margarita SalasAnita Hoffman, Maria Eugenia Heres, Arlette López Trujillo, Julia Carabias Lillo, Elva Escobar Briones, Ana Barahona o Rosaura Ruiz, que ahora vienen a mi mente.

Justamente por ese interés en su vida y en su obra, fue que el martes pasado empecé la lectura de un libro de la gran escritora española, Rosa Montero, que se titula “La ridícula idea de no volver a verte” (editorial Seix Barral, 2013), y que por esta ocasión, me he permitido tomar prestado para titular esta entrada de mi blog.

Hasta ahora no puedo afirmar que sea una biografía de la famosa científica de origen polaco -aunque queda muy cerca de serlo-, y como no soy experto en el tema, tampoco puedo decir que se trate de una novela o un ensayo, porque además, confieso que me faltan dos o tres capítulos para concluirlo. Lo que si es muy obvio, es que a pesar de lo escabroso del tema central: es un libro que habla de la muerte (la misma que sabemos va a llegar y que sin embargo, nunca estamos lo suficientemente preparados para recibirla, y menos aun para asumirla), no deja de ser un texto maravilloso, de lo mejor que he leído últimamente.

Concebido entre citas de un efímero diario escrito por Marie Curie a partir de la muerte de Pierre, su esposo, y padre de sus hijas, el libro también incluye confesiones de la propia autora -viuda también- que dejan entrever lo difícil que es el duelo por la pérdida de un ser querido.

La ridícula idea de no volver a verte es un libro arriesgado porque encierra en el corazón del relato las ganas de contar, de contarnos el cuento de la vida. Rosa Montero ha escrito un libro memorable, digno de permanecer en la memoria de quienes lo lean, y no sólo porque recupere la vida de una mujer excepcional como Marie Curie, sino por las ganas de contarnos su propia historia, en la que Rosa Montero encontró, por ejemplo, que el dolor de unos puede formar parte de la vida de todos.

Por ello La ridícula idea de no volver a verte va del diario íntimo de Marie Curie al recuerdo personal de la autora, de las fotografías a la citas eruditas sin pedantería, de los objetos encontrados en los bolsillos de Pierre Curie después que una carreta le reventó el cráneo, a la tarjeta visa con el nombre de Pablo, el compañero de vida de Rosa Montero muerto hace cuatro años.

Por esa razón, siento incluso que su lectura, bien puede servir como una terapia tanatológica perfectamente hilvanada para afrontar la soledad y el enorme vacío que deja la muerte de un ser querido.

Y justamente aquí hago una pausa y contengo el llanto. Insisto, su lectura bien vale la pena, pero lo ha valido en mucho más hoy para mí, justo porque por esas casualidades que tiene la vida, ha sido un día especialmente triste. Resulta que aprovechando un espacio entre conferencias -estoy en medio de un congreso-, he notado una noticia publicada en mi muro de Facebook que literalmente me dejó frío. Por ese medio que casi siempre utilizo para despabilar mi mente, he sido enterado de la irreparable pérdida de una gran mujer, de una excelente científica mexicana que ha dejado de estar con nosotros.

Fotografía tomada durante la práctica de campo del Módulo de Metodología Científica I.
Estación Biológica de “El Morro”

Me refiero a mi amiga, la Doctora Berta G. González Frankenberger, con quien tuve la fortuna de compartir aula, laboratorio y tiempo, cuando ambos éramos principiantes e incautos estudiantes de la carrera de Biología en la FES Iztacala de la UNAM, e incluso más a fondo cuando me invitó a formar parte de un grupo de jóvenes en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, que ella frecuentaba allá por los rumbos de la Colonia Irrigación, muy cerca de la Casa de Moneda.

Con Berta conocí y aprendí un montón de cosas; nos divertíamos de lo lindo, congeniábamos muy bien. Ella fue la hija de una familia de clase acomodada que sin embargo, no tenía empacho en convivir con gente como yo, que para entonces, vivía en un barrio popular. Fuimos equipo y confidentes, siempre cercanos, siempre muy noble, siempre muy divertido. Fue poco, muy poco en realidad el tiempo que compartimos, pero fue tan intenso, que al menos para mí, se hizo memorable.

En todo, Berta siempre hizo evidente su talento. Era fácil darse cuenta de su enorme capacidad y de su natural carisma y liderazgo. Desde esos momentos pintaba para llegar a ser tan grande como lo fue.

Al paso del tiempo, los pronósticos se cumplieron a cabalidad, y aunque nuestros caminos se alejaron muy pronto en espacio e intereses (por citar sólo dos cosas, yo dejé de ser creyente en Dios y me hice futbolista), al final, la vida me llevó a consagrar mi vida a la educación y a la administración pública, más que a la Biología. Aun así, seguimos cultivando la amistad, y compartiendo logros.

La distancia geográfica hizo ya muy complicado convivir, aunque gracias a las bondades tecnológicas de las redes sociales, supe de su estancia de maestría y de cuando alcanzó el grado de Doctora en Neurociencias, en el mismo campus que la UNAM tiene en Juriquilla, Querétaro, donde finalmente se integró a la planta de investigadores.

Por supuesto que me dio mucho gusto felicitarla cuando recibió el reconocimiento por parte de la UNESCO y de la Fundación Ciencia de L’Oreal en el mismo París que en su tiempo abriera sus puertas a la mítica Marie Curie; y ya muy recientemente, la felicité por el nacimiento de su hija Victoria.

Seguramente que esta misma semana concluiré con la lectura del libro, y seguro también que reafirmaré mi respeto y admiración por todas las mujeres, en particular por aquellas cuya mente inteligente siempre me ha cautivado mucho más que cualquier otro atributo o cualidad femenina.

Sirva este espacio para dar un simple pero muy sincero homenaje a Berta, mi querida amiga, de quien sólo guardo bonitos recuerdos.

Descansa en paz, que aquí seguiremos recordándote siempre.

Gracias por todo Berta.

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Dra. Berta G. González Frankenberger (1975-2013)

http://www.inb.unam.mx/historias_noticias/2013/noticia7.html

http://plazadearmas.com.mx/alejandro-garnica-3#more-420337 http://mercaideasmx.com/2013/09/27/honrando-a-berta-gonzalez-frankenberger/

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