Era un de esos días nublados cual si el gris fuera el color de moda. Además, un frío cala huesos y el ardor del aire que penetra la nariz. Sin duda hubiera sido mejor quedarse a sopear una concha en champurrado, claro viendo la tele y sin pisar el frío piso del baño, pero no, la cosa era que hay que salir de madrugada, porque que marcando el reloj las 6:30 son en realidad las 5 y cacho, -¡méndigo horario de verano!-. Camino a mi trabajo, que más, serán quince minutos a lo mucho. Tengo suerte aunque no tengo carro. Llego a mi salón, cabizbajo, un somñoliento alumno me saluda al tiempo que se incomoda porque prendí la luz. Mi honrosa oda al pípila, intento de mochila, es colocada en una esquina de la mesa: comienza el ritual: saco mis gises, mi lista, el borrador, y algunos chunches más… Siguen llegando los alumnos, muy atentos saludan, comentan, chismean; intercambio comentarios con algunos, nos consolamos del frío y de la derrota de los pumas, y cual si leyeran mi mente, me sugieren que el día está como para no hacer nada “está de hueva, Prof.”, me dice el más alto. Los rehubico, los siento, los callo, los enlisto, ¡empezamos!. Todo iba bien, las dudas fluían, el gis se hacía polvo. Y entonces recuerdo, ¡el acetato!, vaya que si será oportuno (pienso para mí), la tarde del sábado me la había pasado elaborando el esquema y casi lo dejo encriptado en el fólder. Mando a un alumno (ese es el poder que ejerce el docente), y elijo al que si hubiera prueba de bostezos ya habría roto cualquier récord. “Tráeme el proyector, ya sabes donde”, le digo. “Si profe”, me responde mientras se levanta de su banca y se enfila a la puerta. Yo hago alabanza de mi ilustración: “Con eso les quedará bien claro”. Llegó elartefacto, lo conectas, lo enfocas de rapidín, no falla la hoja doblada para sostener el desvencijado espejo, pero hasta eso, quedo muy bien. Y entonces, pasó. Mi estatura promedio –eso digo porque en realidad soy chaparrito- me obliga a dar saltitos para alcanzar el ganchito de la pantalla que ha sido dispuesta para estos menesteres. Por fin, la tomo en mis manos, y jalo -a que dura estaba, “creo que nadie la usa, porque está bien atorada”, digo a mis alumnos, mientras jaló con más empeño, tanto que, un insulso pedazo de mis entrañas se deja escapar cual sonora trompetilla, crujiente, estruendosa, bochornosa cual más. Las miradas enfocan mi trasero, yo hago como que no pasó nada, pero es demasiado tarde, las risas, los sonrojos, hasta un chiflido y por supuesto, el clásico gesto de asco de alguna de mis aspirantes a Barbie. De la clase, bueno, creo que acabó bien, pero lo más significativo, al menos por esta vez, no será el ciclo de Krebs.

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