El pasado domingo 6 de febrero de 2011, casi desnudo y solo cubierto por chorros de pintura,  estando ahí tirado sobre el mármol frío de la explanada del Palacio de Bellas Artes, escuchando el murmullo que se mezclaba con el sonido de las cámaras, sintiendo las miradas morbosas e inquisitivas de la gente, comprendí lo vulnerables que somos como especie, y lo lejos que aun estamos de alcanzar a entender nuestro papel en el universo.

La violencia en cualquiera de sus manifestaciones, solamente engendrará más violencia. Los asesinos más crueles de la historia casi siempre han empezado por torturar animales indefensos. Como sociedad, los mexicanos no podemos quejarnos de tener niños violentos, si seguimos permitiendo que asistan o vean a través de la televisión, espectáculos tan deleznables y primitivos como las luchas, el boxeo, la charrería, las peleas de gallos, y el que a mi juicio, por lo cruel y desalmado, es sin duda, el evento más grotesco, primitivo e insultante al buen gusto y que, por sobre todo, cuestiona nuestra pretendida idea de ser la especie más inteligente del planeta, me refiero por supuesto a las corridas de toros.

Este tipo de eventos, lejos de poder ser considerados como una manifestación cultural, artística o lúdica, están al nivel de las prácticas que hicieron santos a los primeros cristianos, quienes sabemos murieron como mártires del espectáculo que los antiguos romanos llevaban a cabo en el Coliseo, o quizás como las terribles matanzas y torturas que tanto criticamos de los nazis. No nos engañemos, las corridas de toros no son un arte,  y sólo pueden ser motivo de diversión para gente salvaje, sin cultura o de menos, que sea agresiva activa, o que en su defecto, reprime sus bajos instintos en la personificación miserable de un torero.

Las corridas de toros son una barbarie, un salvajismo y un abuso que no tiene cabida en la sociedad de la información y la tecnología. Es un absurdo que poca gente sabe hasta que punto puede llegar. A  los toros se les somete a periodos de privación de alimento y luz antes de ser liberados al ruedo, y aun así, se les tortura con banderillas de casi medio kilo de peso, que se colocan usando  arpones que penetran más de cinco centímetros atravesando su gruesa piel hasta fijarse en sus músculos, y no conformes con el daño y el dolor que debe sentir un animal con un sistema nervioso central similar al nuestro, se pide a un individuo montado a caballo, que utilice su lanza para generar una herida sangrante que debilite aún más toro. La razón es simple, ningún torero tendría posibilidad de sobrevivir ante la embestida de un toro con toda su magnificencia y poderío. Los toreros no son hombres valientes, por el contrario, son el vivo ejemplo de la infamia y el abuso premeditado del hombre hacia la naturaleza. Son seres violentos con instintos suicidas, ególatras y que se niegan a aceptar la carencia de capacidades que les permitan ganarse la vida de otra forma que no sea la de torturar animales. Por eso mismo, considero que merecen menos consideración que un carnicero o un empelado de un rastro, porque al menos ellos pueden justificar su trabajo como una necesidad de la sociedad, misma que por cierto, yo empiezo a cuestionarme.

La Monumental Plaza de Toros México debe desaparecer. No es bien del pueblo, ni el pueblo se beneficia de ella. Por el contrario, se ha convertido en símbolo de estatus y poder de la clase dominante,  que puede pagar los costosos boletos cercanos al ruedo, dejando a la plebe los lugares más incómodos y sucios. La gente de escasos recursos, por lo general, ni siquiera le importa, poco le interesa o menos aun entiende lo que ocurre en el ruedo, acude no por el interés en el torero o su sangrienta labor, asiste con la esperanza ilusa de poder ver –aunque sea de muy lejos o a través de improvisados binoculares de cartón– a sus ídolos de la farándula, quienes a su vez, cumplen con las órdenes de su empresa, o llegan para sentirse parte de un estrato privilegiado de la sociedad, o simplemente para ser retratados cerca de la protagonista de la telenovela de moda o junto al productor del siguiente proyecto televisivo, o para dar la nota  acerca de su vida privada,  que cual buitres ansían los inescrupulosos y corruptos reporteros de la fuente de espectáculos, quienes atentos están de las declaraciones que les sirvan para dar la nota del día  siguiente o que venderá millones de ejemplares de revistas de chismes que inundan la de por si baja cultura de nuestro país.

Por todo esto, seamos responsables y digamos ¡NO A LAS CORRIDAS DE TOROS!,  así como a cualquier otra forma de maltrato animal. Mostremos nuestro desacuerdo y pidamos a nuestros representantes y legisladores que al menos, eviten que menores de edad asistan a este horrible evento, o de otra forma, no nos quejemos cuando seamos agredidos, vejados, ultrajados o sepamos del asesinato cometido por un menor,  quien únicamente ha aprendido a justificar como cultura la violencia y la tortura que un  grupo de idiotas  insiste  en  clasificar como parte del arte o como un deporte.

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