Yo canto, tu cantas, el canta, nosotros cantamos… ¡Todos cantan! Aunque sea en la regadera, pero a todos los humanos nos gusta cantar. Algunos te cantan un tiro, o lo que es lo mismo, te retan a los golpes. Algunos cantan sólo el himno y eso porque los obligan. Otros son cantantes de clóset, unos más, lo somos sólo en el bar o en las fiestas donde exista un karaoke, aparato inventado en un pueblo de Japón en 1940 por un músico llamado Daisuke Inoue en un club al que un día asistió un importante empresario que solo podía cantar cuando Daisuke tocaba el teclado, y por lo que él, procedió a grabar varias canciones que le gustaban al empresario con la melodía en el tono que mejor sonara su voz. Para esto, se unió con otro hombre que tenía una tienda de electrónicos y le construyó una máquina con un amplificador y un micrófono. Por cierto, Karaoke significa “orquesta vacía” y en japonés se dice “kara okesutura”. En realidad, pocos, realmente muy pocos, viven de eso de cantar. Pero me pregunto, ¿dónde inicia la pasión por el canto? ¿Será a caso el afán de imitar a quienes vemos cantar? o será un gen dominante que se expresa sin regodeos a la menor provocación. No lo sé. El caso es que los mexicanos somos gente de canto, y vaya que hasta tenemos a Ernesto Canto (quien ganó una medalla de oro en las Olimpiadas del 84′). Lo que sí, es que en mi andar como docente por las aulas de secundaria y de prepa, me he topado con verdaderos aspirantes a la carrera artística: alumnos y alumnas que entonan canciones de moda o viejitas, lo mismo en inglés que en su lengua materna, incluso en idiomas desconocidos, y que lo hacen cual si la regadera no les hubiera dado el espacio ni el tiempo suficiente, aunque en realidad, creo que la razón de su canto es la necesidad del reconocimiento público que caracteriza a los adolescentes, de gritarle al mundo ¡Aquí estoy! Algunos hacen halagos de su voz retomando su bolígrafo o su lápiz cual micrófono de alta fidelidad. A veces, agregan tambores y platillos de aire o guitarras invisibles, el caso es que yo me pregunto ¿qué diablos estoy enseñando a mentes que en ese instante están imaginándose en medio de un teatro o enfrente de una cámara de televisión? No lo sé, creo que ellos se hacen y yo, de corbata, también. Pero quizás el nuevo ídolo de la canción juvenil, la próxima estrella pop o el nuevo “potrillo” del ranchero o la balada romántica, o el nuevo Sol, el nuevo Luis Miguel, o la nueva Celine Dion, sea ahora parte de mis pupilos. Por cierto, Luis Miguel o Shakira, Mijares o Thalía, Pavaroti o Ramazzoti, Las León (Laura o Eugenia) que sólo la primera canta bien fregón, Los Timbirichos, Los Parchis, Los Menudo, Los Maná, Los RBD, ¿habrán sido alumnos así? En fin, sólo espero que si alguno de mis estudiantes llegan a ser de los pocos que canten y cobren por ello, tenga el gusto de darme su autógrafo, dedicarme su primer sencillo, o al menos, de incluirme en sus memorias. Por ahora, sigamos cantando, que a mi no se me da tan mal en el karsoke del Samborns, que aunque me aplauden, obvio no me pagan por eso.

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